Cultura y Espectáculos
MARCA LIBROS
Dar lo justo
Rafael Osío Cabrices
A este país que tanto se queja de falta de narradores, pero que no se preocupa suficiente por leerlos, debería caerle muy bien la noticia de que Victoria de Stefano vuelve a publicar una novela, luego de que Historias de la marcha a pie, la anterior de esta escritora venezolana nacida en Italia, estuviera como finalista de nada menos que el premio Rómulo Gallegos en 1999.
Pues sí: De Stefano se asoma fuera de su discreción de profesora de Filosofía con una historia de no más de cinco personajes, que se extiende por día y medio, a partir del momento en que la fortuna irrumpe, sin aspavientos, en una casa ensombrecida por la tristeza.
Manuel es un hombre al borde de la ancianidad, viudo desde hace dos décadas, que ha entregado buena parte de su energía y su esperanza a la crianza de su única hija, Denise. La muchacha ha perdido a su prometido, que murió ahogado, y lleva varios meses en el pozo de la depresión; el padre, figura central de este relato, sufre por el escaso éxito de sus esfuerzos para confortarla. Entonces, una hermana de Manuel, una hermana lejana y orgullosa, anuncia que dará a Denise una fuerte herencia. De pronto, sin que nadie lo esperara, se abre una puerta por la que el dolor, tal vez, puede empezar a escaparse.
Pedir demasiado no cuenta muchos hechos objetivos, palpables, sino más bien el influjo que un giro de las circunstancias desencadena en un hombre cuya vida está atravesada por la pérdida, el modo en que Manuel comienza a soñar proyectos y posibilidades para la hija amada.
Es una de esas novelas en las que la realidad se despliega por el interior de las personas, y no sólo en los acontecimientos exteriores; el espacio del relato es el espíritu, sobre todo el de Manuel, que entra en contacto con unos pocos interlocutores cercanos –un nuevo vecino, la empleada de una floristería de la que puede estarse enamorando, un amigo escritor que funciona como una especie de conciencia alterna, de coro griego– para iniciar, poco a poco, con cautela, con miedo de que salga mal, una suerte de máquina resucitadora para Denise y para él mismo, cuyo yo, marginado y débil, emite también sus propias señales de que quiere renacer, de que quiere construir una nueva normalidad que no esté ordenada, dirigida por la desgracia.
Habrá quien sienta que en esta novela no pasa nada. Pero no es así, ocurre nada menos que un milagro, en la forma en que en nuestro mundo sólo pueden presentarse: como un estímulo, en este caso material, una nueva circunstancia práctica que permite el regreso de la fortaleza, de la perseverancia, del querer vivir. Hay muchas viejas figuras para hacer visualizar esta clase de cosas: un giro de la rueda de la fortuna, un cambio del viento del infortunio, un rayo que hiende la tormenta para proyectarse sobre un par de seres abrumados por la adversidad, un amanecer que quiebra la oscura noche del dolor.
En Pedir demasiado, Victoria de Stefano usa con mucha sensatez, como acto providencial, una herencia que una tía medio solitaria pero muy rica entrega como de mala gana. Una herencia que no se recibe con vítores ni genera la compra de una mansión, porque no da para tanto y porque en realidad uno nunca sabe qué pasará, ya que no es eso lo que importa. Lo que importa es lo que la inminente posibilidad del renacimiento produce en el interior de las personas.
Y eso es un gran tema, porque es un tema en el que todos pensamos y sobre el cual hay pocos ejemplos a nuestro alrededor.
La pérdida y la caída de su imperio, la derrota de la desgracia, son el tema de esto, aunque también hay una exploración de lo paternal, circunscrita por la brevedad del texto y de los linderos del universo narrativo en que se produce. Es una novela de pasos cortos, de lenta velocidad, de temperamento apacible, escrita con cuidado y modestia, cualidades que quienes la conocen atribuyen a su autora, formada en Filosofía, alumna del gran Juan David García Bacca, un palmarés del que ella no alardea; lo filosófico, afortunadamente, merodea en el sótano, haciéndose oír sólo cuando debe, en esta novela que triunfa porque justamente no pide demasiado, porque no se plantea cosas que no puede realizar.
Bien escrita, pero sin deslumbramientos, ordenada y limpia, recuerda esas íntimas películas de escasos personajes y muchos silencios que anda haciendo ahora Bernardo Bertolucci. Ha sido editada con los criterios de calidad que uno puede esperar de la Fundación Bigott; merece atención de las editoriales internacionales; revela, además, la presencia de una voz narrativa ya construida y domesticada, cosa escasa en estos lados: como dijo el profesor Diómedes Cordero cuando presentó Pedir demasiado en Caracas, muchos se preguntan a quién se parece Victoria de Stefano, sin darse cuenta de que ella no se parece a nadie más que a sí misma.
El Nacional - Domingo 17 de Octubre de 2004