Cultura y Espectáculos

VICTORIA DE STEFANO seduce con sus textos

“Le pedimos demasiado al futuro”

La aparición de la novela Pedir demasiado, -la séptima de Victoria de Stefano-, en la colección Bigotteca de la Fundación Bigott, marca el inicio de este sello en la publicación de obras literarias. No ha podido ser mejor la elección ni más afortunado el augurio para la serie . “Para escribir el viaje de Vidal (un personaje) tuve que llenarme la cabeza de imaginación”

 

MILAGROS SOCORRO
ENTREVISTA

 

 

 

Victoria de Stefano tiene muchas cualidades excepcionales. Pero hay una, absolutamente singular, que enloquece al grabador de los entrevistadores, y es que cuando esta escritora quiere hacer énfasis en sus afirmaciones, en vez de levantar la voz o gesticular para subrayar algún punto de vista, se queda muy quieta y baja el tono hasta el susurro. Como si no tuviera certezas sino sólo secretos.

Es muy curioso. Puede ser muy seductor. Como su escritura.

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Pedir demasiado , su nueva novela, alude constantemente a una familia perdida que se añora y a la que se requiere reconstruir. ¿Es correcto deducir que su obra apunta a una formulación de la república de los afectos, que estaría en el centro de la trama y que en la realidad nacional parece disuelta?
-En el centro de la trama está, efectivamente, lo que llamas la república de los afectos. Yo no creo que la novela trata de una familia que se quiere construir sino simplemente de la familia. Toda la trama gira alrededor de la visión de Manuel, el padre, y esa hija, sobre cuyo futuro tanto reflexiona, es la familia con la que él cuenta. Y, a partir de su hija, quiere continuar su familia. Manuel le ha puesto a la familia un signo de felicidad futura.

-Parece una apuesta fallida porque dentro de la trama la hija -que es viuda- no tiene esos hijos que Manuel anhela como continuación de la familia.

-Esos nietos pueden venir porque ella puede volver a casarse. Ella puede tener hijos. El tema de una novela forma parte de las fantasías personales del escritor, pero la manera como se desarrolla y se construye va surgiendo en la medida en que se escribe. Yo quise abordar un momento crítico de un universo familiar pequeño en el cual las personas quieren resolver de manera inmediata las circunstancias dolorosas en que se encuentran.

Salir de ellas. Esto se expresa en la impaciencia del padre de que la vida vuelva a ser lo que fue para ellos, que se reabran las perspectivas para su hija, que ésta termine los estudios interrumpidos y que se le presente un nuevo amor. La novela termina sin que esto se haya producido pero no sabemos qué sucederá después.

-El narrador de su novela es un hombre ensimismado en el universo de la familia, que prescinde totalmente del contexto social en que se desenvuelve su peripecia privada. En un ejercicio de forzar la metáfora, ¿qué nos dice ese ensimismamiento de lo que estamos viviendo en Venezuela en la actualidad?
-Todos los personajes de esta novela están ensimismados, encerrados en sus fantasías y muy aislados.

Esta opción no fue deliberada; de hecho, hice esa lectura a posteriori, pero el caso es que el aislamiento en el que los personajes viven es el que se da en momentos muy duros y muy críticos de una sociedad, de una cultura, de un territorio social. Es el ensimismamiento en el que las personas terminan por refugiarse para tratar de enfrentar puntualmente sus problemas:
un cierto deseo de no mirar hacia los lados. Nosotros somos, o éramos, un país extrovertido que se ha vuelto introvertido en el sentido de que la intimidad es una forma de sobrevivencia y de alguna forma de vida lograda.

-Esto resulta paradójico con la visión generalizada que apunta a que hemos salido de una tradicional apatía para incrementar la participación política y, en general, en asuntos públicos, lo que se expresa en la asistencia a marchas, a asambleas de ciudadanos, y otras formas de participación.

-Esa paradoja yo no la sabría resolver, porque uno, cuando escribe, se aloja en un universo que tiene sus propias reglas. Quizás yo estoy viendo más a largo plazo. No quiero decir, desde luego, que esté profetizando, pero independientemente de que exista una mayor conciencia ciudadana, hay un ensimismamiento, incluso dentro de esas mismas marchas, porque hay una sociedad empobrecida y polarizada.

Todos estamos absortos en nuestras respectivas situaciones de empobrecimiento y polarización. Pienso en términos de que se van creando mundos paralelos.

