La Jornada Semanal, 21 de noviembre de 1999
En los años noventa la frase "¡odio a Bill Gates!" se escucha con la frecuencia con que a fines de los sesenta se escuchaba "¡odio a Yoko Ono!" Gates ha convertido nuestra vida en una fosa séptica electrónica; su programa Windows fluye y se atasca en forma controlada, y sólo él puede sacar los pelos de la coladera.
A los 43 años, Gates es el nerd más poderoso del mundo. En 1975, cuando sus compañeros de generación se desgañitaban al compás de Led Zepellin, fundó Microsoft con la inaudita intención de sacarle dinero al software. Según Ray Bradbury, el principal legado doméstico de la tecnología espacial son los toperwares. Acaso inspirada en estos simpáticos estuches, la industria de la computación privilegió el armado de cajas de información. Gates supo que lo que distinguiría a esos aparatos de los demás electrodomésticos sería su sistema operativo. Mientras IBM fabricaba recipientes, Microsoft inventaba neuronas para la inteligencia artificial. Hijo de un abogado que presidió la barra de Seattle, Gates conservó las licencias de sus programas y convirtió a IBM en su rehén. El acariciador nombre de su empresa se volvió sarcástico: nada más letal que los golpes "microsuaves". Con la lealtad de un agente doble, el cibernauta de Seattle le vendió sus patentes a cualquier fabricante de Tokio al Valle del Silicón y pulverizó la supremacía de su primer socio (de los garages de Taiwán salieron máquinas más baratas e igual de eficientes que una IBM).
Microsoft basó su éxito en la distribución indiscriminada de sus programas y se encumbró gracias a su habilidad mimética. La diosa de la rivalidad tecnológica se llama Xerox y Gates le rindió culto para apropiarse de las principales virtudes de Apple. En la madrugada del ciberespacio una era anterior a los humanos con gorra de basquetbolista puesta al revés, los usuarios de Apple disponían de un ratón para activar iconos mientras los de PC tecleaban sus órdenes como burdos mecanógrafos. En 1985, Microsoft mordió la Apple del pecado y creó el programa Windows, que en la cultura digital equivale a La Monalisa con bigotes de Duchamp. Steve Jobs, el visionario megalómano que escogió el logotipo de la manzana porque le había dado buenos resultados a Dios y a los Beatles, acusó al supernerd de copiar en los exámenes. Una vez más Gates demostró su pericia ante los tribunales: Windows tenía defectos perfectamente calculados para no parecer una calca de Apple.
Los ciberlíderes planetarios ofrecen la atractiva y primigenia disputa de los opuestos: el yin y el yang de un negocio que exalta poco las individualidades. Jobs aborda el software como una selva que debe convertirse en un jardín renacentista; Gates, como un área de ventas. Apple se niega a vender programas a computadoras sin pedigrí y Microsoft se instala en cualquier trasto con más memoria que una cafetera. El resultado: en 1995 Bill Gates declaró al fisco una ganancia de 6, 075 millones de dólares; en 1999, la cifra subió a 19, 747 millones.
Sobran razones estadísticas para odiar al hombre que no puede ver a sus congéneres sin buscarles la tecla de enter para que acaten sus comandos. Desde 1994 corrían rumores de que en el desigual planeta Tierra, Gates unía a todos los bípedos en un rebaño digital. Pero no fue sino hasta hace unas semanas que el juez Thomas Penfield Jackson declaró que hay bases para investigarlo por prácticas de monopolio.
Gates redefine la psicología del poder en una época donde la gente empieza a circular con mayor frecuencia en la autopista de la información que en las limitadas veredas de la realidad. Su estilo personal de gobernar depende de ser ilocalizable "en persona" y rehuir las informaciones comunes (no contesta el teléfono ni ve televisión), pero sobre todo de su omnipresencia en la red: durante dos horas diaras responde el correo que llega a la dirección billg@microsoft.com. En el campus de la compañía, los empleados cruzan 200 millones de mensajes electrónicos al año, muchos de ellos con el Último Hombre detrás de las pantallas. Una ciudadela virtual donde la gente conspira y se enamora con reglas ajenas al lenguaje hablado. En una rara muestra de introspección, Gates reveló sus modales electrónicos: "Siempre me peino antes de mandar un e-mail, esperando lucir atractivo. Procuro usar la puntuación de modo amigable. Envío :) y nunca :(." Su trato con las personas meramente reales, depara menos cortesías. Misántropo en el mundo donde se usan calcetines, se vuelve hipergregario en los puertos electrónicos: "conoce" gente activando un switch. Un proyecto retrata su conducta: no colecciona pinturas sino sus derechos de reproducción; un museo virtual para comerciar con los espíritus inferiores que deseen ver las piezas.
Según confesión propia, Gates se rige por la "ley de Gordon Moore", cofundador de Intel, según la cual cada año y medio los microprocesadores duplican su poderío y cuestan la mitad. Esto significa que dentro de veinte años, lo que ahora toma un año de computación, llevará quince minutos. Gates vive para mantenerse en la punta de esta extenuante carrera. No pretende construir el mejor software, sino el único que sobreviva en el mercado. En este absolutismo, la población ocupa poco espacio en el disco duro. A despecho de su nombre, Windows recuerda la claustrofobia de A puerta cerrada: "el infierno son los otros".
El hijo del abogado inventó una legalidad para separarse de lo real. Su proceso empezará con la frase canónica: "La gente contra Bill Gates." En este caso, la gente es lo que comienza cuando se apagan las computadoras.
Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/nov99/991121/sem-villoro.html