Ritmo

(de Canto Al Canto, 2ª parte)

Roberto Viereck Salinas


 

En el principio fue el ritmo.

 

En ese instante diminuto, extrainfinitesimal,

vacuo, silencioso y bello,

en ese momento,

entonces,

ahí,

en el Nunca,

en el Donde,

en el Siempre,

en el Cuando,

no fueron las grandes explosiones de hidrógeno,

nitrógeno,

helio,

azufre

u oxígeno,

que después serían el óvulo y el semen,

la vida y la muerte,

la luz y la sombra,

el amor y el odio,

no,

no fueron las condensadas y extrarradiales explosiones

de sexo o mentira,

ni las células benignas,

ni las esporas,

ni las amebas,

ni los reptiles,

ni los primeros coitos unicelulares,

ni las separaciones pluricelulares,

ni la resiliencia de la tierra,

ni la muerte de los dinosaurios,

no fueron ellos, en ese breve momento

(esta palabra todavía es larga)

no fueron definitivamente,

ni los cósmicos inimaginables Bigs,

ni los incalculables Bangs,

ni todo lo que pensó Parménides,

ni Heráclito, ni Pitágoras,

ni todo lo que cabe en los inmensos libros del Alma occidental,

no,

antes fue todo turbio y negro,

tan oscuro que era imposible vislumbrar

el instante preciso, exacto, exactísimo

del surgimiento de lo primero, lo primerísimo,

aquello que sólo los que tienen la certeza de lo inexacto,

los que poseen el talento para equivocarse,

el desparpajo de errar estentóreamente ante el público,

la desfachatez de la sabia ignorancia,

aquello que sólo ellos pueden

capturar con la sabiduría de sin sentido aparente:

 

La verdadera historia, la mismísima que contaron los ríos,

la de sus cauces que son apenas la superficie de sus lechos,

el comienzo de los viajes,

esos ires y venires de los cantos y los sentimientos,

los relatos y las consejas,

donde el niño acuesta su alma sincera y escucha la música del agua.

 

Río arriba, río abajo,

las verdaderas historias se cuentan y naufragan como botes de ensueños,

entre caimanes y carnívoros helechos van contra la razón

fragmentada en su excesivo desuso.

 

Van subiendo las verdaderas historias, los relatos

iluminados por antorchas de ensueños

que son los ojos de los niños,

los vírgenes cerebros de oxígeno,

azufre,

nitrógeno

e hidrógeno.

 

Y así, como el oxígeno, las historias verdaderas del pueblo,

                                                                                                ascienden

descienden,

porque así fue en el principio, porque así lo contaron nuestros padres

y los padres de nuestros padres, así lo contaron ellos,

porque así es la verdad, un bote río arriba,

libre como el aire de las venas de los lagos hasta los corazones,

quiero decir, el niño en los cuatro sentidos de la palabra,

porque cuatro son los vientos y cuatro los lugares

y en el centro, el corazón, exactamente en el preciso lugar donde se duerme el

 

Niño.

 

Allí,

en el Donde y el Cuando,

en el infinitesimal sentimiento,

en el puntual instante en que Todo era Nada y Nada

era Algo.

 

Allí,

no fueron las ecuaciones diferenciales

las que hicieron el Mundo,

ni los gráficos trigonométricos, ni los cuantos,

ni los electrones, ni los protones,

ellos no despertaron al Niño que dormía en el centro,

donde el universo deseaba ser.

 

Sus libros no lo despertaron,

sus gráficas no podían latir.

 

UN-dos, UN-dos, UN-dos...

 

Desde el infinito hacia el infinito,

estornudó su llanto

y así fueron las estrellas

y todo lo demás que se ve y lo que no,

porque el Niño era ciego de un ojo y por este veía todo lo que no se ve,

lo invisible, lo pequeñísimo, lo insignificante, lo verdadero:

 

Una montaña, por ejemplo

un adiós con la manito cerrada,

un beso sin labios,

un terremoto de ganas de hacer el amor.

 

Así lloró el Niño la primera vez,

cuando dormía, ni vivo ni muerto.

 

 

En el principio fue el Ritmo,

un Ritmo constante de los sordos sonidos

que invitan a subir por los acantilados del Alma americana.

 

En el principio fue el latido de un diminuto corazón

 

... tambores lejanos.

 

En el principio quiso ser la Melodía,

pero se unieron los pechos con las Flores,

en el principio quisieron ser los acordes,

pero ya estaba en marcha la vida,

los violines fueron tardíos, los laúdes apenas un intento,

los tambores se acercaron a ese pulso,

el Ritmo mexicano del infierno.

 

En el principio fueron los niños,

pero no ellos,

 

 sus corazones.