Publi.com, 4 de abril de 1999

Domingo breve. Juan Villoro

 

Un episodio mozartiano (2)

 

Cuando aún no estaba curtido en la existencia de alto riesgo, Da Ponte valoraba los consejos de Casanova, pero olvidaba hacerle caso y luego lamentaba haber confundido una recomendación sensata (por ejemplo, que no debía firmar letras de cambio en Inglaterra) con otro de los muchos alardes vanidosos del Caballero de Seingalt.

En su correspondencia, Da Ponte se dirige al amigo y mentor en un tono obsecuente; sin embargo, en sus Memorias trata de distanciarse de él: "sus pasiones eran de un vivísimo temple e infinitos sus vicios".

Los venecianos iniciaron su carrera literaria casi niños, escribiendo poemas para obtener monedas de sus familiares. No es casual que estos hombres que versificaron con fines monetarios, hayan disputado por dinero. Hacia 1793, quizá picado por el orgullo de leerle la suerte a un ducho adivino, Da Ponte llevó la relación epistolar a una orilla de peligro: le solicitó un préstamo a Casanova. El Caballero de Seingalt respondió con generosa ironía: "Cuando Cicerón escribía a sus amigos, nunca hablaba de negocios".

Lorenzo da Ponte poseía un talento literario reactivo. Desde muy joven participó en torneos poéticos; incapaz de soportar la soledad de su alcoba, pasaba el día en salones donde improvisaba coplas que competían en ingenio con las de Metastasio y Perfetti.

Da Ponte escribía rápido y bien sobre pedido, pero jamás cedía al gratuito hedonismo de componer por iniciativa propia. La ópera le sentó como un traje a la medida: los temas escogidos por el compositor o su mecenas, generalmente basados en obras previas (La fierecilla domada o La comedia de los errores, de Shakespeare, Las bodas de Fígaro o el Tarare de Beaumarchais), le brindaban el molde perfecto a sus sugerentes variaciones. En el caso de Don Giovanni, la trama había sido tratada por Tirso de Molina, Molière, Shadwell y Goldoni. Además, se basó en el libreto que Giovanni Bertati escribió para la ópera de Giusseppe Gazzaniga, Don Giovanni, estrenada en 1788.

El antiguo abate requería de plazos de entrega inflexibles e historias ya sancionadas por el gusto. Su genio era derivativo, pero no por ello menos personal. "Originalidad: cuestión de estómago", escribió Valery. Los libretos escritos para Mozart, Salieri y Righini surgieron de una saludable digestión de textos ajenos. La necesidad de escribir duetos o coros en métrica cantable y de repartir las escenas según las posibilidades del montaje, fueron obstáculos creativos para Da Ponte. Las rígidas exigencias formales que hubieran coartado a artistas más protagónicos o independientes, se avenían con su talento flexible.

En sus Notas sobre música y ópera, W. H. Auden observa que los personajes que cantan requieren de una superficialidad feliz; son estados de ánimo sin fisuras ni contradicciones. "En la vida real todos serían aburridos, incluso Don Giovanni". Da Ponte estaba perfectamente equipado para un género donde, al decir de Auden, "la falta de complejidad psicológica" es compensada por la música. Este mérito como libretista sería un lastre en su prosa autobiográfica, demasiado plana para interesar al lector.

La escritura siempre tuvo para Da Ponte un fin utilitario y la ópera le deparó el beneficio adicional de medir su éxito o su fracaso con las instantáneas reacciones del público. Nunca dudó de que sus mejores obras fuesen las más aplaudidas. De ahí que prefiriera su libreto para Una cosa rara, del compositor español Vicente Martín y Soler, a todo lo que escribió para Mozart. De hecho, sólo hasta 1826, cuando tenía 77 años y Don Giovanni se estrenó en Nueva York, sospechó que su inmortalidad podía depender de su relación con el compositor de Salzburgo. La novela sobre Da Ponte podría empezar con el anciano en la sala de conciertos que vuelve a oír esas palabras perdidas que asombrosamente son suyas: con la música recupera recuerdos que creía sepultados y con la ovación final entiende el veredicto de su época.

En cuanto aquilató el legado de Mozart, el libretista se propuso demostrar que fue un sostenido defensor de su causa: "Sólo a mi perseverancia y firmeza se deben en gran parte que Europa y el mundo entero conozcan las exquisitas composiciones vocales de este admirable genio", escribió en sus Memorias.

También en Nueva York, Da Ponte se enteró de la aparición de las Memorias de Casanova. Acto seguido, decidió escribir las suyas para vendérselas a sus alumnas de literatura italiana. Por ello redactó su autobiografía en "italiano comercial". Sin embargo, lo peor del libro no es su interesada llaneza lingüística: el aventurero que nunca vaciló en saquear un bolsillo ajeno, escribe con el propósito de enaltecer su vida.

De acuerdo con su biógrafa April Fitz Lyon, Da Ponte "no tenía fe en otra cosa que no fueran sus propias habilidades". Sin el menor empacho cambiaba de religión, oficio o amistades. Sus Memorias podrían haber sido, como las de Rousseau, la apasionada expiación de un pecador arrepentido, pero se disfrazó de criatura ejemplar y brindó un testimonio tedioso y autocomplaciente de sus tensos días sin principios. "En una época de aventureros", escribe Fitz Lyon, "Casanova estaba orgulloso de ser el más grande de todos, mientras que Da Ponte fue tan sólo un aventurero que pretendía no serlo".

La obsesión de Da Ponte por enmendar su imagen incluso abarcó a la crítica literaria. El quinto volumen de su libro se publicó cuando ya había reseñas de los cuatro anteriores y el perenne rectificador arremetió ahí contra quienes no han sabido leer sus recuerdos.

ENTRESACADO

"En una época de aventureros", escribe Fitz Lyon, "Casanova estaba orgulloso de ser el más grande de todos, mientras que Da Ponte fue tan sólo un aventurero que pretendía no serlo"

Encontrado en: http://www.publi.com/news/1999/0404/a08.htm