Gaveta de secreter
Milagros Socorro
msocorro@el-nacional.comPor coincidencia, leo Lluvia, (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2002), la más reciente novela de Victoria de Stefano mientras la ciudad se anega con las constantes precipitaciones y los cristales de las ventanas resuenan con las ráfagas de agua, tal como describe con genialidad la narradora en su extensa descripción del chubasco que da inicio a la trama. El aguacero de la realidad se funde con el de la ficción pero sólo porque la maestría de la escritora así lo propicia (no porque la atmósfera y la escritura hagan, así nomás, un pacto de simetría, que no es tan fácil la cosa; y más bien es una hazaña que, viéndose el lector en medio de una tempestad, con traqueteo de goterones y demás, pueda todavía admirar el efecto que la escritora logra cuando describe un diluvio, se sumerja en él –evadiéndose del de afuera, el real- y atienda con mayor interés a los cambios de intensidad de la lluvia de papel que a la que barre Caracas).
Con esta nueva novela se confirma lo que ya sabíamos: Victoria de Stefano es una excelente escritora en todo el ámbito de la lengua, descubrimiento que también hizo Saúl Sosnowsky, crítico argentino residenciado en Estados Unidos donde ejerce como profesor universitario, quien estuvo en Caracas en 1999 como integrante del jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (precisamente el que concediera el galardón al chileno Roberto Bolaños, fallecido el martes). En esa ocasión, Sosnowsky dijo que “aparte de su innegable relevancia, el Premio Rómulo Gallegos es un instrumento para promover ciertas obras que quizá no se hubieran leído de no ser promocionadas a través de este certamen. Eso lo pudimos comprobar en estos días al ver que el premio llamaba la atención hacia una obra que no estaba siendo leída en su propio país. Me refiero a Historia de la marcha a pie, la estupenda novela de la venezolana Victoria de Stefano, finalista del premio”.
Y no sólo Sosnowsky ponderó la calidad de la obra y la tersa escritura de su autora, varios miembros del jurado hicieron alusiones parecidas.
Pero no da la impresión de que el país, audiencia natural de Victoria de Stefano -y de todos los escritores que en esta tierra han nacido y/o escriben- haya reaccionado con el interés y el entusiasmo que el asunto merece. Si así fuera, muchos más compatriotas habrían disfrutado el delicado placer que depara la frecuentación de estas singulares novelas... y quizá Lluvia habría obtenido una edición más cuidada, con menos erratas y unos márgenes que permitieran el despliegue de las páginas para leer con comodidad las últimas sílabas de cada línea, mordidas en esta edición por una juntura voraz (y unos márgenes mezquinos).
El Nacional - Jueves 17 de Julio de 2003