| Diciembre 2002 |
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CONVIVIO
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El mundo narrativo de Javier Marías es uno de los proyectos novelísticos más singulares del idioma, con una poética trabajada en una clave absolutamente original. Tal como uno puede reconocer la poética que anima las novelas de Bernhard, Nabokov o Rulfo, en el caso de Marías estamos ante una voz personal, distintiva, que llega, con Tu rostro mañana, a un nuevo derrotero. Esta nueva novela tiene mucho que ver con los procedimientos narrativos de Negra espalda del tiempo, una obra sobre cómo se gestan las historias, cuáles son sus consecuencias y en qué medida lo que decimos nos condena o nos absuelve. El tema reaparece en Tu rostro mañana, donde todo sujeto que habla puede ser condenado por sus palabras. Recordé al leer estanovela el aforismo de Karl Kraus: "Quien calla una palabra es su dueño, quien la pronuncia es su esclavo". Decir las cosas acarrea consecuencias. En algún pasaje de Tu rostro mañana Marías reflexiona sobre la fórmula jurídica estadounidense que anuncia a un detenido que todo lo que diga podrá ser usado en su contra. Me parece una coincidencia venturosa que estemos precisamente en el Colegio de Abogados. Ya se verá si nuestras palabras nos condenan o nos absuelven. Quizá, utilizando otra forma jurídica que sirvió a Octavio Paz, podríamos decir que hablamos en libertad bajo palabra. Dentro
de los temas de Tu rostro mañana destaco de entrada las
condiciones morales y psicológicas del espionaje. El protagonista, que
se llama Jaime o Jacques o Jacobo, tiene la capacidad de "traducir
personas": puede descubrir en qué se van a convertir sus
interlocutores, leer su destino inmediato, reconocer el rostro que habrán
de tener a la mañana siguiente. La novela recrea el mundo del espionaje
y la delación, sobre todo en su vertiente intelectual, en la profunda
relación que tuvo con la academia de Oxford y Cambridge, con el trabajo
de espionaje y contraespionaje. También recupera delaciones en la
Guerra Civil Española y campañas de la Inglaterra en guerra para
evitar lo que se llamaba el careless talk, las conversaciones
que, por descuido, podían revelar secretos. Todo ello lleva a una honda
reflexión sobre las consecuencias de lo que escribimos y sobre el valor
de las historias. La novela retoma elementos de Negra espalda del
tiempo, recupera el pulso narrativo de Corazón tan blanco o Mañana
en la batalla piensa en mí y personajes de Todas las almas,
de modo que estamos ante una obra renovadora que al mismo tiempo
incorpora una trayectoria de conjunto. Me atrevo a decir que otorga
nueva coherencia, o coherencia retrospectiva, a libros que ya conocíamos. Aspiro a que la estructura temporal de la novela sea sencilla para el lector; no creo que se pierda nunca. Para el autor es un poco de locos. Buena parte de las casi quinientas páginas que han salido impresas transcurren a lo largo de día y medio de un fin de semana. De hecho, cuando termina este primer volumen no ha concluido todavía siquiera ese fin de semana. La novela empieza un sábado, en una cena fría que da un antiguo profesor de Oxford, viejo amigo del narrador, y cuando termina este primer volumen estamos apenas en el domingo por la mañana, cuando la señora que cuida la casa los llama para el almuerzo. Este fin de semana todavía va a continuar en la segunda parte. Sin embargo, hay una serie de episodios que se van intercalando y que cronológicamente son posteriores. Como particularidad, aunque no es algo que importe mucho, he reparado en que realmente el narrador escribe desde el futuro. Es tremendo. Cuenta un periodo de su vida que da, por así decirlo, por concluido y, al mismo tiempo, la acción propiamente dicha hace alusión a las Torres Gemelas o al golpe de abril contra Hugo Chávez, y esto es de 2002, por lo que él se tiene que situar después, en el año 2003 o 2004. No sé exactamente cuándo, pero después. Es una
estructura que yo controlo hasta cierto punto y hasta cierto punto no.
