Chiapas: el regreso de los intocables

por Juan Villoro (México) - AUTODAFE n°2 - Otoño 2001

Cuando estudiaba el bachillerato mis primos españoles vinieron a México y los llevé al Museo de Antropología. Ante las vasijas de los primeros mexicanos, hablé de la vida anterior a la llegada de los conquistadores. Con exaltado patriotismo, recordé que los matemáticos mayas inventaron el número cero y los perfumados aztecas fueron precursores de la higiene corporal. Los soldados de fortuna llegados de Europa destruyeron una sociedad que, si bien tenía sus defectos, en mi discurso aparecía como una colectividad solidaria en la que todos bebían sabroso chocolate. De noche, los ojos de los jaguares inspiraban a los sacerdotes y las estrellas permitían que los astrónomos deletrearan el universo. Para evitar explicaciones largas, no mencioné los sacrificios humanos, la tiranía de los emperadores, las deformaciones craneales como atributo de belleza ni el sistema judicial donde la multa más baja era una mutilación. Ante una vitrina que recordaba la batalla de Otumba,1 exclamé como Caballero Águila: "¡Aquí estuvimos a punto de vencer a los españoles! Por desgracia, el enemigo capturó nuestro estandarte y las tropas se desmoralizaron." Al llegar a este punto, mis primos se rebelaron. Fui llevado a un espejo y sometido al shock del reconocimiento. ¿Veía yo reflejado a un azteca? ¿Cómo podía hablar de los españoles como invasores cuando buena parte de mi familia venía de ahí? La Conquista había sido sanguinaria, no había duda, ¿pero realmente podía hablarse de un edén mancillado por los europeos? A casi quinientos años de la gesta, ¿no era tiempo de admitir matices y reconocer que el mestizaje había ocurrido?

La escena ilustra la educación reductora que los mexicanos hemos recibido. El mundo indígena es visto como una etapa de esplendor destruida por los conquistadores. Esto permite responsabilizar a 300 hombres barbados del siglo XVI de la corrupción y el atraso que hoy vivimos. Al mismo tiempo, relega el tema indígena a una arcadia perdida. Los indios no son: fueron. Su grandeza se desplomó, ultrajada por el hierro y la pólvora. Los descendientes de quienes sembraron la tierra de maíz y el cielo de dioses, pertenecen a otra especie. No son príncipes aztecas sino descastados, limosneros de manos ennegrecidas que duermen y procrean en las calles de las ciudades.

El discurso oficial resolvió el dilema indígena con una retórica que exaltaba su pasado y desvanecía su presente. Esta estrategia permitía sentir una apropiada nostalgia por el imperio azteca y nos exime de toda responsabilidad ante los diez millones de indios que hoy sobreviven de la venta de artesanías. Un doble ocultamiento convierte a los antiguos Señores de Anáhuac en intocables: los que legaron las tradiciones han desaparecido, los que padecen el oprobio son simples pobres, no están así por ser indios, sino por carecer de buenos empleos. El relato ideológico añade otras excusas: en México no se discrimina a nadie; la prueba está en lo mucho que admiramos a quienes construyeron las pirámides hace apenas unos siglos.

El 1 de enero de 1994 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional interrumpió este teatro de simulaciones y puso el tema indígena en la agenda de la modernidad. Los intocables regresaban de modo peculiar. Si los indios antiguos se habían convertido en calaveras adornadas de jade en los museos y los actuales en estadísticas de la pobreza, los enmascarados del EZLN hacían de la invisibilidad una condición de fuerza. Esta vez, los olvidados borraban sus señas de identidad a propósito para ser oídos. Lejos de la dignidad de los hombres, reclamaban la atención de los fantasmas.

