A L I E N S

ES PRIMAVERA Y EN LAS TERRAZAS DEL IMPERIO SE SIRVEN TALLARINES de tres colores y se respiran fragantes capuchinos. En estas zonas del placer controlado, donde el humo de un cigarrillo podría activar una alarma nuclear, el vino goza de buena reputación. Los norteamericanos requieren de certificados médicos para sus placeres y los análisis recientes han caído a favor de los sibaritas: la uva espirituosa regula la presión sanguínea. El lector promedio de Estados Unidos dedica más tiempo a las etiquetas de los alimentos que a las revistas o los còmics; sin embargo, los consejos sanitarios no siempre están ahí para acatarse. La ideología de la salud también sirve para tranquilizar sin alterar hábitos: "al menos sé de qué me voy a morir". Hay tantas variantes de la autodestrucción que las Hojuelas de Chernobyl se venderían bien si sus efectos letales estuvieran perfectamente descritos en el envase.
      Cada botella de vino de California  está historiada de atributos gastronómicos; sin embargo no hay información alguna sobre el trabajo que costó producirla. Quien sostiene una copa con tinto de Napa Valley, ignora la aventura de las manos que pizcaron las uvas.
      Todo empieza en el ardiente desierto mexicano, más allá del muro de metal que el gobierno norteamericano construyó con desechos de la guerra del Golfo Pérsico.
      La barda es lo primero que se ve cuando el avión aterriza en el aeropuerto de Tijuana. Como sistema de control resulta bastante absurda; tiene hendiduras que sirven de escalones y no es muy alta. Wade Graham, de la revista Harper's, ha comparado esta falsa muralla con las instalaciones de Christo. En efecto, el dispositivo de la frontera obedece más a un propósito simbólico que a uno aduanal; las vallas que sirvieron de pistas de aterrizaje en la tormenta del desierto cumplen una función de propaganda: "el paisaje no es feo por casualidad: estamos dispuestos a detenerlos".

       La intención de Estados Unidos de ponerle candado a la frontera es noticia incluso en México D.F., una ciudad abismada en sí misma que la caseta de cobro a Cuernavaca ya califica como "frontera".

       Cuando llegué a Tijuana, una profesora del Colegio de la Frontera Norte, me hizo ver que el centralismo se nota hasta en los reportes meteorológicos: "el locutor señala puros lugares del centro y tapa con su cabeza la península de Baja California, y aquí sí es importante saber cómo va   a estar el clima".
       Pero no sólo el Hombre del Tiempo pone su cabeza en la frontera. En su segunda campaña electoral, Bill Clinton necesitó enemigos fáciles para lucir su musculatura y no vaciló en acorralar a los "hispanos" rebautizados con el nombre de la  bestia que causó estropicios en el espacio exterior: aliens. El presidente ha demostrado estar sexualmente activo, pero la silenciosa mayoría de los Estados Unidos reclama otra clase de proezas físicas. Por más que se filme corriendo en la pista que rodea la Casa Blanca, sigue siendo el regordete rosado e indeciso que uno escogería para cargar las bolsas del supermercado.
     A Clinton le urge la fama de duro que le sobró a Reagan. Cuando prometió que aplazaba el bombardeo hasta que concluyeran las Olimpíadas de invierno en Nagano no lo hizo por respeto al espíritu de competencia pacífica, sino porque la   segunda tormenta del desierto no hubiera tenido la misma cobertura que la primera, y ya sabemos que la guerra de fin de milenio es algo que ocurre en la pantalla y eleva el rating de los ganadores.

       Aunque los chicanos son una presa menor, el gobierno de Clinton ha lanzado bravatas contra los inmigrantes del país del guacamole. En el Senado, el viento ha soplado en la misma dirección: el dos de mayo de 1996, el Acta de Inmigración y Responsabilidad Financiera , que endurece las relaciones de los indocumentados, se aprobó por 97 votos contra 3. Para mostrar su preocupación por la ola cobriza que invade sus sótanos, los republicanos celebraron su convención en San Diego, una de las ciudades fronterizas más conservadoras, donde las casas miran hacia un mar surcado por la flota de guerra.

      Unos kilómetros abajo, en Tijuana, el espacio se rige por el imperativo opuesto: la ciudad mira hacia Estados Unidos y casi roza  sus alambradas. Del lado de México, la frontera es llamada "la línea" como si fuese una demarcación imaginaria.

