Literatura
Victoria para Victoria
Ana Teresa Torres
Especial para El Universal
Caracas.- Los libros de la escritora venezolana Victoria de Stéfano (Viserba, 1940) suelen producir interrogantes en cuanto al género al que pertenecen. Con frecuencia se ha apreciado que 'sus novelas son ensayos'. Esta cuestión es ya un tema pasado. La escritura de la posmodernidad se caracteriza, entre otras muchas variables, por trascender las fronteras de los géneros literarios, por permeabilizar los compartimientos. En esta, su quinta novela, Historias de la marcha a pie (Oscar Todtmann Editores, Caracas 1997) quien quiera adscribir una categoría estricta se verá en problemas. Para mí es una novela-memoir-ensayo-relato-ejercicio de prosa. Es decir, es escritura, es pasión de lenguaje. Es, desde luego, un importante texto _el más logrado de la autora, en mi criterio_ que señala un nuevo terreno literario, con respecto a su propia obra, y también en la novelística contemporánea nacional. Victoria de Stefano une en este libro varias proposiciones que, para resumir, enumero: la experiencia de vida, la experiencia literaria, la erudición, la reflexión, el lenguaje culto y cultivado, y logra escribir una historia sin sorpresas, y sin embargo, capaz de capturar al lector. ¿Cuál de ellos? En este caso, un cierto tipo de lector que podría denominar como lector paciente. Alguien dispuesto a seguir el ritmo de lenta cadencia de la prosa, capaz de prescindir de la anécdota, y sobre todo, dispuesto a ser 'ese taquígrafo atento, sobre el que queríamos volcar todo cuanto pasaba por el perpetuo embudo del monólogo interior' (154).
¿Cuál es el tema de la novela? Lo defino con palabras del texto: 'Tantas vidas llenas de incidentes íntimos, tantas vidas diferentes y privadas, tantas vidas desaparecidas... tantos seres sustentando sus vidas, así como las abejas, tejiéndose en el aire' (178). Dentro de ellos, la autora escoge unos pocos personajes, atraídos proustianamente por algún recuerdo banal, excéntricos, estrafalarios, perdidos en sus borrosas identidades, y al interlocutor fundamental, un hombre en el umbral de su muerte, con quien establece una suerte de diálogo que sirve de pretexto a la narración. El otro tema es el propio lenguaje, la misma aventura de la frase, la impecabilidad de un tratamiento formal que encuentra un sentido rítmico de la lírica clásica, la concisión de la frase certera que queda reverberando, la iluminación de una vivencia.
Como soy de la opinión de que la alabanza es al escritor tan dañina como el descrédito, insertaré aquí lo que considero menos logrado del libro, y es que el culto por la forma se impone en algunos episodios, por más decirlo, excesivamente retóricos. Por momentos, el desmenuzamiento de algunas reflexiones resulta alejado, y hasta cierto punto, impostado sobre las vivencias que pretenden describir. Todo escritor paga el precio de su propuesta y privilegiar el tono de reflexión sobre el relato en sí, es un alto riesgo en una extensión de 260 páginas. Mas ese riesgo es, precisamente, lo que le confiere al libro no sólo su valor literario sino el valor de escribir desde donde se quiere hacerlo, sin concesiones.
Caracas, miércoles 29 de abril, 1998