Papel Literario
Divergente
La hazaña de un jurado
Antonio López Ortega
¿Qué significación concreta puede tener hoy en día el Premio de Novela Rómulo Gallegos? Pues precisamente la que sus detractores o críticos quieren obviar: ser el único premio del orbe hispánico inmune a intereses que no sean específicamente los de la calidad literaria y el talento creador. Todo el panorama restante –al menos en cuanto a lo que novela se refiere– está teñido de otros tintes. Cuando en 1967, la institucionalidad cultural venezolana quiso honrar la memoria del novelista que fue Gallegos creando un premio de resonancia iberoamericana, apostaba a la salud del género y al reconocimiento de esa raza de fabuladores que crean realidades paralelas –a veces más reveladoras, cautivadoras o felices que las propias que vivimos. Novelar, en definitiva, es la posesión de mundos alternos que podamos anteponer al que nos fija la realidad y las buenas costumbres; novelar, en definitiva, reivindica la infinita capacidad del hombre para soñar.
Lo que ha ocurrido desde esa fecha –los altibajos de la convocatoria– es reflejo fiel de decisiones bien o mal tomadas. El Premio tuvo su edad clásica –las decisiones que recayeron en La casa verde, en Cien años de soledad, en Terra Nostra– conforme se seleccionaban jurados de renombre internacional y el monto en dólares lo distinguía por encima de las referencias continentales del momento. El Premio, igualmente, tuvo su edad oscura –las decisiones que recayeron en La casa de las dos palmas o en La visita en el tiempo, cuando se quiso “nacionalizar” el jurado (aquella iniciativa de talante gremial al querer tener representantes de la Academia de la Lengua o de la cuasi difunta Asociación de Escritores de Venezuela) y el monto se descontextualizó en una economía nuestra devorada por la inflación.
La etapa que el Premio vive desde 1995 –con las distinciones a Marías, Mastretta, Bolaño y, más recientemente, Vila-Matas– marca sin duda una fase de franca recuperación que quiere poner el acento en el diseño original para el que el Premio fue creado: distinguir (en esta etapa, cada dos años) la mejor novela escrita en castellano. Y por mejor novela –ejercicio más difícil– debería entenderse aquélla que en sí misma sea marcadora en cuanto a innovación, creatividad y logros estéticos. Si el premio Rómulo Gallegos se creó para fijar un mapa –el de la novelística de un continente imaginativo–, hay que tener en cuenta que ese mapa crece, se amplía y diversifica en mil caminos conforme el género también crece. Por lo tanto, el desafío mayor del Premio (o de los jurados que se reúnen a deliberar cada dos años) es determinar hacia dónde crece ese mapa, qué terrenos aledaños incorporamos para hacerlos parte de una tradición que sólo se alimenta de nuestra capacidad de sumar sentido donde creíamos ver oscuridad.
En la reciente edición (2001), cuyo fallo acabamos de conocer, ha quedado demostrado, quizás como nunca antes, que la literatura ha premiado a la literatura, que escritores han premiado a escritores. No han podido contra este designio ni los desacertados pronunciamientos institucionales de los últimos días ni el comportamiento de jurados díscolos (por no decir infinitamente ingratos). El premio ha quedado a resguardo de la ignorancia y de las habladurías no por el propio Celarg ni tampoco por la incomprensible actitud de Roberto Bolaño (un autor cuya figuración no poco debe a este galardón). El premio ha quedado en el lugar que le corresponde gracias al talante de un jurado digno, sensato, independiente, que supo saltar escollos de todo tipo y poner el baremo donde correspondía. Sergio Ramírez, Edgardo Rodríguez Juliá, Carmen Ruiz Barrionuevo y Victoria de Stefano –jurados del concurso– supieron anteponer que, por encima de todo, este es un premio que consagra narradores en función de la gran calidad de la obra presentada a concurso. No se premia a autores, a trayectorias, a celebridades, a países, a editoriales; se premia novelas, se premia grandes obras de arte. Y tuvo que venir un jurado autónomo, deliberando en un entorno nada amable, talentoso y reconcentrado, a recordarnos las mínimas tareas que debemos atender hacia el futuro: cómo garantizar el equilibrio y la ponderación de los próximos jurados, cómo mejorar aún más el monto de cada bienio para que el premio no se desfase frente a otros del continente (igualar los 100 mil dólares del Premio Juan Rulfo se impone como una tarea inmediata), cómo lograr la difusión de la obra premiada en ediciones de bajo costo (un ofrecimiento que no siempre se cumple).
Con gran visión hispanoamericana, Venezuela supo reservarse hace unos años la potestad de reconocer la vanguardia novelística del continente. Por mucho empeño adverso que se tenga en cualquier momento, esa misión no se abandona. Los creadores del continente están allí para recodárnoslo.
El Nacional, 4 de agosto de 2001