CULTURA

Victoria de Stefano y sus Historias de la marcha a pie

Escribir para ser leída por los oídos

 

La más reciente novela de esta escritora nacida en Viserba, Italia, en 1940, publicada con una pulcritud que no deja de asombrar por Oscar Todtmann Editores, confirma la presencia de una autora de excepción que bien merece trascender nuestras fronteras con su quehacer literario. "No es fundamental el reconocimiento. Tengo un gran orgullo pero lo manifiesto en mi interior, no hacia afuera. Si se manifestara hacia afuera sería vanidad. Y sandez"

RUBEN WISOTZKI

 

Dicen los que saben que para leer un libro no es tan necesario poseer una buena vista como sí unos buenos oídos. Más allá de la lectura corrida de palabras, frases, párrafos, y hasta de páginas enteras, más allá de la compenetración con la trama, más allá de la lógica y esperada complicidad que se establece con el autor, dicen los que saben que hay que saber oír.

Dicen los que saben que hay una lectura que no se conforma con lo meramente escrito, que no acepta las leyes tipográficas ni los límites impuestos por las guillotinas. Dicen los que saben que hay una lectura que, incómoda e insatisfecha, se entrega a un bello proceso contra natura en donde copulan los sentidos.

De tal fantástica unión, dicen los que saben, nace un lector que es capaz de leer con sus oídos, un lector que es capaz de escuchar aquello que lee. Esto sucede sin muchos artificios con Historias de la marcha a pie, la más reciente novela de Victoria de Stefano quien reconoce en sus deslumbrantes 260 páginas, "lo de deslumbrantes lo dices tú, no lo digo yo", la existencia de "un interlocutor ideal, un interlocutor con el que sueña todo el mundo. Es como hablar al oído de alguien".

-Cuando se lee a Victoria de Stefano nacen, indefectiblemente, preguntas. Preguntas que quizás tienen que ver más con la autora que con la novela. ¿Eso es bueno o es malo?

-Es bueno, no es malo. Es otra manera de abordar una obra. Es posible que una obra despierte en el lector otro interés que la obra misma. A mí me sucede eso con otros autores. Hay veces que, más allá de lo escrito, quisiera saber más sobre el autor.

-Empecemos entonces. En su novela la madre de Malte Laurids Brigge le sugiere a los jóvenes que no olviden nunca de formular su deseo. ¿Cuál es el suyo?

-Creo que el deseo que formulé en su momento se ha cumplido: soy escritora. Desde muy niña sentí una pasión irrefrenable por la lectura. Y esa pasión me creó la imagen de que los escritores tienen una vida quizás con un propósito más definido. No utilizo la palabra realizada. No me gusta esa palabra. El ser humano es siempre mucho más que eso.

-¿"Construimos demasiados o demasiados pocos castillos en el aire", tal como lo plantea en su libro?

-Creo que cada quien construye los castillos que necesita, en la época que los necesita, en los días en que los necesita. En su momento he construido los míos. Y algunos se cayeron... (Risas).

-¿Hay otros de pie?

-Si miro hacia atrás veo que algo se ha construido, que algo está de pie, a través de los años. A los demás les tocará juzgar lo que he construido...

-Su reflexión va a tono con ésta otra que aparece en Historias de la marcha a pie: "Resistir. Vencer no, resistir". ¿Es una ley de vida?

-Sí, así es. Te voy a decir algo que quizás parezca exagerado, pero creo que es una ley de vida de mi generación. Es una ley de vida para aquellos que vivimos la radicalización de los años setenta.

-¿Y cuándo la han arrinconado entre el vencer o el perder?

-Pienso que si uno da las batallas nunca las pierde. Perder es no darlas.

-Tal como lo refleja en su libro, Madame Du Barry, al pie del cadalso, le pidió un minuto más al verdugo. ¿Lo pediría usted?

-No. Es una ironía, ¿no? ¿Quién creería que un verdugo le daría a un condenado un minuto más? Nadie puede darle a uno lo que la vida le quita.

-Pero si pudiera pedirlo...

-Si pudiera pedirlo, si existiese esa remota posibilidad, no creo que lo hiciera. Recuerda que Bernardo, mi personaje, en un determinado momento dice que las personas, por temor a la muerte, quisieran que ella llegara de una buena vez. Yo pienso que si ha de venir que venga, que venga y nos vamos.

-"Dentro de sesenta años será leído", anunciaba Stendhal. ¿Entre un lector de hoy y otro del futuro con cuál se queda?

-Con el del futuro, por supuesto. Eso significa que lo escrito subsistió todo ese tiempo. ¿Te imaginas que después de sesenta años me sigan leyendo?

-¿Enaltecería esa circunstancia su condición de escritora?

-¡No! Bastaría con que enalteciera al libro.

Poder y no poder del intelectual

"Creo que entre todos los intelectuales los escritores son los que aparentemente se mantienen más al margen de todo. El escritor siempre pareciera estar como absorbido por su quehacer creador. Pero ello no significa que sea indiferente. Yo al menos no he sido indiferente. He estado atenta, al igual que todos los venezolanos, ante estas elecciones presidenciales.

Yo he fijado posiciones con mis novelas. Por ejemplo, hay una novela mía, Cabo de vida, que ha sido muy poco leída, en la que está presente el mundo del trabajo penoso, la pobreza, y el deseo de los seres humanos simples.

Siento que el país, cualquiera sea el ganador en estas elecciones, seguirá marchando. No creo en el apocalipsis. Habrá muchos cambios pero no creo, como otros, que esos cambios dependerán de una sola persona. No creo que un individuo tenga tanta potestad para producir cambios para bien o para mal. Claro, no faltará quien me diga que me olvido que hay individuos satánicos como Hitler. Pero cuando apareció Hitler en el escenario el fascismo ya estaba ahí. Solamente faltaba él, faltaba su figura para completar el panorama.

Yo creo que un intelectual, si partimos de la certeza que un intelectual puede ser un científico, un profesional y no solamente un artista, hoy en día debería poder influir más en la opinión pública que un político partidista".

-¿Será por eso que el intelectual casi no se oye en estos días? ¿Será por qué sabe de su poder?

-O quizás de su no poder...

 El Nacional, 27 de septiembre de 1998