CULTURA
El suspenso lírico de Victoria de Stefano
(1) Oscar Todtmann Editores,
Caracas, 1997, 260 pagsGabriel Jiménez Emán
Hacer juicios exagerados sobre obras literarias es una de las pestes de que me cuido, y esta vez lo he hecho antes de anotar que acabo de leer una novela absolutamente magistral de Victoria de Stefano, Historias de la marcha a pie (1). Confieso no haber leído ninguna otra obra de ficción de esta escritora, aunque sí su ensayo sobre Baudelaire y la modernidad, que me gustó mucho. Ahora debo admitir, sin ninguna reserva, mi admiración hacia esta novela, la cual resume de modo notable las preocupaciones de toda una generación. Digamos que De Stefano escribe no lo que el personaje como narrador siente, sino lo que capta desde un presente escéptico, a través del cual emprende una marcha memoriosa por París, Holanda, Londres, y luego Buenos Aires, Guayaquil o Montevideo, describiendo estas ciudades desde una profundidad existencial impresionante, la cual pone lo filosófico al servicio de una ficción arrolladora, asumida con un humor intelectual muy fino, a ratos poblado de demasiadas referencias, pero siempre matizado de lecturas, libros, canciones o relatos (las anécdotas parecen estar subsumidas en el mismo ritmo de la prosa).
La parte más dramática del libro ocurre quizás cuando Mara, el personaje central, se enfrenta a la muerte de Bernardo, y pasa de modo tal de lo conmovedor a lo angustioso, que casi nos falta el aire, y este elemento dramático tiñe toda la narración: más adelante seguimos en las coordenadas de estas historias a pie (signadas con el riesgo que implica el azar) por distintas geografías y estadios humanos. Creo que su virtud principal es que logra transmitirnos el ritmo de ese andar, ese desasosiego surgido del tratar de entender lo que ocurre a medida que se avanza; de tal modo la estructura de la novela se va tejiendo al tenor de la misma respiración del estilo de la narradora, de los propios riesgos que componen la materia prima de las historias, hasta llegar a configurar una entonación convincente dentro de algo que yo llamaría un suspenso lírico. Tenemos aquí a uno de los más pulcros lenguajes que puedan leerse en nuestra narrativa, poético en la asunción de lo terrible, bello en su amargo drama de atrapar el tiempo perdido.
EL NACIONAL - JUEVES 18 DE MARZO DE 1999