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Juan
Villoro
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Días
robados: El crimen virtual |
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abokov aconsejaba escribir la palabra "realidad" entre
comillas. ¿Qué garantías tenemos de que nuestra versión de los
hechos sea auténtica? Aunque los tribunales y los periódicos viven
para cortejarla, la verdad es compañía escurridiza. Por eso asombran
tanto los novelistas que pretenden captar las cosas "como son"
y se esfuerzan por que sus personajes beban un café en tiempo real; a
veces, en un alarde hiperrealista dedican tres páginas a que un
protagonista se quite el abrigo. Esta insoportable lentitud de lo real
aspira a que la prosa sea como un perro de paladar negro, con pedigrí
de autenticidad, ejercicio bastante absurdo, tomando en cuenta que el
arte no es menos verídico por ser inventado. Las inverificables hazañas
del Rey Arturo determinan nuestro tiempo y nuestros videojuegos con
mayor poderío que numerosos sucesos reales. En este sentido, también
llama la atención el ardid publicitario de anunciar una película como
"una historia verdadera". ¿La trama mejora o es más creíble
por el hecho de que los protagonistas tengan tipo sanguíneo y código
postal? En modo alguno. La verosimilitud de las historias depende de su
lógica interna, no de testigos que puedan avalarla. Por lo demás, nada
nos protege de que la frase "una historia verdadera" sea
precisamente una mentira.
Una vez dichas, las palabras adquieren
entidad propia. Como sostiene Juan José Saer, resulta una simplificación
considerar que la invención literaria es lo contrario a la verdad:
"La ficción no es una claudicación ante tal o cual ética de la
verdad, sino la búsqueda de una un poco menos rudimentaria [...] La
paradoja propia de la ficción reside en que, si recurre a lo falso, lo
hace para aumentar su credibilidad." En la marea de lo cotidiano
sobran muchas cosas, pero suelen faltar detalles significativos. El
narrador debe agregarlos para hacer convincentes los sucesos.
Quizá los publicistas deberían proceder
al revés y garantizar un bienestar rigurosamente imaginario. Sin
embargo, a pesar de que Oscar Wilde dejó una de las frases más
repetidas de Occidente, "la realidad imita al arte", las
formas de representación no gozan de prestigio en una sociedad ávida
de certezas, fórmulas comprobables y tangibles como la cocción de un
huevo en dos minutos. "Científicamente hablando", escribe
Wilde en La decadencia de la mentira, "la base de la vida
—la energía de la vida, como diría Aristóteles— no es sino el
deseo de expresión, y el arte va presentando formas diversas a través
de las cuales la expresión puede cumplirse. La vida se apodera de ellas
y las utiliza, aunque sea para su propio daño." Me interesa en
especial la última parte de la cita: la vida copia las invenciones,
aunque sea para perjudicarse.
A diferencia de los amigos del realismo,
los delincuentes desafían lo ordinario con verdadero arte y entienden
la veracidad de lo representado más rápido que la policía. Debo al
antropólogo Néstor García Canclini una elocuente anécdota al
respecto. En México, los criminales han alterado la experiencia no
siempre dramática de ir al cine. A la entrada de una sala un par de
chicas aplican cuestionarios para una presunta encuesta y se concentran
en espectadores adolescentes. Con criterio sociométrico hacen
suficientes preguntas para determinar el nivel de ingresos de sus
padres; luego, solicitan un teléfono para participar en la rifa. Los
muchachos entran al cine mientras los encuestadores practican una rápida
valoración económica y hablan al teléfono más prometedor. Si hasta
ese momento han actuado como sociólogos, ahora lo hacen como
escritores. Describen la ropa que lleva el adolescente en cuestión (sin
olvidar los detalles que otorgan verosimilitud: los frenos en los
dientes, el arete en la nariz, el llavero con un personaje de Toy
Story), informan con frialdad operativa que lo tienen secuestrado y
piden un rescate asequible. Los padres son citados en el estacionamiento
del cine, justo al término de la película. La ecología del miedo que
domina el D.F: hace que la historia suene no sólo lógica sino casi
inevitable. Los padres depositan la bolsa con dinero en un bote de
basura del estacionamiento. Minutos después, los hijos son
"liberados": salen del cine sin saber que fueron rehenes de un
secuestro conjetural pero en modo alguno falso.
En ocasiones, los "secuestrados"
ven en la pantalla una "historia verdadera" sin saber que la
representación a la que han dado lugar adquiere mientras tanto una más
dolorosa realidad.
De algún modo, también la lectura es un
secuestro virtual, y acaso se trate del único antídoto contra las
formas adversas de la representación. Los lectores están mejor
adiestrados para discernir en qué momento alguien trata de convertirlos
en personajes, figuras de convincente virtualidad, ideales para
delinquir.
El secuestro es una de las muchas
variables de la prometedora "criminalidad de invención" donde
las coartadas, las víctimas y los botines se decidirán a partir de
fabulaciones. Aunque se sirven de rudimentos literarios para refutar la
realidad, los facinerosos del género requieren otros artefactos de
comunicación. Es de suponerse el empujón que les darán los nuevos teléfonos
celulares que también toman fotografías y se conectan a internet. Las
posibilidades expresivas y delictivas de este artificio son infinitas.
Ya las descubrirán quienes, al modo de Wilde, saben que la vida copia
las invenciones, aunque sea para perjudicarse. |