DOMINGO BREVE

La gruta del libertino

 

Juan Villoro

 

La Jornada Semanal, 6 de diciembre de 1998


 

Hace 200 años Giacomo Casanova murió en el castillo de Dux y dejó un extenso manuscrito para cortejar a la posteridad. Sus Memorias lo convirtieron en arquetipo del libertino ilustrado, que seduce y estafa mientras platica de metafísica.

A diferencia de Don Juan, Casanova no conoce el remordimiento ni el castigo. El siglo XX ha sido escaso en felices erotómanos públicos y pródigo en don juanes victimados, desde el protagonista de La carrera del libertino, la ópera de Stravinski con libreto de Auden, donde el seductor se casa con la mujer barbuda del circo, hasta el presidente Clinton, que ni al bombardear Sudán logró disminuir la atención mundial por sus erecciones y sus tristes escarceos en la Oficina Oral.

Uno de los pocos personajes de nuestra era capaces de reclamar el harem triunfal de Casanova es Hugh Hefner, dueño y, sobre todo, protagonista de Playboy. En primera instancia, la vida de Hef, como le dicen los subordinados que juegan a ser sus amigos (según Buck Henry, sus íntimos le dicen Ner), semeja una pesadilla. El editor más exitoso del planeta rara vez sale de su casa y deambula el día entero en piyama. Su bebida favorita es la Pepsi (en los grandes días bebe más de veinte) y su platillo de lujo, el pollo frito. A nadie le extraña que en la feria de las celebridades Michael Jackson busque los huesos del Hombre Elefante y Elizabeth Taylor un diamante del tamaño de una angina. El plutócrata de las revistas que se leen con una sola mano podía escoger cualquier capricho. Sin embargo, su existencia en bata y pantuflas semeja una gripe de 30 años o ``un caso terminal de depresión'', como escribió Martin Amis. ¿Vale la pena tener un Olimpo particular para convertir la ambrosía en Pepsi? En primera instancia, no. Pero Hugh Hefner es el zar de la segunda instancia. Su mansión de California tiene en la puerta una placa de oro con la leyenda Si non oscillas noli tintinnare (si no oscilas, no toques). El mundo hace una pausa, traga saliva y se anima a conocer lo que Hef hace sin piyama. Sin embargo, para pasar el umbral no basta el arrojo. El huésped es escrutado por un sistema de video, un aparato detector de metales y una flotilla de guardaespaldas que sólo se distinguen de los humanoides de la ciencia ficción porque mascan chicle. Después de este protocolo de cártel del narcotráfico, se halla el paraíso donde Zeus se llama Hef. Obviamente, la manera más sencilla de conocerlo consiste en ahorrarse la molestia de ser famoso para recibir una invitación y sintonizar el canal de Playboy. La biografía de Hefner es, a fin de cuentas, la más pública de las vidas privadas. La diferencia básica entre él y los demás es estadística: se despierta a las dos de la tarde, ve cuatro películas diarias, tiene 48 habitaciones y una renovada dotación de 20 bellezas desnudables. ``¿Es esto normal?'', pregunta el adolescente que busca con dedos trémulos la página de Playboy en Internet. Por supuesto que no. Mientras el vulgo municipal se contenta con ver cuerpos cuyo único relieve es la grapa en el ombligo como un piercing accidental, Hefner vive en una Disneylandia hard core donde se puede ser el más pueril de los adultos, repleta de juegos eléctricos y tangibles mujeres en lencería. Cuando los Rolling Stones se hospedaron ahí, sólo Bill Wyman calificó como ``caballero''. ¿Qué significa esto en la mansión? Jugar al menos un partido de backgammon antes de lanzarse sobre una playmate.

``Hice mi revista por una sola razón: para coger mucho'', explicó el adorador de los pechos neumáticos en la entrevista que se concedió a sí mismo en enero de 1974 para celebrar el aniversario número 20 de Playboy. El próximo mes, el emporio cumplirá 45 años. A estas alturas, resulta imposible distinguir los productos de la corporación del estilo de vida de su dueño. Hefner es un paradigma de la intimidad convertida en relaciones públicas, un semental con agencia de prensa (desnuda a sus special ladies en la revista y da a entender que tiene un orgasmo por cada Pepsi.) A los setenta años, se ha convertido en profeta del Viagra (``es una droga recreativa'') y en el soltero senil más cotizado de Estados Unidos. Estamos ante una mezcla de James Bond, Casanova y Zeus. De 007, le apasiona la combinación de rubias serviciales y aparatos. Su rutina entera depende de la tecnología y comienza en una cama giratoria con mandos para ver películas o rotar a 38 revoluciones por minuto como un hit de los años sesenta. Gracias a su batería de electrodomésticos, este sociable eremita puede vivir sin pisar la calle y entretener a sus huéspedes. Con Casanova comparte la noción de que la mujer es un cuerpazo con senos poderosos (ambos son claramente tetacéntricos) y que vale la pena frecuentar a los grandes hombres para hablar de lúcidas frivolidades (entre sus cronistas se cuentan Gay Talese, Norman Mailer, Tom Wolfe y Martin Amis; entre sus invitados, Muhammad Alí, Joe DiMaggio, Sinatra, Count Basie, Nureyev y ¡Evtushenko!) Pero es a Zeus a quien más imita. En vez de rayos se sirve de botones y vive retirado en una caverna. Como el Zeuz del Monte Ida, que Eurípides retrató en Los cretenses, o como Tezcatlipoca, que formó el cielo en el centro de la Tierra, la deidad del conejo con corbata de moño vive alejado del sol y dispone de grutas dentro de su gruta. La más célebe es el jacuzzi donde recibe a sus elegidas.

Hefner se ha construido una matriz para no crecer, un ecosistema del infantilismo y el deseo primario. Que se haya salido con la suya en un siglo de represión e hipocresía es una buena noticia. El reverso de su existencia en piyama son las mujeres que un buen día pasan a la madurez, y que no tienen biografía.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1998/dic98/981206/sem-columnas196.html