La Jornada Semanal, 5 de diciembre de 1999
En la inusual Inglaterra acaba de instituirse el Premio Macbeth. Los despistados que piensen que se trata de un blasón literario deben entrar a la cantina o al cibercafé más próximos. Los teléfonos celulares de la Aldea Global y los portales de Internet no hablan de otra cosa.
Ha querido la modernidad que en el vasto censo de personajes shakespearianos, Macbeth destaque como un hombre sometido a los arrebatos de su señora esposa. Ni su linaje ni su probada retórica pueden impedir las articuladas intrigas de su cónyuge.
El Macbeth fue concebido para premiar reyes subyugados. No es infrecuente que la servidumbre sea un acto de amor; por ello, los organizadores precisan las bases del concurso: la macbethiana obediencia es ajena a los sulfurosos rigores del masoquismo. Sería demasiado burdo honrar al cliente de una dominatriz. Los esclavos que se excitan ante una mujer de látigo, ataviada con hot pants de látex imitación cuero, no necesitan que un comité avale sus dotes de sometimiento ni otra recompensa para sus genuflexiones que el delicioso castigo de la carne. El Premio destaca a los desinteresados que ignoran su condición de héroes de la obediencia.
Con el ímpetu de una isla que no vacila en embarcar piratas o hooligans hacia remotos confines, la lluviosa Albión se ha lanzado a un safari internacional de Macbeths. En una tribu de los Mares del Sur, en una Bolsa de Valores cualquiera, en el más torvo regimiento o en las excelsas bambalinas de la ópera puede surgir un candidato. No se requiere de otro documento probatorio que la conducta. Los jurados analizan destinos singulares, no costumbres sociales. El propietario de un harem puede derrotar al novio de una actriz porno.
Surge entonces la pregunta: ¿cómo juzgar actitudes rigurosamente íntimas? Pasemos al quid del asunto: el Premio aquilata la fama pública que asume la vida privada. Los candidatos son propuestos a través de cartas en las que se detallan sus méritos de subordinación. Más que la voluntad de acatar deseos ajenos, se encomia la felicidad efectiva que producen. El accionar oculto es siempre inescrutable; por lo tanto, se evalúan sus consecuencias en la mente de los amigos.
Los organizadores reivindican el macbethismo positivo. Aunque la primera beneficiaria de esta actitud nunca mejoró su carácter, las modernas encarnaciones del tema deben estar tocadas por la dicha: la calidad de la obediencia se mide por la felicidad de quien la exige.
El siglo que agoniza ha vuelto a sorprender a quienes estudian la forma en que el principio del placer arma reputaciones. Bill Butler, sociólogo de la London School of Economics y autor del ensayo ``Sex Politics'', que los redundantes críticos describieron como ``seminal'' y la academia descartó por su agraviante éxito de ventas, sostiene que el Premio invita a la paranoia. ``¿Seré el Macbeth del año?'', se pregunta el marido antes de abofetear a su mujer para salir de los finalistas. Por su parte, Bill Buford, cuyas frases de subida testosterona dieron lugar a Entre los vándalos, acusó a los organizadores de ser ``machos de clóset'' que confieren al premiado los dudosos honores del sirviente. Last but never least, la feminista Florinda Bay arremetió contra Butler y Buford en su simpático artículo ``Derrame de Billies''.
Bay también detesta el Premio, pero por otras razones. Su indudable artillería se concentra en un blanco: el carácter secreto del honor. Ya el inmenso Chesterton demostró la fruición con que los ingleses aprecian la paradoja. Para no dañar su biografía privada, el galardonado ignora que fue objeto de una distinción. No hay declaraciones públicas ni conferencias de prensa. El fallo se otorga para exclusivo deleite de los jurados y de los chismosos que vieron premiada su candidatura. Los demás desconocen al premiado. El galardón es, por decir lo menos, inaudito: consagra a los testigos por la reputación que les merece una persona. Occidente ha abierto numerosos abismos de morbo, pero pocas veces se ha precipitado tanto en ellos. Florinda Bay considera que estamos ante una peligrosa reificación de los conspiradores: la maledicencia y la sospecha adquieren rango de virtudes pías y beatifican el ``qué dirán''. Los efectos positivos del macbethismo son para ella indemostrables. El veredicto depende de la habilidad proselitista de los testigos. La verdadera dicha de una señora (dominante o no) es refractaria a los testigos. En forma emblemática, su artículo termina con la paráfarsis: ``Rumores, rumores, rumores.''
Se dirá que incluso en el país que inventó el cricket hay pasatiempos más urgentes. El aluvión de cartas recibidas por la Sociedad Macbeth desmiente este aserto. Muchas de ellas proceden de México, nación poco impregnada por los arquetipos isabelinos, donde la figura del rey mangoneado encarna en otra de menor prestigio dramático: el Mandilón.
Por azares de la chismografía, el redactor de esta columna asistió a una mesa de cantinaÊen la que se proponía a un conocido como Macbeth o Mandilón retrospectivo. El candidato es el obsecuente servidor de cuatro ex mujeres. Cada vez que abandona a los amigos para cumplir una diligencia postconyugal, justifica su deserción con el aforismo: ``nunca hay que perder a una ex mujer''. Por acumulación, merece los laureles.
Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/dic99/991205/sem-villoro.html