Grito

(De Canto al canto, 4ª parte)

Roberto Viereck Salinas


 

Mecíase el corazón sobre el cuerpo de la nada:

 

¡Mecíase!, ¡Mecíase...!

 

Como un espejo, mecíase,

en la calma de la noche, mecíase,

en silencioso ritmo, mecíase,

en cadenciosa melodía, mecíase.

 

¡Mecíase!, ¡Mecíase!

 

En los brazos de la sangre

y de la savia

y de la carne

y de la arquitectura

y de la muerte

y de la vida

y de todo lo femenino,

no de la mujer,

que es como todo lo que se engendra

y se dice

y se gesta

como un ¡ay!, tembloroso,

se escuchó para siempre

sobre todo el valle de la orquesta infinitesimal.

 

A millones de luces, años,

como enjambre de burbujas y vocecillas,

a millones de campanas extrasensoriales,

a millones de segundos por suspiro,

a millones de lenguas, se escuchó, clarito,

como el suicidio de una gota en verano,

sobre todo el valle de la orquesta infinitesimal.

 

¿Pero quién?

 

Tembló de una vez y para siempre

la lengua de la belleza y el misterio

en el baile de los amantes enmascarados,

en la danza de los espirales vocálicos,

los mismos de la sinrazón.

 

¿Pero quién?

 

Vibró y tembló,

la lengua recogió sus átomos y los expulsó

carnificados en un sólo gran grito entrelazado con la palabra,

la voz y la calma,

agónicos polifonemas de la savia y el veneno.

 

Como un gemido, ¡ay!

como una clavada, ¡ay!

como un encuentro, ¡ay!

como un morfema, ¡ay!

eso fue lo que rodó por el inmenso Valle de la Flor,

esa fue la semilla del Canto,

porque eso fue lo que se dijo, un sonido,

una radiación espontánea,

un aletazo húmedo y blando.

 

Cerníase el Grito sobre la carne del mundo,

en el sentido extenso, cerníase,

cuando el barro se cocía a convulsiones,

en el instante que Illimani y Cotopaxi bailaban,

sus lenguas de fuego, sus destellos, bailaban

y temblaban, como truenos,

bailaban y temblaban,

temblaban y bailaban, quemándose

en el sentido extenso

                                                            y gritaban

 

como una grieta

no en latín, no en inglés,

no,

nada de eso fue en el principio del rayo,

no fue eso lo que se dijeron de corazón,

no,

sólo gritaban humeantes, ¡ay!,

al unísono de los timbales de la irracionalidad,

despertando al Valle,

cerníanse y gritaban,

gritaban y bailaban,

se quemaban con sus lenguas de fuego,

en el ombligo,

¡así!, ¡así!

¡ay!, ¡ay!

como las olas en la arena de la Flor y el Canto

¡así!

sin más, allí, justo después

las lenguas se frotaron como la ciencia con la realidad

 

                                                            y la chispa fue la palabra,

 

un grito,

ni un verbo ni un sujeto ni un predicado

no fue complemento alguno,

justito después del desgarro,

en el ininteligible lapso del deseo y la agonía

se derramó por las laderas del silencio

el tierno tono de vida y esperanza,

Baile y Grito,

Grito y Ritmo,

Ritmo y Melodía,

¡Música!, ¡Música!, ¡Música...!

 

Fueron las alturas de piedra y hueso las que se ciñeron,

quemándose para siempre en la semántica del Grito.

 

No fue dólar o phone,

madre o vos,

no,

fue sólo un inmenso grito que abrió la tierra

justo antes de hacerse verbo,

beso a beso, después del temblor,

nació el lenguaje,

 

mudo barro de agua y roca

 

para siempre entre nosotros,

cerámica de la nota falsa

y del Canto.

¡Nosotros!,

¡Nosotros!,

 ¡Nosotros...!

 Suena bien.