| A L I E N S |
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ES
PRIMAVERA Y EN LAS TERRAZAS DEL IMPERIO SE SIRVEN TALLARINES de tres
colores y se respiran fragantes capuchinos. En estas zonas del placer
controlado, donde el humo de un cigarrillo podría activar una alarma
nuclear, el vino goza de buena reputación. Los norteamericanos
requieren de certificados médicos para sus placeres y los análisis
recientes han caído a favor de los sibaritas: la uva espirituosa regula
la presión sanguínea. El lector promedio de Estados Unidos dedica más
tiempo a las etiquetas de los alimentos que a las revistas o los còmics;
sin embargo, los consejos sanitarios no siempre están ahí para
acatarse. La ideología de la salud también sirve para tranquilizar sin
alterar hábitos: "al menos sé de qué me voy a morir". Hay
tantas variantes de la autodestrucción que las Hojuelas de Chernobyl se
venderían bien si sus efectos letales estuvieran perfectamente
descritos en el envase.
La intención de Estados Unidos de ponerle
candado a la frontera es noticia incluso en México D.F., una ciudad
abismada en sí misma que la caseta de cobro a Cuernavaca ya califica
como "frontera".
Cuando llegué a Tijuana, una profesora del Colegio de la Frontera
Norte, me hizo ver que el centralismo se nota hasta en los reportes
meteorológicos: "el locutor señala puros lugares del centro y
tapa con su cabeza la península de Baja California, y aquí sí es
importante saber cómo va a
estar el clima".
Aunque los chicanos son una presa menor, el gobierno de Clinton ha
lanzado bravatas contra los inmigrantes del país del guacamole. En el
Senado, el viento ha soplado en la misma dirección: el dos de mayo de
1996, el Acta de Inmigración y Responsabilidad Financiera , que
endurece las relaciones de los indocumentados, se aprobó por 97 votos
contra 3. Para mostrar su preocupación por la ola cobriza que invade
sus sótanos, los republicanos celebraron su convención en San Diego,
una de las ciudades fronterizas más conservadoras, donde las casas
miran hacia un mar surcado por la flota de guerra.
Unos kilómetros abajo, en Tijuana, el espacio se rige por el imperativo
opuesto: la ciudad mira hacia Estados Unidos y casi roza
sus alambradas. Del lado de México, la frontera es llamada
"la línea" como si fuese una demarcación imaginaria.
México y los Estados Unidos comparten la frontera más activa del
mundo. En 1991, sólo en la Garita de Otay, que enlaza Tijuana con San
Diego, 65.5 millones pasaron legalmente.
Cerca de ahí, en la Garita de San Isidro, todos los días cruzan 40 mil
coches. Es imposible conocer el número exacto de ilegales que logran
llegar al otro lado; sólo se sabe cuántos son detenidos: 1.700 al día
en el área de San Diego.
Las garitas de Tijuana son un inmenso taller de artesanía sincrética,
el único sitio de
Occidente donde un Bart Simpson de yeso se considera decorativo. También
hay Power Rangers, Batmans, Pocahontas y Aladinos. De acuerdo con los
estrenos de Hollywood, ahora se preparan los personajes de Mulan.
Cada estatua de yeso mide unos cincuenta centímetros y el acabado
garantiza que sea horrenda e inútil. Como es de suponerse, tienen mucho
éxito.
Del lado norteamericano, un anuncio delata la naturaleza del comercio
entre los dos países: Herpes? Call 800 336 cure.
A las once de la mañana (o a cualquier hora) los tugurios de la calle
Coahuila presentan el streptease
de una enana, de una giganta o de un rebaño de coreanas. Además
de sexo, Tijuana ofrece corridas de toros, carreras de galgos, dentistas
baratos y medicinas (las píldoras rigurosamente vigiladas se consiguen
sin receta).
Según el escritor Daniel Sada, la verdadera cultura que une a Mexamérica
es la comida china. No es de extrañar que en las noches de la frontera
ardan ideogramas de neón.
Lo que sí parece ser una patente tijuanense es el uso de la llanta como
método de construcción. En las colinas de tierra, un sinfín de casas
se alza sobre pilares de llantas, a la manera de palafitos. Los neumáticos
sirven de elástico soporte en un suelo frecuentemente visitado por
temblores.
Cerca de "la línea", la llanta se vuelve un objeto
omnipresente (en bardas, columpios, parches para rellenar grietas en los
muros). En una ciudad que no ha perdido su aire provisional, de
refugio para nómadas, no es de extrañar que el emblema del movimiento
se ha vuelto sedentario.
