PAPEL LITERARIO
Despedida a la obra de Gertrude Goldschmidt
Aquella señora con pinzas en las manos
Bajo la curaduría de Iris Peruga y con el título Gego 1955-1990, clausura mañana en el Museo de Bellas Artes, la más completa antológica de Gertrude Goldschmidt (Hamburgo, 1912-Caracas, 1994). Para despedir la exposición, ofrecemos en estas páginas los testimonios de algunos amigos de la artista que presenciaron el desarrollo de su trabajo: una obra lúdica, única en su estilo y difícil de clasificar. Aunque la muestra llega a su fin, a partir del 20 de mayo el MBA mantendrá, en la sala 2, una síntesis de su obra
Lourdes Blanco
Critico de arte
Gego libre y abstracta
Algún día se determinará con precisión cómo fue que Gertrude Goldschmidt asumió su mágica conversión en Gego y cómo del método y la disciplina que el diseño y la elaboración de objetos y muebles representaban, pudo una audaz inmigrante forjar en Venezuela una de las obras más originales de la escultura contemporánea.
Si su ingeniosa y singular dedicación como docente y maestra de arquitectos, artistas y diseñadores, la consagró con varias generaciones de fieles alumnos que con ella aprendieron el lenguaje de la liberación, la relativa soledad en la que transcurre su trabajo artístico, le colocan en una esfera distante aunque no aislada del más combativo movimiento artístico de los años 50 y 60: la abstracción geométrica.
La vida de Gego en Venezuela abarca una era que algunos consideran, junto a la desaparición física de la artista, como llegada a su fin. Pero ese sentimiento seguramente hubiera sido refutado por Gego, quien siempre evadió el tedio de los pronunciamientos como rehuyó de la masa y la gravedad. Con Gabo y Moholy-Nagy, encontró su materia en la forma intangible, el plano perforado, la transparencia y la linealidad antes que en lo óptico, cinético o lo sólido e inmutable.
Ya en 1977, Marta Traba ensayó el tema de la marginalidad de Gego al referirse a su vínculo tangencial con ciertos rasgos de la naturaleza, especialmente en aquellas obras que como las cuerdas, los chorros y las reticuláreas, parecían constituir un universo paralelo al natural de cuyos ecos sensibles la propia obra cobraba su dinámica. Estas especulaciones se veían reforzadas por el hecho biográficamente objetivo de que Tarma, una diminuta aldea de montaña enclavada en la ruta entre el Litoral y la Colonia Tovar, le había servido a Gego de refugio en los años claves de su transformación artística.
Nacida en Hamburgo y fallecida en Caracas a los 82 años, Gego representa para el arte venezolano un gen europeo cuya verdadera significación con frecuencia pasa desapercibida porque en lugar de remitirnos a los grandes estilos internacionales más conocidos -al expresionismo o al constructivismo- nos conduce a una tradición intimista, del hacer lúcido e ingenioso, que encuentra su figura emblemática en Paul Klee y en sus magistrales enseñanzas.
Pero en el camino que Gego hizo suyo se fueron descartando las referencias figurativas y se fueron imponiendo configuraciones extraídas de la geometría arquitectural, del azar y del sutil juego de los "abalorios" reciclados. Gego recoge con mucha audacia algunas de las recomendaciones que el maestro suizo-alemán aconsejaba para la creación formal: el empleo del inconsciente como matriz de gestación y el gesto que de él deriva la mano para la concreción del lenguaje espacial a partir del trazo, de su evolución y finalmente de su estructuración en unidades de creciente complejidad. Pero su aporte solitario y singular era hacer todo ello en el espacio, sin soportes por así decir. Descreía de la masa y de la simetría, y siempre buscó interrumpir una superficie, asir un vacío, tender puentes. Un poco al margen de cualquier hegemonía, sin acorralarse en un estilo ni confinarse a variaciones sobre sus mismas invenciones.
