PAPEL LITERARIO

Las letras hispanas tienen la palabra

En clave de especulación

Atanasio Alegre (*)

Habrá que comenzar diciendo que el Premio Rómulo Gallegos de novela ha adquirido internacionalmente el prestigio al que aspiraban sus fundadores y quien actualmente lo patrocina -que no es otro que el Estado venezolano- pues se trata de un premio oficial. De acuerdo con las bases, el premio se otorga a la mejor novela publicada que concurra dentro de los dos años previos a la convocatoria. Una de las características que lo hace singular es el otorgamiento de un premio a una novela ya publicada y, a veces, ya premiada. Pero no siempre lo singular es admirable.

Hay premios internacionales que otorgan algunos países -como sucede en España- por el conjunto de obra publicada. En ese caso, el jurado suele ser nacional en su mayoría. En España existe la convicción de que por muy desolador que sea el momento literario del país, los críticos no carecen de fuerza o credenciales para formar parte del jurado. Es justamente a los críticos a quienes se debe la voz de alarma sobre la situación literaria del país en un momento dado.

Esto por delante, habrá que advertir que en el jurado del Rómulo Gallegos este año sólo uno de los miembros era venezolano. Como es conocido, el premio recayó sobre la novela Los detectives salvajes, del novelista chileno Roberto Bolaño. De las novelas venezolanas que concursaron, algunas figuraron entre las 30 mejores del listado divulgado al comienzo de las deliberaciones. Pero una sola -Historias de la marcha a pie, de Victoria de Stefano- formó parte de las cinco finalistas. Que no apareciera Pirata, de Luis Britto García en ese grupo tuvo más de extraño que de razonable.

Habrá que señalar que la novela de la venezolana Victoria de Stefano era la única entre las cinco finalistas que no había sido objeto de algún premio anterior. Historias de la marcha a pie, concurría por primera vez a un premio. La obra galardonada sido acreedora ya del Premio Herralde.

Anunciado el veredicto, uno de los miembros del jurado insinúo que la novela de Victoria de Stefano era poco leída en su país y que era conveniente que el país leyera a sus autores. ¿Se insinuaba por este camino que la calidad de una obra está determinada por su popularidad? Es difícil estar de acuerdo con una postura como esta, pues el miembro de un jurado no desempeña el papel de lector editorial. No se pueden confundir ambas tareas, la de lector editorial en busca de lo bueno publicable, con la de miembro de un jurado internacional en procura de lo bueno ut sic, literariamente hablando.

Con lo cual pasamos a otro capítulo. Cuando una editorial ha hecho la doble inversión de convocar un premio y publicar posteriormente la obra ganadora, no es de extrañar que juegue sus bazas para ratificar la validez de la obra inicialmente premiada. Las novelas ya editadas -sin excluir las premiadas- que concurren al Rómulo Gallegos constituyen inevitablemente una referencia, cuando menos, al prestigio editorial de la casa que las presenta. Si muchas de las obras que resultaron ganadoras del Rómulo Gallegos en el pasado, se hubiesen presentado bajo anonimato -un anonimato celosamente guardado- no cabría la menor duda de que algunas no habrían obtenido el galardón. ¿Cómo encajar el hecho de que era mejor la novela de Angeles Mastretta, premiada en la convocatoria anterior, que Santa Evita de Tomás Eloy Martínez?

¿Historias de la marcha a pie era de inferior calidad que Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, simplemente porque aquella fue poco leída? ¿Qué habría pasado si ambas se hubiesen presentado bajo seudónimo? La novela de Victoria de Stefano, por "stendhaliana", por culta, por su acompasada madurez, por la riqueza de lugares, tanto miméticos como diegéticos en la descripción de escenarios por los que se mueven los personajes, ya está en la historia de la literatura latinoamericana, de la misma manera que sucedió anteriormente con Percusión de José Balza, Salomón de Gustavo Luis Carrera y Pirata de Luis Britto García.

Es triste pensar que en esta convocatoria del Rómulo Gallegos, la narrativa venezolana estuvo muy bien representada, pero que no hubo suerte. Y no la hubo -si la suerte se provoca- porque, entre otras cosas, en el jurado sólo uno de los miembros era venezolano. México, Argentina y Chile, canteras de excelentes novelistas, ¿tolerarían, desde un punto de vista oficial, que el jurado fuera en su mayoría ajeno al país, en un caso similar? No parece. Es preciso equilibrar, en consecuencia, de una manera diferente el jurado del premio Rómulo Gallegos y no incluir a quienes lo hayan ganado, porque no hay que olvidar que, cuando se trata de una novela publicada, el autor suele estar amarrado a su casa editora.

Sería conveniente, en atención al propio patio literario, que quienes están al frente del Premio Rómulo Gallegos fueran pensando: a. en otorgar el premio a un determinado autor en razón de la valía de toda su obra (como acontece con el Príncipe de Asturias), o b. en convertir el Rómulo Gallegos en premio de obras inéditas y que la primera edición esté a cargo de Monte Avila, editorial oficial del estado venezolano que tan generosamente otorga uno de los galardones internacionales de mayor renombre en lengua castellana. Naturalmente, quede ello dicho con el debido respeto a opiniones más autorizadas que la mía.

(*) Escritor

EL NACIONAL - DOMINGO 18 DE JULIO DE 1999

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