Canto

(De Canto al canto, 5ª parte)

Roberto Viereck Salinas


 

El Canto se nos sale saliendo por la boca,

por donde se nos cuela el Ritmo de una historia,

la Melodía canta su Canto fúnebre,

su hermoso Canto amigo,

en las buenas y en las malas se nos escapa

con sus flautas, sus tambores y sus maracas.

 

Canta el continente desde la garganta hasta los pies,

sin querer, sin voz nos canta el Canto,

nos canta y nos baila,

nos baila y nos canta

y felices lo tomamos por su traviesa cintura.

 

El Canto nos canta la canción de la mañana

y en la noche el sauce mudo nos canta.

 

Una llamadita nos canta,

el abrazo gratuito, nos canta,

el grito sordomudo y carajiento, nos canta,

la piedra voladora, nos canta

y nosotros nos encantamos con el canto del Canto,

se nos mueven las tripas y nos duelen las muelas;

con el canto del Canto la tierra brinda sus frutos;

con el canto del Canto abre sus alas la Flor;

con el canto del Canto los ríos regresan de su silencio

y la Niña sonríe,

mi pescador sonríe,

el amigo solitario sonríe;

y con ellos sonríen los presos,

los mártires,

los muertos,

los terapeutas,

los enfermos,

las madres abandonadas,

los ciegos, los corazones...

 

La desilusión también sonríe

 

y la pena y la rabia y la Música del canto del Canto,

todos ellos sonríen.

 

El Canto canta su Música que canta,

no sabe hacer otra cosa,

y cuando nos canta, cantamos con ella,

no sabemos hacer otra cosa.

 

Los tontos cantan y no son tontos,

los inteligentes cantan y no son inteligentes,

los malos cantan y no son malos,

los buenos cantan y no son buenos.

Cantemos el canto del Canto que se nos entra y se nos sale,

desde Arica a Magallanes cantemos todos,

desde Arica a Magallanes estamos mudos,

desde Arica a Magallanes somos tontos, inteligentes, buenos y malos.

 

La Flor del Canto nos canta, cantémosle,

la magia de la Flor nos canta, cantémosle su canción,

no vaya a ser que se nos marchite de pena.

 

El Canto se nos sale cantando,

las palabras sobran y queremos gritar,

despavoridos lamer las violaciones malditas,

escupir las vacilaciones tremendas del Alma,

toquetear las sinrazón de nuestros más íntimos bailes.

 

El Canto se nos brota y se nos entra

y queremos tocar la materia con la puntita de la lengua.

 

El Canto que canta lo amamos como él a nosotros,

los cantores de las zanjas del Espíritu,

nosotros, los ambulantes, los sonámbulos,

los que cantamos sólo para que el Canto nos cante.

 

El Canto se nos sale y se nos entra,

el Canto se nos sube y se nos baja,

así, meneaíto, meneaíto,

un día sí, otro no,

un poco aquí, otro allá,

nos toca la oreja, nos guiña un ojo y así no más,

se nos viene furiosa la incontinencia musical encima.

 

Esa sonrisa, la del Canto, se nos mete en la boca

y nos hace sonreír.

 

El Canto nos canta y de la mano nos lleva a bailar

por los recovecos de la biografía.

 

De Arica a Magallanes el Canto canta,

el Canto nos canta

y encantados cantamos, cantamos, cantamos

las canciones brutales silenciosas y guerreras.

 

Cantamos y alguien se pone en pie y camina,

cantamos y creemos que un pecho se levanta bajo el sol,

cantamos y las luces se apagan, el viento se detiene, el río escucha...

 

Cuando el hombre canta la naturaleza suspende su misterio

y sonríe calladita, calladita.

 

 

Cuando el hombre canta,

el canto del Canto,

cuando el hombre canta,

canta el Canto.

 

 

Y la partitura no fue en vano.