El mismo día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá, se oyó la voz de los relegados al último rincón del país, Chiapas. Mientras la clase media se aprestaba a entrar al delirio del consumo y las golosinas de importación, el EZLN recordaba el lado bronco y vejado de nuestra historia. Los sueños de pasar al "primer mundo" se desvanecieron. México tenía 14 millones de consumidores de alto nivel (los mismos que Suecia) más 50 millones de pobres (los mismos que Pakistán). Una quinta parte de esos pobres descendían de los antiguos dueños de la nación.
El subcomandante Marcos, indudable líder del movimiento, se ha referido en varias ocasiones al "espejo de la prensa" que permitió que los guerrilleros que llevaban años en la clandestinidad se vieran de otro modo. Las causas del alzamiento fueron aprobadas, pero el método escogido para hacerse oír recibió un repudio unánime. En la toma de Ocosingo murieron indígenas abrazados a rifles de palo que no podían defenderlos. ¿Qué clase de fanatismo los había llevado a ese sacrificio? Las consignas iniciales del EZLN sonaban a dialecto guevarista; en sus banderas ondeaba la estrella roja; los indígenas se presentaban como milicianos dispuestos a tomar la capital. Desde el principio llamó la atención el jefe guerrillero, de voz pausada, capaz de desviar el tráfico durante la asonada con frases irónicas: "perdonen las molestias... pero estamos organizando una rebelión". De cualquier forma, los pasamontañas, la aparente disposición al martirio y los lemas de la izquierda pura y dura resultaban inquietantes. Varios temores se apoderaron de la opinión pública: que el gobierno reprimiera a un ejército a todas luces mal armado, que entráramos en el interminable horror de las guerrillas latinoamericanas cuyo único triunfo es la perseverancia en la jungla, en condiciones más infrahumanas que las que pretenden combatir. A los pocos días, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari decretó el alto el fuego y el EZLN protagonizó una asombrosa reencarnación ideológica. El tono beligerante desapareció de su discurso y fue sustituido por una singular mezcla de lenguajes. El subcomandante Marcos urdió un tapiz original, donde unas hebras venían de los mitos prehispánicos, otras del cristianismo rebelde, otras más del realismo mágico, de la técnica de afirmar por medio de preguntas de la iglesia evangélica, de los giros coloquiales y del sentimentalismo del folletín. Con este variado arsenal, Marcos se convirtió en un proselitista de excepción. Durante siete años ha encabezado la primera guerra virtual de nuestra historia y ha podido mantener la unidad de un ejército asediado por la pobreza, la hambruna, las plagas de la selva. Los logros de Marcos dependen de la palabra; se trata de un escritor, pero sería absurdo juzgarlo sólo en función de su oficio literario; después de todo, no se levantó en armas para colaborar en el periódico La Jornada. Además, sus metáforas no pueden ser analizadas al margen de sus objetivos: la poesía emotiva suele encandilar a las multitudes con mayor poderío que la innovación literaria.

Marcos es el mexicano más famoso y desconocido del mundo. Su condición intangible ya no es el atributo del indio legendario o ignorado sino el signo de su rebeldía. Sin ser indígena, ha creado una identidad artificial para hablar por los indígenas. El nuevo intocable no tiene cuerpo porque es pura voz. Reflejo de la extraña sociedad que habita, se ha convertido también en un producto de la economía informal (un pretexto para vender camisetas, llaveros, retratos imantados para pegar en los refrigeradores), un sex symbol al que sólo se le ven los ojos, un caudillo blanco que conduce a los indios rumbo a sus raíces, un caso psicológico que alterna la vanidad con el altruismo.

En febrero de 1995, el gobierno dio a conocer la "identidad" del líder, el "hombre que fue Marcos". Sin embargo, el rebelde ha construido con tal eficacia su persona pública que ya sólo puede ser juzgado en esos términos. La conducta de Clark Kent no explica a Supermán. Fiel a su lógica de encubrimientos, Marcos ha prometido desaparecer en cuanto sus demandas se cumplan. Su fuerza moral deriva de este compromiso. El EZLN no aspira a detentar el poder ni a transformarse en partido político. Su rico repertorio de gestos y palabras tiene un propósito jurídico: cambiar la Constitución para que las leyes reconozcan la autonomía de los pueblo indios.