-No viene mucho al caso pero ¿ha perdido usted amigos por la polarización política?
-No está en mi carácter pelear con los amigos. Nosotros, en los años 60, vivimos grandes fracturas, grandes violencias, grandes separaciones, en las amistades. Ya hemos vivido esa experiencia y no quisiera repetirla.

-¿Hubo reconciliación o fueron quebraduras que no se pudieron restaurar?
-Yo creo que, independientemente de las situaciones políticas o de las crisis sociales, las amistades se rompen porque las personas cambian. Por eso muchas relaciones se quedan en el camino.

Hubo, digamos, una mitigación de las relaciones.

-¿También puede haber una mitigación del encono?
-Claro que lo puede haber. Y lo debería haber... a largo plazo.





El tiempo del escritor
-¿En cuánto tiempo escribió usted esta novela?
-Yo escribí Lluvia (Oscar Todmann Editores, 2002) y Pedir demasiado casi al mismo tiempo. Trabajaba en una y otra alternativamente hasta que terminé primero Lluvia.

Entre las dos fueron cerca de tres años. Se trata de una novela corta y sé que parece que fue escrita en poco tiempo pero no. Jamás he escrito nada de un tirón. Creo que no podría.

-¿Por eso no escribe para la prensa?
-El mundo de la prensa es el de lo noticioso, el de la actualidad. El mundo de la literatura está ligado a la tradición literaria, a la experiencia literaria. Es un tiempo muchísimo más lento. Hay temperamentos que pueden hacer las dos cosas; no es el mío. Para escribir el viaje de Vidal (uno de los personajes de
Pedir demasiado) tuve que leer muchos relatos de viaje, buscar mapas, testimonios de escritores que escribían de un determinado paisaje, descripción de plantas, de ríos... imagínate el tiempo que me llevó llenar la cabeza de imaginación.

-¿La cabeza no está ya de por sí llena de imaginación?
-Sí, pero hay que alimentarla constantemente. Recuerda lo que decía Balzac: “Las ideas, los recuerdos, los pensamientos, vienen escribiendo”.

Yo nunca he escrito de acuerdo a un plan.

-¿Por qué lleva ese título su novela? ¿En qué pide demasiado Manuel, el narrador?
-De entrada, Manuel quiere resolver la vida de su hija; y ya eso es pedir demasiado. Nadie puede resolver la vida de otro. Todos pedimos demasiado para nuestros hijos.

-¿Cree usted que como sociedad también podríamos estar pidiendo demasiado?
-Eso no lo sabría decir, porque las peticiones de los individuos no son las mismas de los colectivos.

Creo que las sociedades piden mucho de las generaciones futuras.

Hasta hace algunos años, el país apostaba todo al futuro. Todo el mundo lo hacía, vivíamos en la impresión de que el tiempo tenía un poder benéfico y que el desarrollo de la sociedad iba hacia estadios mejores. Entonces vimos que no era así y que tal vez no vaya a ser así. Nosotros ya no apostamos tanto al futuro. Muchos de nosotros hemos comenzado a pensar que debemos aprender a vivir con lo que tenemos y a hacer lo que podemos. No es mal consejo sugerir que rescatemos el placer de la observación, de la contemplación y de la reflexión, frente al pragmatismo, el barbarismo, el terrorismo y la confrontación.





La foto de Andrés Eloy
-Victoria, ¿por qué tiene usted esa fotografía de Andrés Eloy Blanco (que lo muestra al aire libre, de pie, ante un micrófono) entre los cuadros de su sala?
-Esa fotografía, que es de Albanes, llegó a mis manos hace muchos años, 20 años tal vez, cuando yo colaboraba en una revista que se llamaba La Quincena. La tengo allí porque es bellísima.

-¿También porque Andrés Eloy Blanco forma parte de sus afectos literarios?
-Sí, claro. He leído no sólo su poesía sino también sus obras de teatro y sus cuentos. Nosotros, en Venezuela, hemos sido mezquinos con la tradición literaria. Olvidamos muy pronto. Y tenemos una cierta indiferencia por lo que estaba antes y apenas si atendemos a la inmediatez.

Nosotros no hemos sido justos con nuestra tradición y ésa es una tarea pendiente y de mucha importancia.

Después puede que venga una valoración...

a mí nunca me ha gustado utilizar la categoría de buenos y malos escritores, el concepto de calidad para la literatura es absolutamente banal: cualquiera puede escribir un libro de calidad porque las técnicas están muy desarrolladas y difundidas; los grandes libros nunca son perfectos. La cuestión es el olvido de la tradición. Hay un escritor venezolano que yo admiro mucho y que nadie lo nombra, que es Renato Rodríguez.


-Al sur del ecuanil.

