Coda

(De Canto al canto, 6ª parte)

Roberto Viereck Salinas


 

 

Sonaban las voces como una sola,

distintas, pero sonaban

al Ritmo de sus peculiares Melodías.

Cantaban las voces, cantábamos, cantamos.

Desde el fondo hasta el fondo cantábamos

los cantos de los Cantos,

bailando con nuestros muertos,

cantando, riendo y bebiendo,

enchichados cantábamos las canciones

aprendidas y enseñadas por los muertos.

 

Así fue...

 

El Canto se nos venía encima

sobre la partitura de la vida,

ola maternal.

 

Despuntaba la magia por el horizonte

hasta el ocaso, por los cuatro costados,

se hacía escuchar.

 

Así fue...

 

Paso a paso, sin embargo,

violentamente,

todo precipitó como naipes,

despidiéndose de las eternidades vivas:

 

los muertos amanecían muertos

y ya no era posible bailar más con ellos;

los vivos amanecían muertos

y ya no era posible soñar más con ellos.

 

En un pestañear de ojos,

en un abrir y cerrar del Espíritu,

el despertar del Niño,

no era posible, en el sentido extenso.

 

 

¿Pero quién...? Preguntábanse las sombras de los bosques.

¿Pero cómo...? Preguntábase el reino mineral.

¿Pero cuándo? Preguntábanse las nieves infinitas.

¿Pero por qué? Preguntábase una ingenua ramita cerca de Ucayali.

 

Querían saber, todos,

en el sentido profundo de la aspiración universal,

si había sido una traición

o simplemente una corchea venenosa.

 

 

En el ojo del pánico, todos,

deseaban la comprensión, no de la causa,

la del mito,

huracán montado a caballo.

 

Así, cantando, querían saber.

 

Primero todo fue en diagonal,

cocoteros, palmas,

sauces y cañas,

en perfecta inclinación contra el viento.

 

Todo arremolinado e inclinado,

inclinado y arremolinado,

los abejorros, contra el viento,

la coca, contra el viento,

la ayahuasca, contra el viento,

el chamán, contra el viento.

 

(¿Por qué sonreía el Chamán?)

 

Todo volaba hacia un lugar desconocido...

 

En el cielo el sol se fue al negro,

agujero sobre las cabecitas despeinadas,

los Cantos se extraviaban

y se volvían agua, río, cascada de voces inaudibles.

Todo volaba hacia un lugar sin rostro verdadero...

 

En medio de la sonrisa de oro, la empuñadura,

conmoción cósmica después de miles de años:

 

¡Inversión!, ¡Pachacuty!, cantaban,

deformes,

enloquecidos por el miedo al miedo,

único en la galaxia de las emociones.

 

El cielo succionaba como un abismo todo

hacia las entrañas de su oscuro corazón.

 

Y cayó el Río de la Plata, cayó.

Cayó el Amazonas, cayó.

Cayó Los Andes, cayó.

Cayó Anáhuac, cayó.

Cayó el Orinoco, cayó.

Cayó el Chimborazo, cayó.

Cayó Tula, cayó.

Cayó Machu Pichu, cayó.

Cayó la Araucanía, cayó.

cayó,

cayó,

hasta el más abisal de los recuerdos,

cayó, pero no calló;

cayeron, pero no callaron,

sus Cantos siguieron palpitando

en los pechos emplumados de ayer y hoy.

 

Cayó Buenos Aires, cayó.

Cayó Montevideo, cayó.

Cayó Santiago, cayó.

Cayó Salvador, cayó.

Cayó La Paz, cayó.

Cayó Lima, cayó.

Cayó Quito, cayó.

Cayó Bogotá, cayó.

Cayó Caracas, cayó.

Cayó Asunción, cayó.

Cayó La Habana, cayó.

Cayó Santo Domingo, cayó.

Cayó Ciudad de México, cayó.

 

Y con ellos cayó Nueva España,

que se tragó a La Plata y ésta al Perú

y éste a Nueva Granada

y todos juntos a las Capitanías

y con ellas al Cuzco, a Valparaíso,

Tiahuanaco y Córdoba, Porto Alegre, Bahía,

Chiloé, Punta Arenas, La Patagonia, Yucatán, Potosí

y a cuanto el cielo había fundado

sobre la gran grieta del orgullo transoceánico.

 

Cayeron hasta el fondo del abismo,

polvo, extremo, arco, humo,

cataclismo, Ritmo, Melodía,

Canto, Grito, Baile,

horror en la pulpa de la sangre,

ojos, manos, canelos embalsamados,

museos, momias sin chicha,

vitrinas, créditos, arqueologías,

lanzas, cabezas empotradas,

¡turistas, turistas y más turistas!

 

América entraba en el laberinto de su soledad

inscrita en su pecho contra un místico FOR SALE.

 

Las manos se pegaron como ventosas a la vitrina de la Historia;

turistas y más turistas,

tours, palmas vacías, súplicas y rezos,

golpes y motines,

obra barata, pastillas, inyecciones,

gripe, gonorrea,

turistas, turistas y más turistas,

kilos y kilos de amabilidad envasada.

 

Todo desapareció a lo largo de la extensa Panamericana,

Primera columna del maniquí occidental.

 

Todo cayó desde la infinitesimal esperanza del Niño;

lleno de odio se fue a dormir

dentro de la vaina con sus hermanos – semilla,

esperando al verdadero Quetzalcoatl.

 

Todo cayó,

pero no calló,

cayeron pero no callaron,

cayeron, pero no callaron.

 

Así fue en el Silencio

 

América

como una sola voz.

 

 

 

 

Sobre las aguas

cuatro veces flota

en el gran lago,

como las semillas, la culebra,

en el centro subterráneo de la vida,

espejo mudo de la vida y la muerte.

 

 

 

 

 

(Y la partitura no fue en vano)