La Jornada Semanal, 7 de noviembre de 1999



Juan Villoro

DOMINGO BREVE

EL ANILLO DE LOS PERROS

 

De 1981 a 1984 viví en Berlín Oriental, y salí de ahí con una certeza histórica: Europa era un continente con un destino concluido. Anhelaba volver a México, donde todas las catástrofes y todas las sorpresas son posibles.

Cinco años después, Berlín se convirtió en el inaudito centro del mundo: el Muro se vino abajo sin una guerra nuclear de por medio. En noviembre de 1989 los pequeños autos Trabant cruzaron la puerta de Brandemburgo y fueron recibidos con champaña al otro lado. "Somos el pueblo más feliz de la Tierra", declaró el canciller Kohl ante un inmenso tarro de cerveza. En las semanas siguientes una legión de anónimos picapedreros derribó las paredes que circundaban Berlín Occidental. De noche, se oía el afilado rumor de los desmontadores de la historia.

A lo largo de diez años se han repartido suficientes trozos "auténticos" del Muro para edificar la Muralla China. El circuito que abarcaba la "tierra de nadie" dio lugar a incontables souvenirs y a la más codiciada propiedad inmobiliaria. La franja que sólo había sido habitada por los conejos que podían pasar sobre las minas sin activarlas, ahora alberga edificios coronados con la estrella del Mercedes.

Durante tres años crucé el Muro una o dos veces diarias. Trabajaba para la Embajada de México y buena parte de nuestra vida transcurría en Berlín Occidental. Aunque nunca custodiamos secretos dignos del espionaje internacional, por vagas razones de seguridad recibíamos el correo del otro lado. Para evitar colas que producían lumbagos, también ahí íbamos al súper y a la tintorería. Nuestro cruce habitual era Chekpoint Charlie, que parecía un set para una película de la segunda guerra. Aunque sus ametralladoras y torretas de vigilancia lucían envejecidas, la garita resultaba inexpugnable. Para los diplomáticos, cruzar carecía de otra experiencia que el paisaje. No había revisiones que obligaran a sacar el cartucho de tinta del bolígrafo ni torturas psicológicas de la guerra fría. Fue al acompañar al crítico de cine Leonardo García Tsao que tuve mi primer encuentro con los delirios burocráticos de la frontera. Al revisar el pasaporte de mi invitado, el guardia de turno desprendió la fotografía. Se puso color magenta, pidió disculpas, devolvió el documento y se cuadró con prusiana disciplina. Leonardo se entrevistó con los redactores de una revista que preparaba un número sobre cine mexicano. Media hora después regresamos a Checkpoint Charlie y encontramos al mismo guardia:

­No pueden pasar.

­¿Por qué?

­La foto del pasaporte está desprendida.

­Usted la desprendió.

­El reglamento dice que debe estar pegada.

­Estaba pegada hasta que usted la desprendió.

­El reglamento dice que debe estar pegada.

El diálogo prosiguió como un ejercicio del surrealismo alemán (ese caos lleno de reglas) hasta que fuimos a la Embajada a restaurar el pasaporte.

Los trámites tortuosos para cruzar (los residentes de Berlín Oriental debían pasar por una garita, los de la RFA por otra), el cambio obligatorio de moneda, los espejos rodantes que inspeccionaban el chasís del coche, eran vejaciones menores comparadas con la definitiva separación de un pueblo. Ningún monumento del "socialismo realmente existente" ­de la momia de Lenin al Stalin récord de concreto­ lograba ser más vistoso que esa instalación del oprobio. Del lado occidental había miradores semejantes a la plataforma de diez metros de una alberca. Durante casi treinta años no hubo mayor argumentación moral contra el Pacto de Varsovia que subir esos escalones para contemplar el campo de concentración erigido en nombre de la utopía socialista.

Sin embargo, como revela Primo Levi, incluso en el universo concentracionario hay espacio para el humor. En las noches de carnaval, los visitantes de Berlín Oriental cruzaban el Muro disfrazados de conejos, osos y jirafas de peluche. Un amigo llegó vestido de la parte trasera de un caballo y un guardia achispado por el doppelkorn sólo le selló la visa cuando la parte delantera del caballo llegó a la garita.

Como los diplomáticos no estábamos sometidos a revisión, éramos los principales contrabandistas de Berlín. Se rumoraba que había sensores de calor para impedir que sacáramos a un ciudadano de la RDA, pero no supe de nadie que pusiera a prueba el aparato. En lo personal, contribuí al mercado clandestino con documentos para la iglesia evangélica, libros y revistas y dos cacatúas blancas, de mejillas rosas, que hoy viven en las afueras de la ciudad.

Una década después de la caída del Muro regresé a Berlín. En un bar en las inmediaciones de Checkpoint Charlie conocí a un hombre que llevaba un pastor alemán. Había sido guardia de la frontera; en noviembre de 1989 tenía cuarenta años y ya no calificaba para los cursos de "readaptación". Ahora tenía cincuenta y era un joven jubilado.

Hacia la medianoche salimos del bar. Lo seguí a distancia. El hombre recorría las calles donde antes estuvo el Muro. De vez en cuando se detenía y saludaba a otro hombre que también llevaba un perro. Era todo lo que quedaba de la historia: pasos perdidos en la tierra que fue de nadie.

 

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/nov99/991107/sem-villoro.html