Publi.com 29.11.1998
Domingo breve. Juan Villoro
El cumpleaños del general
Los tiranos dominan el oprobio con tal exclusividad que no piensan que los demás puedan darles malas noticias. El martes, Augusto Pinochet dejó de ser el dueño absoluto de las golosinas agrias y tuvo que tragarse una envuelta para regalo: la Cámara de los Lores determinó que cuenta con méritos para ser procesado por genocidio. Ese día el dictador cumplió 83 años y su hijo declaró en Chile que los británicos habían violado el derecho que todo humano tiene de sentirse bien al compás del happy birthday. La verdad sea dicha, resulta difícil suponer que la nación de Scotland Yard haya usado su reconocida inteligencia para ensañarse con el torturador en su onomástico y obligarlo a apagar las velas en calidad de reo legítimo. Por otra parte, "Pin8" (como se le conoció en tantas bardas de la clandestinidad) dispone de lo que nunca concedió a sus víctimas, un abogado defensor.
El hombre que llegó a Londres con pasaporte diplomático y suficientes viáticos para enviar flores y bombones a Margaret Thatcher, es hoy el preso número 1 del planeta; sin embargo, su destino aún es incierto y sin duda causará turbulencias políticas. En Chile tiene un respaldo social minoritario, pero significativo (un tercio de la población), y no faltan opinionistas dispuestos a borrar estos días de jurisprudencia con argumentos de tenderos: el repunte económico chileno ocurrió gracias a la dictadura. El problema de fondo es otro. La peculiar democracia chilena se basa en un "pacto histórico" que garantiza la impunidad a quienes usurparon el poder y violaron derechos humanos más básicos que cantar en paz el happy birthday. Pinochet acató el plebiscito que lo instaba a abandonar el poder a condición de que su país fingiera amnesia. En otras palabras, secuestró un espacio político por la fuerza de las armas y lo canjeó a cambio del perdón y del olvido. Aunque dos terceras partes de los chilenos estarían dispuestos a procesarlo, esto invalidaría el contrato social. Además, nadie quiere tentar la capacidad de tolerancia del Ejército.
Cada generación tiene su villano irreductible, su gran fantoche del horror. Para quienes cursábamos la preparatoria en 1973, Pinochet se convirtió en el dictador por antonomasia. Por primera vez fuimos a una manifestación en Paseo de la Reforma. Ahí escuchamos el discurso del poeta Hugo Gutiérrez Vega, quien habló a nombre del Comité de Solidaridad con Chile y quien hoy dirige La Jornada Semanal. De acuerdo con los protocolos emocionales de la época, nos enamoramos en bloque de las chilenas que llegaron a nuestro colegio y cantamos canciones de Víctor Jara que lograban la hazaña de conmovernos sin gustarnos. Un amigo llegó al extremo de recitar pasajes del discurso que Allende dio en Guadalajara y su último mensaje desde el Palacio de la Moneda. Ese amigo murió en el terremoto de 1985, mientras hacía guardia en el Hospital General. Él era uno de los custodios de una gesta que el tiempo condenaría a la forma más sutil de la desmemoria, la normalidad. Las víctimas del genocidio vivían en perpetuo careo con su pasado y en ocasiones (como en la obra de teatro La muerte y la doncella, de Ariel Dorfman) coincidían con sus antiguos carceleros. Pero los años pasan y poco a poco Chile se transformó en el país del milagro económico, los enjundiosos goles de Zamorano, las aguas frías donde nada el congrio y se pescan los locos que saben tan bien con mayonesa.
De cualquier forma, el recuerdo encuentra sus zonas de resistencia. En las tribunas de la Universidad de Chile, la fanaticada de los azules cantaba un himno de protesta contra el dictador que usó el Estadio Nacional como campo de concentración, y los escritores no bajaban la guardia. En su novela Estrella distante, Roberto Bolaño retrató a un dandi de la tortura, un esteta que hace de la vejación una vanguardia; en el cuento "Hombre con clavel en la boca", Skármeta enfrentó a dos singulares testigos de la historia, un portugués que ha prometido celebrar el triunfo de la izquierda mordiendo un clavel durante 24 horas y una exiliada chilena; en Miguel Littin, clandestino en Chile, García Márquez narró el regreso del director de cine a su país, tan disfrazado que no lo reconoció ni su madre; en Adiós poeta..., Edwards recuperó los últimos días de Neruda bajo los helicópteros de los golpistas; en Morir en Berlín, Carlos Cerda se ocupó del difícil destierro en la Alemania dividida. A pesar del pacto histórico, las historias privadas se abrían paso en la noche y suspendían no sólo la cena, sino la respiración de los presentes. Recuerdo a la amiga que habló de su matrimonio con un almirante, un hombre sin tacha que salía en rápidas incursiones al mar, periplos tranquilos que ella imaginaba como maniobras de patrulleo del puerto, hasta que averiguó una verdad que la llevó a la separación y casi a la locura: el hombre que bebía el té con calma en su casa, estaba encargado de arrojar disidentes al mar. Algo atroz y duradero brotaba en estos relatos dispersos. Durante decenios los oímos sin otro consuelo que pensar que a fin de cuentas los testigos estaban vivos y habían rehecho sus vidas. Pero un silencio enmarcaba las conversaciones memoriosas. El culpable se había salido con la suya.
La sentencia de Inglaterra es un paliativo menor, pero decisivo. ¿Qué esperanza puede surgir de la constatación de la muerte? Un poeta chileno ofrece una respuesta. En su epitafio, Vicente Huidobro invita a abrir la sepultura: "Al fondo de esta tumba se ve el mar".
Más allá del espanto y su ardiente memoria, Chile está de cara al mar.
Encontrado en: http://www.publi.com/news/1998/1129/a14.htm