"Que chingue a su madre el gobierno!" grita un hombre joven y
fornido; lleva una camiseta negra, con el emblema gótico de un grupo de
rock: "lo que necesitamos es otro Pancho Villa". Hace una
pausa para patear piedras. "A ver, ¿a ustedes les parece justo que
me den tiempo por pedir
dinero? ¡Que me lo den por robar, pero no por pedir! ¡Son chingaderas!".
La policía mexicana lo detuvo hace poco, por mendigar en las cercanías
de La Casa del Inmigrante. Los demás lo miran de reojo y sonríen;
parecen un poco hartos de sus protestas. "Lo que se necesita es
justicia y democracia", dice un anciano. "Y un pinche rifle pa
matar a esos cabrones. ¡una revolución me cae de madre!", agrega
el rijoso. Me pregunto cómo harán los ancianos para saltar la barda y
correr, pero ellos no parecen preocupados. Es peor seguir de este lado.
Todos vienen de lugares lejanos: Zacatecas, Morelos, Aguascalientes. En
las noches chupan naranjas con tequila para darse calor, y se cubren con
cartones.
—Al
despertar tenemos que quemar los cartones– me muestran las cenizas de
la última noche.
—¿Por qué?–.
—Es la ley.
Mexamérica es un territorio con códigos propios. Algunos ya conocen a
los policías que los detendrán del otro lado. "Soy cubano. Vengo
por asilo político" es una broma recurrente con los oficiales de
la migra.
La política de rechazo de los Estados Unidos es responsable de una
red de viajes clandestina, tan organizada y costosa como el turismo a
Cancún; por 700 dólares, un pollero te
lleva hasta San Francisco sin pasaporte. Obviamente, para la mayoría de
los migrantes esto equivale a rentar una limusina. La frontera es uno de
los grandes absurdos del planeta: del otro lado hay trabajos
disponibles, pero la mano de obra debe superar ritos de iniciación que
dejarían satisfecha a la tribu más estricta.
El gobierno norteamericano sabe que los mexicanos seguirán pasando: los
obstáculos sólo sirven para endurecer el rostro del cowboy
que controla a sus reses. Clinton se ha servido del acoso a los
aliens porque en buena medida
depende del voto racista (incluido el de los chicanos que ya tienen sus
papeles en regla y no quieren competencia). Por su parte, el gobierno
mexicano ha aprovechado el hostigamiento para cumplir en su política
exterior lo que no puede hacer en México. No hay duda de que somos las
víctimas del melodrama fronterizo, y las vejaciones brindan al gobierno
una agenda compensatoria: la defensa simbólica de los paisanos que
tuvieron medios de vida en nuestro país. El villano es real, pero el
problema sólo se ataja en forma retórica: la
Secretaría de Relaciones Exteriores llora las pérdidas de un país
que vio caer a seis Niños Héroes y que se dividió a la manera de una
pizza: la mitad sin jalapeños fue a dar a los Estados Unidos. Aquella
tierra yerma hoy es el emporio donde los mexicanos trabajan como
sirvientes de los chinos, los coreanos y, en el mejor de los casos, los
norteamericanos. Cada nueva ofensa (como la Propuesta 187 del gobernador
Pete Wilson, que privó de todo derecho a los trabajadores ilegales) es
una oportunidad de enhebrar el rosario de atropellos y demostrar que el
gobierno azteca se preocupa por los suyos, sobre todo cuando están
lejos. Los datos incómodos (por ejemplo, que los inmigrantes no
consiguen trabajo en su tierra), se olvidan para mejor ocasión; lo
importante, desde la perspectiva de Los Pinos, es que la política de
segregación de los Estados Unidos permite que el mismo gobierno que
recorta el gasto social y desprecia las demandas de los desempleados, se
convierta en el vengador que vela por ellos más allá del Río Bravo.
Los mexicanos asfixiados en un vagón de carga, los huesos descubiertos
en un breñal, las declaraciones de xenofobia de la policía de Los
Angeles, hacen que un país que no se ha caracterizado por su
alternancia democrática proteste en nombre de la tolerancia. La cultura
también desempeña una función estratégica en esta diplomacia del
chantaje: "ellos" ponen el letrero de no
molestar mientras "nosotros" les enviamos el mejor
room service, arte a domicilio, como
la exposición olmeca en Washington o nuestros treinta siglos de
esplendor en Nueva York.
Mientras se bebe el vino de mayo en las terrazas de los Estados Unidos,
los mexicanos recogen uvas en el Valle de Napa. No muy lejos, en algún
sótano de Hollywood, los carteles de propaganda de la película Alien
conservan su mensaje fosforescente: "en el espacio exterior
nadie puede oír tu grito". ....................................... Juan
Villoro. Narrador
y traductor mexicano. |
Encontrado en: http://www.revistaimagenven.com/Revista%201%2034/ALIENS.htm