Aunque a menudo las esculturas tempranas de Gego se vinculaban con el constructivismo y con la tradición paralela que asume la integración del arte de la escultura en la arquitectura como objetivo épico, la esencia de su obra más importante transcurre en un ámbito con otra caracterización. Sin duda exploró tenaz y exitosamente la construcción de planos en el espacio a partir de líneas paralelas de metal que sugerían volúmenes. Pero luego Gego se aburre y comienza otra obra de mayor trascendencia: una en donde la línea es plano y el plano es espacio y el espacio es un epigrama ingenioso sobre la creación de espacios. La demarcación de un espacio tangible a partir de partes tan escuetas y desprovistas de cargas artísticas anteriores, como los alambres y otra batería de piezas de ferretería que desplegaba con suprema gracia, propiciaban la aparición de una expresión juguetona o lúdica en un espíritu al que obedeció, como Klee y Calder o Arp y Tinguely, sin temores. El proceso de la abstracción en Gego no fue, como en Otero o Soto, una evolución derivada del análisis de un motivo que progresivamente se va resumiendo, sino un hecho a priori. Fue sin duda una punta de playa tomada en la batalla por despojarse de la hegemonía de los estilos.
La elaboración, los métodos de ensamblar, unir, articular y erigir, fueron sus puntos de partida, como inteligentemente quedó esclarecido en el libro que sobre su trabajó publicó el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas y en cuya concepción se unieron Gego, Alvaro Sotillo y Hanni Ossott. Más podemos derivar de los esquemas allí aislados e identificados en diagramas, que de los propios comentarios que Gego casi nunca formuló sobre el origen y propósito de su obra. Una vez intenté entrevistarla y me resultaba ingrata la parquedad de sus respuestas. Años más tarde, comprendí que ello respondía a su decisión de no enturbiar los hechos concretos de su lenguaje con afirmaciones imprecisas que impedirían un verdadero acercamiento a sus trabajos.
Al contrario de muchos artistas judíos que como ella sobrevivieron la época negra previa al Holocausto, Gego no asumió la escisión de su cómodo hogar burgués como extrañamiento íntimo que debía convertir en una forma de la angustia expresionista. El sentimiento de fatalidad le era incómodo y si acaso se permitía el saboreo ocasional de su nostalgia, lo hacía a través de los recuerdos fotográficos de amigos y parientes distanciados por el tiempo y la geografía, entre los que hubo muchas figuras notables (las andanzas de la familia Goldschmidt fueron recogidas en un libro que gracias a la donación de Gego podemos consultar en la Biblioteca Nacional).
Mantuvo hacia la creación artística una actitud eufórica, de descubrimiento exultante totalmente opuesto al lamento a veces patológico, aunque no por ello inválido, que en tantos otros predominó durante la misma época. Retuvo su condición de burguesa, refugiándose en la cómoda intimidad del idioma alemán al cual sólo su familia inmediata tenía acceso. Al final de su vida desistió casi completamente de hablar español. Una sordera creciente, la que le marcó desde su madurez, contribuía a fomentar su capacidad de auto-abstracción pero en el fondo tanto el incómodo manejo del español como la sordera le servían de escudo ante los periodistas o críticos que sintieron alguna vez curiosidad por ahondar en los detalles anecdóticos de su pasado. Por contraste, Gego fue refugio comprensivo para sus alumnos y guía de una generación mucho menor en años que aprendió de ella una actitud libre y una exigencia perenne para la creación abstracta.
Mucho se ha escrito sobre la importancia del dibujo en Gego y con razón pues en su ejercicio logró un dominio singular para enganchar espacios a través de líneas finas en grandes pliegos de papel o en acuarelas, reservando un toque allí y otro allá para un punto o cruceta roja, hasta que logró despojarse de todos los soportes. En los ensamblajes metálicos de sus piezas para la pared o en los tejidos de metal y papel, Gego parece refundir la tradición de la forja de los más antiguos nómadas de Europa con el instinto tropical por el tejido y la cesta.
