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Juan
Villoro
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Días
robados: "¡A mí que me clonen!" |
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na inesperada polémica intelectual ha alterado el terso transcurrir de
la vida en Barcelona. En el prólogo a su más reciente libro de poemas,
Miquel de Palol afirma que el catalán literario "desafina" y
se somete con progresiva docilidad a las austeras normas de la televisión.
Un idioma de frases cortas y vocabulario austero. De acuerdo con Palol,
este encogimiento conlleva la pérdida de una figura retórica esencial
a la literatura, la hipotaxis, que garantiza la circulación de las
oraciones subordinadas. Los estilos de Proust, Mann o Bernhard resultan
inconcebibles en el catalán de hoy.
La situación no deja de ser paradójica:
por criticar el influjo de los medios el poeta ha tenido una insólita
repercusión mediática, una lluvia de artículos de adhesión o
rechazo, todos cuidadosamente provistos de hipotaxis.
Como apenas domino los rudimentos del
catalán estoy condenado a presenciar la polémica sin tomar partido,
pero esto no disminuye la fascinación del asunto. Es como asistir a un
torneo de escolástica donde la sutileza de la argumentación relega a
un plano inferior el motivo de la discordia.
También sorprende que tantos ánimos
puedan caldearse con el fuego de una módica estufa. Por lo visto, en
tiempos de bienestar y rebajas en los almacenes, el idioma literario
puede ser un problema agudo.
En México las discusiones no pasan por un
tamiz tan selectivo. Es posible que en nuestra vernácula adaptación de
las costumbres practiquemos el secuestro en hipotaxis, consistente en
raptar la atención del interlocutor con cláusulas que no tienen que
ver en el asunto y revelan nuestra irrenunciable tendencia al
cantinflismo, pero, la verdad sea dicha, aún no nos damos el lujo de
pelearnos por rencillas gramaticales.
Falta mucho para que la lengua se
convierta en asunto de seguridad nacional, como llamamos en México a
las cosas de interés. Y tampoco estamos para espesas polémicas por
escrito. Lo nuestro son las encuestas telefónicas, con una fundamental
disyuntiva: "¿Está usted seguro de ser hombre?"
En diciembre, dos encuestas rápidas
revelaron el gusto por lo esencial de nuestra cultura. Ambas ocurrieron
en Canal 2, sismógrafo del alma que se convierte en rating.
Confieso que no reparé en su significado ni en su vinculación profunda
hasta no ser instruido al respecto por Fabrizio Mejía Madrid, elocuente
autor de Pequeños actos de desobediencia civil. La primera
pregunta lanzada a la nación era: "¿Es usted feliz?"; la
segunda: "¿Le gustaría ser clonado?"
El resultado encierra enigmas sin fin. En
el país del relajo y la algarabía con cohetes, la felicidad perdió la
encuesta. Sería interesante precisar el grado de nuestra desdicha:
"¿Está usted... sentido, bocabajeado, ardido, chípil?" Por
el momento disponemos de una certeza empírica: los tristes son mayoría
(al menos los que expresan su esencia por teléfono).
Poco después llegó la segunda pregunta.
¿Cómo respondió un pueblo insatisfecho de sí mismo a la invitación
a ser clonado? ¡Con entusiasmo abrumador! Estar fregado no impide
duplicarse. ¿Dónde está el Kierkegaard capaz de explicar la ambigüedad
existencial de la nación que inventó el sabor múltiple y
contradictorio del chamoy? No es éste el sitio para agotar un tema de
suprema ontología. Con todo, la declarada intención de los
televidentes de repetir en otro cuerpo su melancolía invita a aventurar
algunas hipótesis. En primer lugar, hay que tomar en cuenta nuestro
gusto por la proliferación y el extraño orgullo que nos provoca que en
México hasta los pandas se reproduzcan en cautiverio. "¡Somos un
chingo y seremos más!", gritamos, como si aumentar en número
fuera intrínsecamente positivo. En cualquier convite o jolgorio, hay
una amenaza de desolación si no somos demasiados.
La pasión por alcanzar el exceso estadístico
explica en parte que queramos repetirnos aunque no nos gustemos mucho. A
esto se agrega nuestro muy autocrítico sentido de la venganza: que
surjan copias "pa' que vean lo que se siente".
Es posible que el afán de ser clonado
también derive de nuestra fascinación por las soluciones
experimentales. El mismo impulso que nos lleva a enfrentar una explosión
con un globo lleno de agua permite creer en toda clase de remedios de
feria, entrañables por precarios y accidentales. La clonación sería aún
más convincente para nosotros si en el proceso interviniera un mecate.
Por último, me atrevo a suponer que el
mejor motivo para apoyar esta expansión científica es no saber de qué
se trata. Nada nos frena tanto como la molesta información. En el rincón
de una cantina, ante el temor y el temblor existencial, un arrebato
oscuro e irreversible nos lleva a exclamar: "¡A mí que me
clonen!"
¿Hay mayor integrismo que el de un pueblo
infeliz que busca repetirse? A fin de cuentas, estamos ante una muestra
de aceptación sufrida pero contundente. Que otros pueblos se preocupen
por la situación de su hipotaxis. Nosotros, más básicos y
arriesgados, estamos mal pero queremos estarlo por partida doble. |