He hablado ya de cierto desorden en la medida en que improviso mucho. No
es verdad que escriba a ver qué sale, o sí, un poco sí lo hago, pero
no hasta el punto de no saber hacia dónde voy. A veces he recordado esa
imagen de los escritores que trabajan con mapa; es decir, que saben de
antemano cuántos capítulos va a haber, cuántos personajes, qué le
pasa a cada uno de ellos, cuándo y quién va a morir, quién no. Saben
el camino que tienen que recorrer y en el mapa encontrarán dónde están
los ríos, los desiertos, etcétera. Ése no es mi caso, me aburriría
mucho si así fuera. Tendría la sensación de que redactaba solamente y
el proceso de averiguación, entendido como el proceso de la historia,
carecería de interés: si conozco la historia desde el principio, ¿para
qué voy a escribirla? Yo trabajo más bien con brújula. Eso no quiere
decir que uno no sepa a dónde va, porque la brújula justamente nos lo
indica, pero lo que no se sabe es cuándo se va a encontrar uno con los
ríos, con los desfiladeros, o si no va a haber siquiera ríos,
desfiladeros, etcétera. Todavía me sorprenden mucho —en parte los
envidio y en parte los compadezco— los colegas que dicen que los
personajes se les rebelan, que cobran vida propia. Yo digo: "¡Esto
no puede ser, son entes de ficción!" No me puedo imaginar un
personaje que haya inventado diciendo: "Pues me quedo unas páginas
más y te jodes, Marías". Esto a mí no me pasa. A ti, Juan, como
novelista, ¿se te rebelan los personajes? En El
hombre que fue jueves Chesterton dice que el mejor disfraz para un
terrorista o un anarquista consiste en disfrazarse justamente de
terrorista o anarquista. Estaba tentado a preguntarte si has sido, eres
o serás espía. Pero el riesgo es que si me dices que sí puede ser una
estrategia para que creamos que no. En la novela hay una indagación muy
detallada de ese mundo y tu formación coincide con la de muchos espías. JV: ¿Y cómo eran los espías de
Oxford? El de Nin es un caso paradójico en relación a los temas o ecos del libro, esas frases o ecos que van apareciendo a lo largo de mis novelas, que dicen: "Calla, calla y entonces sálvate", y también está en relación con la primera frase de la novela: "No debería uno contar nunca nada...". En su caso no fue así, y es que aunque hubiera hablado tampoco se habría salvado. Comentábamos antes que en la novela hay una alusión a la Fórmula Miranda, esa fórmula jurídica que hemos visto mil veces en las películas y que dice a todos los detenidos que uno tiene derecho a guardar silencio y que todo lo que usted diga podrá ser usado en su contra. Es una fórmula curiosa, si uno se detiene a pensarla, porque se le advierte al detenido que lo mejor para él será precisamente callarse. Es mejor que no diga nada antes de empezar a decir: "Oiga, yo no he sido". Cállese como forma de salvación, porque vamos por usted y cuanto diga, si comete un desliz, si se contradice, eso será utilizado. Si uno calla, nada podrá ser utilizado. Eso se une a la idea de que callando uno se salva. En el caso de Nin no fue así, pero sí fue muy llamativo —y heroico— que callara hasta ese punto. Existe
además una curiosa relación entre Nin y Fleming. En la novela Desde
Rusia con amor aparece un personaje, Rosa Klebb, que en la película
encarna Lotte Lenya, una mujer terrible que al final de la película, y
de la novela, hace salir de sus zapatos unas cuchillas envenenadas con
las que intenta patear a James Bond, representado por Sean Connery. Éste,
claro, encuentra la manera de evitarlo, manteniéndola a distancia con
una silla, como si se tratara de un león. Entre paréntesis diré que
la descripción de este personaje femenino es literariamente muy buena,
con lo cual Ian Fleming, que siempre ha sido desdeñado como escritor,
no debe ser tan desdeñable. Pues de esta mujer se dice que estuvo en la
Guerra Civil Española, que fue amante de Nin y que podía haber sido la