      México y los Estados Unidos comparten la frontera más activa del mundo. En 1991, sólo en la Garita de Otay, que enlaza Tijuana con San Diego, 65.5 millones pasaron legalmente.

      Cerca de ahí, en la Garita de San Isidro, todos los días cruzan 40 mil coches. Es imposible conocer el número exacto de ilegales que logran llegar al otro lado; sólo se sabe cuántos son detenidos: 1.700 al día en el área de San Diego.

      Las garitas de Tijuana son un inmenso taller de artesanía sincrética, el  único sitio de Occidente donde un Bart Simpson de yeso se considera decorativo. También hay Power Rangers, Batmans, Pocahontas y Aladinos. De acuerdo con los estrenos de Hollywood, ahora se preparan los personajes de Mulan. Cada estatua de yeso mide unos cincuenta centímetros y el acabado garantiza que sea horrenda e inútil. Como es de suponerse, tienen mucho éxito.

      Del lado norteamericano, un anuncio delata la naturaleza del comercio entre los dos países: Herpes? Call 800 336 cure. A las once de la mañana (o a cualquier hora) los tugurios de la calle Coahuila presentan el streptease de una enana, de una giganta o de un rebaño de coreanas. Además de sexo, Tijuana ofrece corridas de toros, carreras de galgos, dentistas baratos y medicinas (las píldoras rigurosamente vigiladas se consiguen sin receta).

      Según el escritor Daniel Sada, la verdadera cultura que une a Mexamérica es la comida china. No es de extrañar que en las noches de la frontera ardan ideogramas de neón.

      Lo que sí parece ser una patente tijuanense es el uso de la llanta como método de construcción. En las colinas de tierra, un sinfín de casas se alza sobre pilares de llantas, a la manera de palafitos. Los neumáticos sirven de elástico soporte en un suelo frecuentemente visitado por temblores.

      Cerca de "la línea", la llanta se vuelve un objeto omnipresente (en bardas, columpios, parches para rellenar grietas en los muros).  En una ciudad que no ha perdido su aire provisional, de refugio para nómadas, no es de extrañar que el emblema del movimiento se ha vuelto sedentario. 
     
En las inmediaciones de las garitas están las casetas blancas donde se fraguan los Batmans de yeso. A la intemperie, destacan otra clase de figuras, hombres en espera de la ocasión propicia, inmóviles, en cuclillas (la postura es una comprobación racial de la miseria: ningún paisano con sangre española puede "descansar" así). Muchos de ellos ya han pasado varias veces  y se dan ánimos contando historias. "Tengo a tres hijos del otro lado, ya tenía trabajo pero vine a Oaxaca por el más chico", me dijo un hombre de unos cincuenta años, con gorra de beisbolista y zapatos tenis, la ropa habitual de los que cruzan. Pensé que sería difícil conversar con ellos pero en esta ribera del río, antes de ser buscados como aliens por los fanales de los helicópteros, los indocumentados hablan sin parar. La frontera es una vasta operación narrativa; los relatos prueban que atravesar la cerca es posible, que Rubén y Carmen y Chucho y Ramona ya trabajan en la fresa y en la uva, que los conocidos burlaron la vigilancia de los aviones mosquito y el  ojo de tigre, un aparato equipado con sensores de calor. También abundan los alardes negativos: "a mí me han rebotado más de treinta veces". La solución es insistir, porque a fin de cuentas la marea es incontenible. Cuando una patrulla de la migra encuentra a una multitud, a lo más puede detener a unos veinte. Si te regresan a México, hay que aguantar el hambre, la canícula del desierto, el frío que cala hondo en el alma, y volver a tratar. Del otro lado, a veinte minutos de caminata, los taxis amarillos esperan a los que cruzan, coches rápidos dispuestos a tomar la autopista Interestatal 5, la dorada ruta del trabajo.

