Domingo breve. Juan Villoro
Un episodio mozartiano
(2)
Cuando aún no estaba curtido en la existencia de alto riesgo, Da Ponte
valoraba los consejos de Casanova, pero olvidaba hacerle caso y luego lamentaba
haber confundido una recomendación sensata (por ejemplo, que no debía firmar
letras de cambio en Inglaterra) con otro de los muchos alardes vanidosos del
Caballero de Seingalt.
En su correspondencia, Da Ponte se dirige al amigo y mentor en un tono
obsecuente; sin embargo, en sus Memorias trata de distanciarse de él: "sus
pasiones eran de un vivísimo temple e infinitos sus vicios".
Los venecianos iniciaron su carrera literaria casi niños, escribiendo poemas
para obtener monedas de sus familiares. No es casual que estos hombres que
versificaron con fines monetarios, hayan disputado por dinero. Hacia 1793, quizá
picado por el orgullo de leerle la suerte a un ducho adivino, Da Ponte llevó la
relación epistolar a una orilla de peligro: le solicitó un préstamo a
Casanova. El Caballero de Seingalt respondió con generosa ironía: "Cuando
Cicerón escribía a sus amigos, nunca hablaba de negocios".
Lorenzo da Ponte poseía un talento literario reactivo. Desde muy joven
participó en torneos poéticos; incapaz de soportar la soledad de su alcoba,
pasaba el día en salones donde improvisaba coplas que competían en ingenio con
las de Metastasio y Perfetti.
Da Ponte escribía rápido y bien sobre pedido, pero jamás cedía al
gratuito hedonismo de componer por iniciativa propia. La ópera le sentó como
un traje a la medida: los temas escogidos por el compositor o su mecenas,
generalmente basados en obras previas (La fierecilla domada o La comedia de los
errores, de Shakespeare, Las bodas de Fígaro o el Tarare de Beaumarchais), le
brindaban el molde perfecto a sus sugerentes variaciones. En el caso de Don
Giovanni, la trama había sido tratada por Tirso de Molina, Molière, Shadwell y
Goldoni. Además, se basó en el libreto que Giovanni Bertati escribió para la
ópera de Giusseppe Gazzaniga, Don Giovanni, estrenada en 1788.
El antiguo abate requería de plazos de entrega inflexibles e historias ya
sancionadas por el gusto. Su genio era derivativo, pero no por ello menos
personal. "Originalidad: cuestión de estómago", escribió Valery.
Los libretos escritos para Mozart, Salieri y Righini surgieron de una saludable
digestión de textos ajenos. La necesidad de escribir duetos o coros en métrica
cantable y de repartir las escenas según las posibilidades del montaje, fueron
obstáculos creativos para Da Ponte. Las rígidas exigencias formales que
hubieran coartado a artistas más protagónicos o independientes, se avenían
con su talento flexible.
En sus Notas sobre música y ópera, W. H. Auden observa que los personajes
que cantan requieren de una superficialidad feliz; son estados de ánimo sin
fisuras ni contradicciones. "En la vida real todos serían aburridos,
incluso Don Giovanni". Da Ponte estaba perfectamente equipado para un género
donde, al decir de Auden, "la falta de complejidad psicológica" es
compensada por la música. Este mérito como libretista sería un lastre en su
prosa autobiográfica, demasiado plana para interesar al lector.
La escritura siempre tuvo para Da Ponte un fin utilitario y la ópera le
deparó el beneficio adicional de medir su éxito o su fracaso con las instantáneas
reacciones del público. Nunca dudó de que sus mejores obras fuesen las más
aplaudidas. De ahí que prefiriera su libreto para Una cosa rara, del compositor
español Vicente Martín y Soler, a todo lo que escribió para Mozart. De hecho,
sólo hasta 1826, cuando tenía 77 años y Don Giovanni se estrenó en Nueva
York, sospechó que su inmortalidad podía depender de su relación con el
compositor de Salzburgo. La novela sobre Da Ponte podría empezar con el anciano
en la sala de conciertos que vuelve a oír esas palabras perdidas que
asombrosamente son suyas: con la música recupera recuerdos que creía
sepultados y con la ovación final entiende el veredicto de su época.
En cuanto aquilató el legado de Mozart, el libretista se propuso demostrar
que fue un sostenido defensor de su causa: "Sólo a mi perseverancia y
firmeza se deben en gran parte que Europa y el mundo entero conozcan las
exquisitas composiciones vocales de este admirable genio", escribió en sus
Memorias.
También en Nueva York, Da Ponte se enteró de la aparición de las Memorias
de Casanova. Acto seguido, decidió escribir las suyas para vendérselas a sus
alumnas de literatura italiana. Por ello redactó su autobiografía en
"italiano comercial". Sin embargo, lo peor del libro no es su
interesada llaneza lingüística: el aventurero que nunca vaciló en saquear un
bolsillo ajeno, escribe con el propósito de enaltecer su vida.
De acuerdo con su biógrafa April Fitz Lyon, Da Ponte "no tenía fe en
otra cosa que no fueran sus propias habilidades". Sin el menor empacho
cambiaba de religión, oficio o amistades. Sus Memorias podrían haber sido,
como las de Rousseau, la apasionada expiación de un pecador arrepentido, pero
se disfrazó de criatura ejemplar y brindó un testimonio tedioso y
autocomplaciente de sus tensos días sin principios. "En una época de
aventureros", escribe Fitz Lyon, "Casanova estaba orgulloso de ser el
más grande de todos, mientras que Da Ponte fue tan sólo un aventurero que
pretendía no serlo".
La obsesión de Da Ponte por enmendar su imagen incluso abarcó a la crítica
literaria. El quinto volumen de su libro se publicó cuando ya había reseñas
de los cuatro anteriores y el perenne rectificador arremetió ahí contra
quienes no han sabido leer sus recuerdos.
ENTRESACADO
"En una época de aventureros", escribe Fitz Lyon, "Casanova
estaba orgulloso de ser el más grande de todos, mientras que Da Ponte fue tan sólo
un aventurero que pretendía no serlo"
Encontrado en: http://www.publi.com/news/1999/0404/a08.htm