que lo denunciara. A veces son creídos por unos días, pero otras veces duran toda la vida. Pensemos en la santificación de Escrivá de Balaguer. Es inverosímil, claro, para los españoles de cierta edad que le hemos visto y escuchado. Seamos creyentes o no creyentes, estamos dispuestos a creer que San Francisco era un santo, por las fieras y todo ello. En principio, uno está dispuesto a creer en la mayoría de los santos antiguos; por ejemplo, en la pobre de Santa Úrsula, a la que cortaron los pechos. Pero ahora la canonización de Escrivá afecta a la de San Francisco y a las de todos los demás, pues quién nos dice que San Francisco no era exactamente igual a San José María. Al nivelarlos, el desprestigio que ha caído sobre todos los santos es enorme. Pero es que a quién se le ocurre. Habría que esperar un siglo o dos antes de hacer esto, cuando ya nadie se acuerde de este hombre. Escrivá incluso salía en televisión, dando pequeñas charlas a favor del dolor... Y, sin embargo, hay muchísima gente que cree en su santidad. Todo tiene su tiempo para ser creído, incluso lo que no ha ocurrido. En la novela hablo de esa especie de desazón que nos produce que algo inexistente, irreal, se narre como algo real. Porque es muy difícil que eso desaparezca. Sucede en la prensa todo el rato. Aparece una noticia llamativa, la leemos y nos la creemos. Si unos días después se nos dice que no era verdad, y sabemos que fue una invención, es extremadamente difícil que borremos la historia primera. Esto me recuerda una película de Otto Preminger, Anatomía de un asesinato. En una escena James Stewart, en el papel de abogado, hace un interrogatorio muy sesgado contra un testigo, se salta constantemente las normas y el juez le llama la atención varias veces. Las protestas del abogado rival son siempre admitidas, pero Stewart insiste en ese tenor y, en un momento dado, el juez, harto, pide al jurado que deseche todo lo dicho por el abogado en el interrogatorio del testigo. Entonces un personaje pregunta cómo puede el jurado no tener en cuenta lo que ha oído, y Stewart le contesta: "Es que no puede", y es por eso que lo ha estado diciendo. Aunque luego haya quedado desautorizado, da lo mismo, la gente no puede ignorar lo que ha oído. Eso crea una especie de desazón: hasta qué punto todo lo que se dice, sea falso, sea calumnioso, sea mentira, permanece y es imposible de anular.JV: En la novela hay retratos que no son tan conjeturales ni especulativos; por ejemplo, el irónico retrato de un diplomático español en Londres, un impresentable de quien difícilmente pensaríamos que pudiera tener rostros distintos al día siguiente. JM: Cuando hay españoles en el extranjero, por el simple hecho de ser del mismo país, se produce una especie de confianzudismo entre la gente. De repente te encuentras siendo amigo de una persona a la que en tu ciudad probablemente no habrías ni saludado. Hay
diplomáticos menores, y a menudo no sólo menores, que aprovechando que
pueden hablar en español un rato se desahogan y sueltan blasfemias
espantosas. Hay una frase real que no pude evitar reproducir
literalmente. Me la dijo un diplomático español hace dieciocho años y
no he logrado olvidarla, del impacto que me causó. La frase dice:
"Todas las mujeres son unas putas, y las más guapas, las españolas".
Seguramente este diplomático llegará a ministro. Este grupo se crea en Londres en un momento en que había el mayor temor a los quintacolumnistas, a los espías, a los agentes dobles, a los agentes infiltrados. Durante la guerra, todo el tiempo saltaban en paracaídas al suelo británico espías alemanes que tenían sus cómplices en el país. Y la gente de este grupo de interpretaciones se usaba para desenmascarar a estos personajes. O para saber si un nuevo recluta sería capaz de matar o estaría dispuesto a morir por tal causa. En este trabajo hay un elemento de apuesta, pero, en cualquier caso, se trata de interpretaciones más bien narrativas. Los novelistas hacen un poco esto: anticipan una historia. |
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