      "Que chingue a su madre el gobierno!" grita un hombre joven y fornido; lleva una camiseta negra, con el emblema gótico de un grupo de rock: "lo que necesitamos es otro Pancho Villa". Hace una pausa para patear piedras. "A ver, ¿a ustedes les parece justo que me den tiempo por pedir dinero? ¡Que me lo den por robar, pero no por pedir! ¡Son chingaderas!". La policía mexicana lo detuvo hace poco, por mendigar en las cercanías de La Casa del Inmigrante. Los demás lo miran de reojo y sonríen; parecen un poco hartos de sus protestas. "Lo que se necesita es justicia y democracia", dice un anciano. "Y un pinche rifle pa matar a esos cabrones. ¡una revolución me cae de madre!", agrega el rijoso. Me pregunto cómo harán los ancianos para saltar la barda y correr, pero ellos no parecen preocupados. Es peor seguir de este lado. Todos vienen de lugares lejanos: Zacatecas, Morelos, Aguascalientes. En las noches chupan naranjas con tequila para darse calor, y se cubren con cartones.

      —Al despertar tenemos que quemar los cartones– me muestran las cenizas de la última noche.

      —¿Por qué?–.

      —Es la ley.

      Mexamérica es un territorio con códigos propios. Algunos ya conocen a los policías que los detendrán del otro lado. "Soy cubano. Vengo por asilo político" es una broma recurrente con los oficiales de la migra. La política de rechazo de los Estados Unidos es responsable de una red de viajes clandestina, tan organizada y costosa como el turismo a Cancún; por 700 dólares, un pollero te lleva hasta San Francisco sin pasaporte. Obviamente, para la mayoría de los migrantes esto equivale a rentar una limusina. La frontera es uno de los grandes absurdos del planeta: del otro lado hay trabajos disponibles, pero la mano de obra debe superar ritos de iniciación que dejarían satisfecha a la tribu más estricta.

      El gobierno norteamericano sabe que los mexicanos seguirán pasando: los obstáculos sólo sirven para endurecer el rostro del cowboy que controla a sus reses. Clinton se ha servido del acoso a los aliens porque en buena medida depende del voto racista (incluido el de los chicanos que ya tienen sus papeles en regla y no quieren competencia). Por su parte, el gobierno mexicano ha aprovechado el hostigamiento para cumplir en su política exterior lo que no puede hacer en México. No hay duda de que somos las víctimas del melodrama fronterizo, y las vejaciones brindan al gobierno una agenda compensatoria: la defensa simbólica de los paisanos que tuvieron medios de vida en nuestro país. El villano es real, pero el problema sólo se ataja en forma retórica: la  Secretaría de Relaciones Exteriores llora las pérdidas de un país que vio caer a seis Niños Héroes y que se dividió a la manera de una pizza: la mitad sin jalapeños fue a dar a los Estados Unidos. Aquella tierra yerma hoy es el emporio donde los mexicanos trabajan como sirvientes de los chinos, los coreanos y, en el mejor de los casos, los norteamericanos. Cada nueva ofensa (como la Propuesta 187 del gobernador Pete Wilson, que privó de todo derecho a los trabajadores ilegales) es una oportunidad de enhebrar el rosario de atropellos y demostrar que el gobierno azteca se preocupa por los suyos, sobre todo cuando están lejos. Los datos incómodos (por ejemplo, que los inmigrantes no consiguen trabajo en su tierra), se olvidan para mejor ocasión; lo importante, desde la perspectiva de Los Pinos, es que la política de segregación de los Estados Unidos permite que el mismo gobierno que recorta el gasto social y desprecia las demandas de los desempleados, se convierta en el vengador que vela por ellos más allá del Río Bravo. Los mexicanos asfixiados en un vagón de carga, los huesos descubiertos en un breñal, las declaraciones de xenofobia de la policía de Los Angeles, hacen que un país que no se ha caracterizado por su alternancia democrática proteste en nombre de la tolerancia. La cultura también desempeña una función estratégica en esta diplomacia del chantaje: "ellos" ponen el letrero de no molestar mientras "nosotros" les enviamos el mejor room service, arte a domicilio, como la exposición olmeca en Washington o nuestros treinta siglos de esplendor en Nueva York.

      Mientras se bebe el vino de mayo en las terrazas de los Estados Unidos, los mexicanos recogen uvas en el Valle de Napa. No muy lejos, en algún sótano de Hollywood, los carteles de propaganda de la película Alien conservan su mensaje fosforescente: "en el espacio exterior nadie puede oír tu grito".

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Juan Villoro. Narrador y traductor mexicano.

Encontrado en: http://www.revistaimagenven.com/Revista%201%2034/ALIENS.htm