En 1996, dos años después del levantamiento, las negociaciones del EZLN con el gobierno llegaron a un punto esperanzador. En el poblado de San Andrés Larráinzar se firmó un convenio para reformar la Constitución y garantizar el respeto a los pueblos indígenas. Los acuerdos de San Andrés fueron avalados por los legisladores de cuatro partidos políticos que integraban la Comisión de Concordia y Pacificación del Congreso. Sin embargo, el presidente Ernesto Zedillo detuvo el proceso cuando se enteró del contenido de las negociaciones. Se diría que sus enviados discutieron por su cuenta, sin la anuencia de un presidente que de por sí nunca tuvo muy claro lo que deseaba hacer. Lo cierto es que el Ejecutivo ignoró lo alcanzado en San Andrés y el conflicto cayó en un impasse. Tal vez Zedillo esperaba que las enfermedades y las lluvias minaran a los zapatistas.

El 2 de julio de 2000, el Partido Revolucionario Institucional perdió la presidencia después de 71 años en el poder. A partir de diciembre (tiempo suficiente para que el PRI quemara sus archivos), Vicente Fox, del Partido Acción Nacional, encabezó el primer gobierno de la alternancia democrática. ¿Qué pasaría con Chiapas? Fox es un caudillo que vive de impulsos y corazonadas: un camaleón con prisa por mimetizarse con la realidad. Si Andy Warhol prometió una utopía donde cada quien fuera famoso durante 15 minutos, Vicente Fox prometió una utopía donde la paz se firmaría en 15 minutos. La realidad requería de otros tiempos.

Para iniciar el diálogo con el nuevo gobierno, los zapatistas pidieron el cumplimiento de tres señales: la liberación de los indígenas presos por motivos políticos, el retiro del ejército de siete puestos militares cercanos a los zapatistas y la transformación en ley de los acuerdos de San Andrés. Para promover estas iniciativas, el 24 de febrero de 2001 la cúpula del EZLN (23 comandantes y el paradójico subcomandante que los manda) inició una gira sin rifles al hombro por 12 estados del país que concluyó en el corazón de la ciudad de México. La caravana, velozmente rebautizada como "zapatour", reactivó el interés por Chiapas y obtuvo adhesiones masivas. Con la precipitación que lo define, Fox dijo que los zapatistas venían a firmar la paz y ofreció recibirlos en el Palacio Nacional. Los zapatistas aclararon que no pensaban posar en una foto para beneficiar al presidente. Entonces sobrevino un ajedrez donde la desconfianza se mezclaba con el cálculo: los discursos de Marcos subieron de tono; dejar las armas en la montaña parecía el prerrequisito para afilar las palabras. Mientras tanto, en su peculiar encarnación de Hamlet, Fox bienvenía a los zapatistas pero se negaba a cumplir las tres señales que ellos demandaban. Cuando el ejército rebelde llegó a la capital, la confrontación entre el dignatario y el encapuchado se había convertido en el duelo al sol de dos titanes mediáticos. De un lado, el carisma múltiple de Fox, el hombre de los mil rostros; del otro, la identidad simbólica de Marcos, el ser sin rostro. En su marcha a la ciudad de México, Marcos habló mucho de la dignidad indígena, el racismo dominante y la necesidad de escuchar a los desconocidos "del color de la tierra". Al mismo tiempo, asumió un aire retador y reconoció la importancia de grupos armados más radicales, capaces de aumentar en número e importancia si fracasaban las iniciativas del EZLN. En su infinita ronda de entrevistas, Marcos encomió a sus héroes dispares: el poeta Federico García Lorca y el sanguinario Pancho Villa, general de la Revolución mexicana. En el pueblo de Nurio, durante el Congreso Nacional Indígena, lo vimos rechazar con enojo una prenda de la región para exclamar: "¡Soy soldado, respeten mi uniforme!" La simbología militar sigue siendo decisiva para el subcomandante que habla el día entero de la paz.

