PAPEL LITERARIO
El cíclope mecánico
En repetidas oportunidades hemos escuchado que "una imagen dice más que mil palabras". Pero para fotógrafos como Paolo Gasparini la frase está muy lejos de constituirse en realidad: "¿Y si las mil palabras son mil solemnes estupideces?" La proliferación hasta la saciedad de imágenes fotográficas ha contaminado nuestro universo cotidiano de tal manera que una imagen por sí sola ya no dice nada y muchas de las que nos rodean, como dijo Gasparini, dicen tan solo "solemnes estupideces". De esta incapacidad de la imagen única que comunique por sí sola, algunos fotógrafos han optado por la serialidad para poder constituir un cuerpo de trabajo en discurso narrativo que dé cuenta de una realidad o de una ficción de manera total. La parcialidad no tiene cabida en el universo de la intertextualidad, de allí que el espectador precise de más de una simple imagen para aprehender el relato del creador, en este caso el hacedor de imágenes. Hasta el texto se hace a veces necesario para llevar el discurso más allá del hecho visual, para llevar la poética de la imagen al nivel de la palabra y así completar la retórica de la misma.
Momentos fugaces se hacen perennes y el fotógrafo es entonces responsable de fijar a través de la cámara los momentos frágiles que desaparecen frente a nosotros sin que nos percatemos siquiera de ello. La cámara obtura para fijar el gesto; el punto en el que nos confundimos con el otro o simplemente nos conmovemos ante las miserias y la humanidad de los demás. Sin embargo, el trabajo que ahora observamos se encuentra lejos de la banal objetivización del otro. Estas imágenes reclaman la mirada crítica, precisan de la reorganización de los elementos para la reelaboración de un discurso que se vuelve interactivo al requerir de la manipulación si se quiere lúdica del lector con este libro, dividido en tres secciones o bandas que separan a las tres ciudades, al mismo tiempo que las integra en torno a un eje temático. Sus personajes invitan a leer textos en pancartas, a pasear las calles de Los Angeles y comparar sus emblemas fálicos con la expresión de un devaluado Enmascarado de Plata en Ciudad de México, al tiempo que en São Paulo, Sebastião Salgado autografía los miles de ejemplares de libros fotográficos con los que se ha enriquecido, gracias a la explotación de imágenes de miseria.
Megalópolis, editado por el CRAF y la Galería Luigi Spazzapan este año, con texto de Victoria de Stefano y diseño gráfico de Yvette García, es una gran cartografía que Gasparini organiza alrededor de tres ciudades a las que se acercó con proyectos diversos entre 1993 y 1997: Los Angeles, al ser invitado por el Getty Research Institute a desarrollar una serie de trabajo en torno a la ciudad; Ciudad de México cuando hiciera el proyecto sobre cultura urbana con Nestor García Canclini para la Universidad Metropolitana, y São Paulo cuando asistiera a la Universidad de Campinas, estado de São Paulo, para realizar también un estudio urbano de esa ciudad. Los tres trabajos seriados sirven para elaborar un gran mapa de cada una de estas ciudades pobladas en su gran totalidad por latinoamericanos que viven en situación, en muchos casos, de pobreza crítica. Devorados, fagocitados por sus ciudades, aparecen deambulando por las calles, bien sea en harapos o en disfraces, pero no desvinculados de las mismas, como podría ser el caso del trabajo de Salgado que desprovee al individuo de su contexto y lo muestra desamparado, dándonos una imagen incompleta, dando así paso a la tergiversación de la realidad, que cede importancia al hecho estético por encima del social.
Gasparini en cambio muestra una infinidad de posibilidades Megalópolis que, según Alejandro Salas, "es una vuelta de tuerca en el proceso asociativo: un libro cortado en tres bandas, cada una dedicada a una gran ciudad: Los Angeles, México y São Paulo". En el libro, las imágenes se leen en conjunto, teniendo el lector la posibilidad de crear combinaciones con las mismas hasta llegar a unas 60 mil maneras de ver las tres megalópolis. Victoria de Stefano precisa que Gasparini "desconfía de la admiración por la foto elevada a la categoría de 'clásica', (...) si de sucumbir a tentaciones se trata, prefiere desmenuzar, fusionar, ampliar, reiterar las imágenes, las de su propia autoría y las ajenas, historiadas, reconsideradas o impertinentemente citadas, hasta recomponerlas en la vivacidad de un diálogo consigo mismo, con los demás, sobre la fotografía, los fotógrafos, las ideas, los conceptos, las ficciones y los fraudes de nuestro tiempo".
Si bien puede decirse que el fotógrafo es un esteta, en el libro se parte de los estigmas de la fotografía clásica: se montan las imágenes, se repiten, se alteran e intervienen, para ofrecer un nuevo mapa, una cartografía parcial para ser completada o reelaborada. Sin embargo su interés sigue estando centrado básicamente en el ser humano. En una ocasión cuenta el autor le preguntaron, luego de proyectar el audiovisual El fotógrafo y la fotografía, identidad de un malentendido, por qué razón retrataba tanta gente, tantas mujeres, a lo que respondió que una de las cosas que más le gustaban de la fotografía es la relación con el otro: "Relacionarse con una realidad que está aquí y ahora. Es a partir de ese vínculo con la sensibilidad y el amor que uno se involucra, y si se trata de mujeres, más todavía. Como dijo Quevedo, viejo seré pero viejo enamorado".
Colosos urbanos
¿Dónde empiezan y dónde terminan estos colosos habitados? ¿Dónde ubicar su lejanía, dónde la vaporosa línea por donde tendría que huir su horizonte, dónde el paisajismo que los rodeaba? ¿Dónde ubicarse, en qué suelo poner los pies a fin de conseguir la distancia requerida para retratarla, y reconocerla, en la globalidad densa, igual que en los aspectos disyuntivos, de su crecimiento hipertrófico?
La primera constatación del fotógrafo, la primera lección aprendida, es la de que la completitud está tan fuera de su alcance como de la mirada fotográfica. Por más que las funciones del instrumento estén más afinadas que las del ojo, por más que toda su potencia tecnológica se dirija a ese surplus de captación de la realidad. Por más que la manipulación del espacio sea la mayor de sus virtudes, la completitud se halla tan lejos de la cámara como del campo de la experiencia individual. Los colosos urbanos no son espacios que puedan ser superados desde ninguna cima entre nubes: ningún rascacielo, ninguna torre, ningún King Kong, ninguna atalaya: piénsese en la luminosidad indefinidamente prolongada e indiferenciada de la ciudad nocturna sobrevolada a pérdida de vista. Si se la ve desde muy lejos y arriba, todo se neutraliza en una uniformidad sin jerarquías. Si desde demasiado cerca, se la restringe a menos que poco.
Victoria de Stefano
Fragmento del texto de la autora en el libro Megalópolis
EL NACIONAL - SÁBADO 16 DE SEPTIEMBRE DE 2000