- Al sur del ecuanil y todos sus libros. La noche escuece, que ha sido ignorado como si nunca hubiese existido, es un gran libro.

Creo que en
Renato está el punto de lo autóctono y una apertura hacia el mundo, hacia la vanguardia, está todo ese mundo de sus viajes, su vida en Nueva York y Europa. Pienso también en un escritor que murió por su propia mano, hace poco tiempo, que es Argenis Rodríguez. Todo el mundo sabe que fue una figura muy polémica, pero muy pocos recuerdan que sus libros son sumamente importantes, sobre todo si buscamos un reflejo del país en la literatura o si buscamos una literatura comprometida con la realidad. Allí están Entre las breñas, Está gritando su agonía, y un libro que se llama El vuelo de los gavilanes.

Argenis Rodríguez, al morir, recibió el más bello homenaje que puede recibir un escritor, que fue el artículo de otro escritor, Salvador Garmendia, titulado “La bala les pasó cerca”. Suele hablarse con gran escándalo de la destrucción física de libros, pero hay hogueras simbólicas que son tanto o más graves que las otras, como ocurre con los libros que se olvidan, los escritores que nadie recuerda.

-Me llama la atención que a la hora de evaluar la literatura venezolana celebre usted la tradición sin lamentar su poca proyección en el exterior, que se ha convertido en un tópico.

-Nosotros somos un país de la periferia, vivimos en la periferia y, hasta ahora, nuestra literatura es periférica. Yo no creo que el hecho de que el libro venezolano tenga proyección en el extranjero... que sería maravilloso, sería magnífico...

pero, en fin, no creo que eso sea lo fundamental. Ahora hay jóvenes que están fuera, que tienen una ambición literaria y tienen también el interés de ser leídos por grandes audiencias. Y eso es absolutamente legítimo, incluso encomiable. Pero mi generación vivió más ensimismada, más aislada, y está bien que vaya poco a poco, por su camino. Graham Greene dijo que la fama es como una mano muerta sobre el hombro del escritor y que si esa fama llega tarde, si esa mano se tarda en apretar tu hombro, es mejor. Yo no tengo nada en contra del éxito pero sé que cada escritor tiene su camino. Y no puede tomar atajos.

-¿Ya está montada en otra novela?
-Sí, señora.

 

 

 

 

Dos a la vez

Victoria de Stefano nació el 21 de junio de 1940 en Viserva, Italia, y llegó a Venezuela en 1946. En la página web del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de la UCAB puede leerse: “En los años 60 estudiaba Filosofía en la Universidad Central de Venezuela, en cuyo Centro de Filosofía comenzó a trabajar con el profesor García Bacca desde 1962, fecha en la que obtuvo su licenciatura en Filosofía. En esa época estaba casada con Pedro Duno y habían nacido sus dos hijos.

Como las actividades políticas de su esposo lo mantuvieron a veces preso y otras, en la clandestinidad, la escritora, desde 1963, viajó con frecuencia al exterior en un continuo deambular que duró 5 años: Cuba, Argelia, Francia, Italia y España.

Cuando volvió a Caracas, en el año 1967, su esposo fue arrestado de nuevo y, después de un breve período de legalidad y de una nueva detención, sufrió el exilio en Chile de 1970 a1971”.

Ese año apareció El desolvido, su primera novela, que escribió en paralelo con su ensayo Sartre y el marxismo. Posteriormente escribiría su segunda novela La noche llama a la nocheal tiempo que trabajaba en otro ensayo Poesía y Modernidad, Baudelaire (por el que ganó el Premio Municipal de Ensayo en 1985). Es sabido, pues, que de Stefano suele escribir dos libros a la vez; y que siempre se encontrará el lector con una escritura tersa, cuidadísima, así como una profusa documentación rayana en la erudición.

Muchas veces se ha dicho que ella es una escritora para escritores, porque en su obra abunda la experimentación, el cuestionamiento de los géneros y del autor, y un trabajo del punto de vista que podríamos calificar de orfebrería de las miradas. Victoria de Stefano es, en la actualidad, uno de los valores más seguros de la narrativa venezolana.

 

 

 

"Yo creo que, independientemente de las situaciones políticas o de las crisis sociales, las amistades se rompen porque las personas cambian. Por eso muchas relaciones se quedan en el camino"

 

En Venezuela hemos sido mezquinos con la tradición literaria y no hemos sido justos con ella. Olvidamos muy pronto. Y ésa es una tarea pendiente y de mucha importancia"

 

El Nacional - Lunes 13 de Septiembre de 2004