La especialidad del líder guerrillero es la comunicación y las inconsistencias no menguan su atractivo. Al contrario, cautiva a sus variados auditorios con un lenguaje en el que caben muchos mundos. Ante los estudiantes de la UNAM1 se presentó como un ilustrado que no venía a abrir heridas sino a invitar a que el conocimiento se desbordara rumbo a los rincones necesitados del país; ante el Congreso Nacional Indígena usó el tono legendario del Popol-Vuh, libro sagrado de los mayas, y vinculó su lucha con los ancestros; ante los desesperados del estado de Guerrero recordó con admiración las luchas y el martirio de los movimientos armados; ante la multitud que lo aclamó en la plaza principal de la ciudad de México, leyó un canto a la tolerancia y la inclusión. Esta versatilidad, que se aprovecha de los contrastes, las paradojas y aun de las contradicciones, logró que la opinión pública se pusiera, si no de parte de Marcos, al menos al lado de su causa. En las encuestas, el líder del EZLN divide a la población, pero ha logrado una abrumadora aprobación de las demandas indígenas. En este sentido, los logros de sus desconcertantes estrategias son innegables.

Después de llenar la Plaza de la Constitución, el EZLN pidió hablar ante el Congreso. De los legisladores depende que los acuerdos de San Andrés se transformen en ley. El presidente apoyó la iniciativa. Todo el mundo parecía conforme: nada más exitoso para la vida republicana que una guerrilla cambiara las armas por la discusión parlamentaria. Sin embargo, las mentes de algunos congresistas fueron asaltadas por el mal clima. La angustia, los viejos agravios, las rencillas entre partidos afloraron en la turbulenta imaginación de los legisladores. ¿Podían abrirle las puertas a un movimiento que siete años antes declaró la guerra?, y más aún: ¿podían soportar que Marcos confirmara ante ellos lo que ya es en todos los demás sitios: el mayor proselitista del país? Como suele ocurrir en estos casos, los prejuicios políticos se disfrazaron de formalismos. El asunto se transformó en una cuestión de etiqueta. El Congreso propuso que los 24 zapatistas se reuniesen con 20 diputados y senadores. Esto significaba reducir un movimiento social a una tertulia de cafetería. El reglamento de la cámara depende de los propios legisladores; nada impedía que se modificara para oír por vez primera la voz de los indígenas. Finalmente, 220 diputados votaron a favor de que los zapatistas usaran la tribuna del Congreso y 210 votaron en contra.

El 28 de marzo el país se dispuso a ver televisión. La sociedad mediática estaba preparada para muchas cosas, pero no para la ausencia de Marcos. En un giro maestro, el protagonista hizo mutis.

Como buen enmascarado, Marcos suele ceder al exhibicionismo. Su disfraz reclama atención. Sus adversarios pensaban que utilizaría la tribuna como el escenario culminante de su gira artística. El prolífico orador estaba ante la oportunidad de ofrecer su recital consagratorio, el show del que se venderían millones de videocasets. Ese día, el hombre de la máscara dio su mayor prueba de congruencia política. El mayor recurso de un intocable, una figura cuya identidad es forzosamente imaginaria, es la ausencia. Marcos fue sustituido por la comandante Esther, quien le ordenó desde la tribuna que acatara las muestras de paz que empezaba a dar el gobierno mexicano. Por la voz de Esther también hablaba Marcos. Asistimos a un excepcional teatro de la subordinación. El invisible Marcos pedía a su subordinada Esther que lo mandara desde la tribuna del Congreso. ¿Y qué es la política si no una eficaz gestualidad? Una de las más socorridas expresiones del EZLN resume esta dialéctica: hay que "mandar obedeciendo".

