La Jornada Semanal, 31 de octubre de 1999



Juan Villoro

DOMINGO BREVE

EL SANTO

Incansable trabajador del tope suicida, El Santo ha regresado. La revista Somos le rinde culto en un número concebido con el rigor maniático de quienes saben lo mucho que significa conocer los detalles textiles de su máscara y la cantidad de veces que fue desgarrada. Los fans de ring side aún recordamos la entrevista de Jacobo Zabludovsky con el máximo dignatario de la lucha libre. Con una voz cavernosa, curtida en gimnasios de pésima ventilación, El Santo prometió quitarse la máscara plateada. El héroe que jamás perdió su investidura en el cuadrilátero y derrotó en inmensas películas ínfimas a zombies, inquisidores, monjas del siglo XVII, marcianos y vampiras de senos neumáticos, cumplió su palabra: ante una nación que se llevaba el chamoy a la boca con dedos trémulos, desató las cuerdas de su máscara. Desde que Quetzalcóatl vio su horrendo rostro en el espejo humeante de Tezcatlipoca, México no había experimentado semejante drama de la identidad. Sin embargo, fiel al sentido de la supervivencia que lo salvó en el ring de planchas enemigas y en el set de tantas momias de cartón, el ídolo se despojó de la máscara para descubrir que abajo tenía otra igual. El vengador anónimo hubiera podido despellejarse hasta el infinito sin perder la apariencia en la que delegábamos nuestros delirios de justicia.

"Me encanta la franqueza de un hombre enmascarado", comenta el Pingüino en Batman regresa. En los labios negros del villano de Ciudad Gótica el aforismo tiene un tono irónico. Más cerca de Oscar Wilde, el Enmascarado de Plata demostró que los disfraces son un recurso extremo para decir verdades: las máscaras no encubren; revelan identidad. De los rostros emplumados de los sacerdotes aztecas al pasamontañas del subcomandante Marcos, de la capucha roja de Superbarrio a
la cabeza de plástico de Salinas (único atuendo con que el propio Salinas podría caminar tranquilo en las calles de la ciudad), nuestra historia es pródiga en destinos enmascarados. El del Santo es el más llamativo de la cultura de masas, o sea que todas sus estadísticas son exageradas: durante cuarenta años fue aporreado entre las doce cuerdas, récord claramente ortopédico; protagonizó unas cincuenta películas en un país sin cine,
e inspiró la titánica serie de historietas de José G. Cruz, el Balzac de bata china que enfrentó a su personaje con ubérrimas gigantas y licántropos de mala tinta.

Uno de los primeros en intuir el nombre cívico del Santo fue José Emilio Pacheco. En su infancia, advirtió que la desaparición de Rudy Guzmán coincidía con la presentación estelar del Santo. Muchos años después escribiría "El principio del placer", relato ejemplar sobre los ritos de iniciación (uno de los cuales consiste en descubrir los turbadores engaños de la lucha libre).

El luchador canonizado registra numerosas escalas culturales. En la portada que El Fisgón dibujó para Los rituales del caos, de Carlos Monsiváis, viaja en metro como un icono portátil; en las tiras cómicas de Jis y Trino aparece transfigurado en el Santos, príncipe de la guarrada y rival de la Tetona Mendoza; en la película La leyenda de una máscara, de José Buil, brinda las escenas domésticas que escatimó en las cintas donde descabezaba
robots de poliuretano con patadas voladoras: el luchador entra a su casa y encuentra a su mujer planchándole las máscaras. Con todo, el mito que inauguró la Arena Coliseo aún requiere de biógrafos. Como en tantos casos de la cultura popular, su innegable fama carece de documentación. Sí, al Santo le faltan evangelistas. El número especial de Somos subsana esta carencia con artículos imprescindibles de José Xavier Navar, Rafael Aviña y Fernado Rivera Calderón, entre otros, y fotografías del héroe sin máscara o con la "máscara para comer" (su principal patente tecnológica).

¿Quién fue el hombre que sería Santo? Rodolfo Guzmán nació en Tulancingo
el 23 de septiembre de 1917, hizo pareja con su hermano Miguel "Black" Guzmán (quien derrotó a un gladiador de inolvidable seudónimo: Gardenia Davis) y probó suerte como El Hombre Rojo y Murciélago II antes de asumir la definitiva dignidad de El Santo. En los años cuarenta luchó en mancuerna con el Charro Aguayo, un ex integrante de la División del Norte que no soportó el frenético ritmo de su compañero y se jubiló a punta de codazos (los últimos de ellos propinados por el mismísimo Santo, harto de la vetusta inoperancia del Charro).

El Santo es el símbolo perfecto del luchador técnico que sortea con olímpico decoro las tretas de los rudos (la más ruin: el excremento que le lanzó El Ruso Loco). En algunas de sus películas parece un James Bond endeudado al que Mauricio Garcés le prestó un departamento
y apoya a fuerzas del Bien tan esotéricas como la CIA. Personaje sin otro límite que su carisma, apareció en películas soft-porno con divas de silicón y en el
más pueril de nuestros fenómenos fílmicos, El Santo contra Capulina, donde disputó "máscara contra barriga".

Ídolo en un país de bajo presupuesto, El Santo es la ley a la altura de nuestras circunstancias. Nunca resulta suficientemente irreal porque actúa en territorio mexicano, donde no hay otra verosimilitud que la impunidad. Patrono del kitsch, le aplica una quebradora a la estética y logra que lo pésimo se vuelva clásico. De ser intencionales, sus tramas rivalizarían con las de Buñuel.

El Santo fue un accidente colectivo, forjado por una larga nómina de cronistas, guionistas y directores, y por el público que abarrotaba la arena para gritar: "san-gre, san-gre". Su muerte provocó un encabezado maestro del periodismo vespertino: El Santo al cielo. Su posteridad tiene el atributo circular de las leyendas: el Enmascarado de Plata acaba de volver.

 

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/oct99/991031/sem-villoro.html