Pero más allá de la obra escultórica, de los diseños para arquitectura o de la obra gráfica en la que merecen atención específica sus hermosas y audaces innovaciones en el arte de la estampación, la invención y aporte de la obra de Gego se fundamenta en su capacidad de realizar construcciones bi y tridimensionales que actúan en el espacio sin fundirse ni confundirse con él. Gego dio origen a la posibilidad de una alternativa para la obra de arte que no fuera de ningún extremo sino de la invención propia de cada espíritu. Ese es su legado y eso no termina. Gego ha muerto. ¡Viva Gego!
N. de R.: Este texto fue escrito en 1994 y publicado, en el diario Economía Hoy, como obituario a la desaparición de Gego.
Un oasis de civilidad
Victoria De Stefano
Escritora
Comencé a frecuentar a Gego en una fecha tardía. Hacia 1978, cuando gran parte de su obra estaba hecha. Ese mismo año recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas. Nunca olvidaré las palabras con que dio por terminada la entrevista con motivo del premio: "El arte es para la gente, la vida es para Gerd y para mí". Mi amistad y relaciones de trabajo fueron sobre todo con Gerd (Leufert). Aun así, durante años, hasta que la sordera y la enfermedad se lo permitieron, nos juntábamos los tres a tomar el té. Era Gego quien llevaba la conversación. Su vida en Hamburgo, sus estudios en Stuttgart, su venida a Caracas, cómo llamaban la atención sus ojos claros y su rubia juventud en la Plaza Bolívar, Tarma, sus hijos, sus nietos, los amigos, los viajes. Charlaba con alegría y vivacidad, sin nostalgia ni amargura por lo que había dejado atrás. Su vida estaba aquí. Yo escuchaba ávida de saber y Leufert callaba resplandeciente de orgullo. No sé qué torpeza cometí alguna vez en una de las sesiones de trabajo con Gerd, pues él rápidamente me corrigió: "¿Artista, yo? En esta casa no hay más que un artista, y esa artista es Gego". Con todo, y a pesar de la admiración que la rodeaba, jamás vi en ella un atisbo de vanidad. Imagino que una gran satisfacción con lo que hacía pudo producir algo así. No se trataba de humildad. Era más bien la serena confianza de quien ha sabido avanzar sin más licencias que las exigidas por su espíritu y sus facultades.
Desde el taller de Gerd se veía el de Gego: era una casa toda espacios y luz, un oasis de civilidad. Gego trabajaba reconcentrada al fuego de sí misma, como alguien a quien le va el gran placer, la gran felicidad de la vida en ello. Armaba, combinaba, doblaba sus alambres, sus cordones, sus tiritas de papel, los materiales más sencillos. Trabajó estando sana y en su plenitud, no dejó de trabajar ya enferma y en su ancianidad, cuando se hacía cada vez más pequeña mientras sus manos se hacían cada vez más grandes, más notorias y poderosas en el gesto de agarrar. En alguna pausa de reflexión, puestas sobre su regazo, parecían estar acunando un nido, que a su vez empollaba un huevo. El huevo de la creación.
Al salir del Museo de Bellas Artes pensé que esa retrospectiva era una lección para todos nosotros, ciudadanos de este valle, artistas o no. Gego habrá sufrido, habrá penado, quién no, conoció la separación de los suyos, la dispersión de los afectos, las calamidades del siglo, los tropiezos de la cotidianidad y, sin embargo, pensé, qué vida más espléndida la suya. Faltaríamos al deber de la gratitud si ignoráramos lo que significó esa curaduría. Gracias, muchas gracias, Iris Peruga; gracias, Guadalupe Montenegro. Conocí a Gego, había ido a sus exposiciones, pero su obra vista así, sala tras sala, y no tan sólo por su cantidad sino por todas sus posibilidades, humor, ternura, inteligencia, me dejó sin aliento. ¡Mi Dios, cómo pudo caber todo eso en una sola línea de vida!
EL NACIONAL - SÁBADO 28 DE ABRIL DE 2001