Sin las metáforas ni los lirismos habituales en el subcomandante, pero con una prosa no carente de su pulso, Esther dijo que el EZLN luchaba para que los indios vivieran en un país rigurosamente similar al Parlamento, donde las diferencias no implicaran exclusión. Los diputados encararon a una mujer indígena que rendía un extenso homenaje a las prácticas parlamentarias y pedía vivir en las mismas circunstancias. La idea básica del discurso: que la nación entera ingrese a la casa de la palabra.

Uno de los temas que más se han discutido en estos días es en qué medida la autonomía indígena supone apartarse de la Constitución y de las garantías individuales. Incluso los más fervorosos defensores de las tradiciones vernáculas reconocen que algunas normas de las comunidades indígenas (los mandatos políticos, religiosos y judiciales conocidos como "usos y costumbres") se basan en la discriminación de la mujer o de los jóvenes, e imponen castigos que atentan contra los derechos humanos. No por arraigadas estas rutinas deben preservarse. Adelfo Regino, representante del Congreso Nacional Indígena, subió a la tribuna para expresar un punto central: también las tradiciones indígenas cambian. Estamos ante un proceso vivo, abierto a otras culturas y otras tradiciones. El debate antropológico en torno a este capítulo dará lugar a una biblioteca de dimensiones borgianas. Las leyes deben ser suficientemente precisas para reflejar las formas de vida de 56 grupos étnicos distintos y para garantizar que ninguno de ellos convierta su territorio en una reserva donde se cometan abusos en nombre de deidades inescrutables. En todo caso, se trata de una aventura intelectual tan sugerente que la Constitución se ha convertido en un libro asombrosamente leído y discutido.

México vive en estado de euforia multicultural, a tal grado que los publicistas se apropian de los métodos del EZLN y piensan que los coloridos bordados de 56 etnias son espléndido motivo para anunciar lavadoras. En este clima de concordia retórica, donde todos somos "hermanos y hermanas con palabra verdadera", vale la pena destacar que el reconocimiento de las autonomías indígenas propone un nuevo contrato social pero no hace que de manera automática mejore la vida de los diez millones de indígenas (el 10% de la población). El Congreso Nacional Indígena y el EZLN parecen tener una confianza irrestricta, casi mágica, en la jurisprudencia de un país de espléndidas leyes incumplidas. Sin embargo, después de la batalla legal, viene la del desarrollo. La movilización indígena deberá seguir más allá de las reformas constitucionales.

Como quiera que sea, la jornada ante el Congreso recuperó la "novedad de la patria" que pedía el poeta Ramón López Velarde. Pensé en aquella lejana discusión con mis primos en el Museo de Antropología. Durante décadas, el presunto nacionalismo de México se apoyó en la xenofobia no sólo para ocultar su complejo ante lo distinto y extranjero, sino sobre todo para no enfrentar a los indios que se atrevían a vivir fuera del museo. En el siglo que comienza, el tema no se ha solucionado, pero está en el espejo.

Al término del acto, el subcomandante Marcos apareció en la explanada del Congreso y anunció que el cometido de la marcha se había cumplido. Los zapatistas podían volver a su región. Un silencio expectante, vivo, casi tangible recibió estas palabras. La historia terminaba su lección: nada es tan dramático como la paz.

 

Juan Villoro Nació en México en 1956. Narrador, ensayista y cronista, Juan Villoro ha publicado dos novelas -entre ellas El disparo de argón (Alfaguara, 1991)- que se cuentan entre los textos en lengua española más importantes de la década de los 90.  Muy implicado en la vida pública mexicana, sus comentarios sobre la transición democrática o el movimiento zapatista cuentan con una gran audiencia. Es secretario de la asociación Casa Refugio Citlaltépetl, que lleva la Casa Refugio de México. 

Encontrado en: http://www.autodafe.org/fr/autodafe/autodafe_02_es/art_0506.htm En esa misma página hay una entrevista de Carlos Monsivais a Marcos.