DOMINGO BREVE

La memoria maestra

 

Juan Villoro

 

La Jornada Semanal, 31 de mayo de 1998


 

Acaba de aparecer en España Negra espalda del tiempo, la esperada novela de Javier Marías. Con temeridad casi suicida, el narrador ofrece una bitácora de íntimas certezas y desconciertos que añade registros decisivos a su obra y se aparta por completo de sus mayores éxitos de venta y crítica, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí.

Negra espalda del tiempo reflexiona sobre el autor y su circunstancia, las fronteras donde la realidad se encuentra con la ficción y la forma en que el novelista es alterado por su obra. En sus muchos borradores, el escritor cede espacio a algo que no le pertenece, acepta la perplejidad y el extravío, encuentra un camino que busca en secreto pero que sólo vislumbra al dialogar con su materia. Sin caer en raptos chamánicos, es válido decir que piensa a través de su escritura, y que es pensado por ella. El procedimiento es inseparable de toda narración; lo original, en el caso de Marías, consiste en novelarlo, en construir un artificio capaz de persuadirnos de que el texto y nuestra lectura transforman al protagonista, que casi por azar es el autor de la novela.

El disparador del libro son las coincidencias y confusiones provocadas por la publicación de Todas las almas, en 1989. Aquella novela tenía por protagonista a un profesor español en Oxford, y fue leída como una historia en clave de los años que Marías enseñó traducción ataviado con la prestigiada toga oxonense. Los colegas ingleses de Marías se sintieron retratados en la novela, se ofendieron al no reconocerse en esas páginas o se inventaron parecidos con personajes que sólo existían en la imaginación del autor. Todas las almas fue el primer libro que puso a Marías en contacto con el gran público y lo llevó a los ambiguos placeres de la sobreinterpretación; de modo sigiloso, los lectores atraparon al novelista en una red de misreadings y acabaron por brindarle una realidad afantasmada, donde se asemejaba cada vez más al protagonista que nunca pretendió ser.

Casi una década después, Negra espalda del tiempo se presenta como la operación opuesta: una novela sin ficción en la que Marías se asume como protagonista absoluto del relato y trata de despejar las sendas de sombra que de manera casi inadvertida recorría desde Todas las almas. Más que ante una trama definida, estamos ante un catálogo de obsesiones. La muerte, las ausencias que deciden por nosotros, el costado improbable de los recuerdos, lo que los sucesos callan cuando transcurren conforman la espalda del tiempo buscada por el narrador. Marías avanza sin brújula rumbo a esa orilla insólita; desconoce lo que va a decir y es el primer sorprendido de las conexiones que entrega su novela.

El sentido del suspenso, resorte esencial de Corazón tan blanco o Mañana en la batalla, cede su sitio a una pesquisa intelectual, dominada por los gustos literarios y los hábitos de quien ve el mundo como una vasta oportunidad narrativa. Marías dedica varios capítulos a indagar las oscuras circunstancias en las que murió Wilfrid Ewart, un novelista menor, aunque célebre en su tiempo, que llegó al país del águila y la serpiente en busca de una cura para la mano que ya no lo obedecía al escribir. No sabemos si Ewart experimentó en tierras de la Coatlicue la fascinación tantálica de Lawrence, Burroughs, Lowry o Bierce (quien en su última carta escribió: "Ah, ser un gringo en México; eso es eutanasia''), lo cierto es que su biografía termina como el comentario más dramático sobre la mexicana alegría. Fue alcanzado por una bala perdida por alguien que celebraba el Año Nuevo de 1922 en el DF. Ewart no veía con ese ojo y resulta una rebuscada ironía que aquella bala fuera el único contacto que su globo ocular tuvo con su cerebro. Para recrear el destino de Ewart, Marías se apoya en una correspondencia de casi diez años con Sergio González Rodríguez. En complicidad con el autor de El centauro en el paisaje, inventa a otro corresponsal mexicano, Rafael Muñoz Saldaña, quien recorre los archivos de El Universal y Excélsior y aporta pistas, siempre perturbadoras y siempre insuficientes, acerca del escritor inglés. Como en su relato sobre Elvis en Acapulco, Marías evoca con fortuna un país en el que nunca ha estado y demuestra que no hay mejor vía de conocimiento que la ficción.

El libro también incluye el trato del autor con Juan Benet, una viñeta del dictador y falso almirante Franco, tan lograda como la del Rey Juan Carlos ("Only the lonely'') en Mañana en la batalla, y algunas rencillas editoriales destinadas a mostrar que, a pesar de su éxito contundente, el novelista custodia con esmero el sentido de la irritación.

Negra espalda del tiempo es la puesta en escena de una mente. Como Fridyes Karinthy en su Viaje alrededor de mi cerebro, Marías no escatima ningún detalle introspectivo, y algunos internistas españoles se han apresurado a diagnosticar dolencias marianas que van del solipsismo al narcisismo. En la tensa relación que Marías mantiene con su patria, nunca han faltado los cargos de "extranjerizante'' (o "angloaburrido'', como escribió Francisco Umbral); ahora, la arriesgada apuesta de Marías corre el albur de ser estudiada como un problema de carácter y no como un asunto literario. Es cierto, Marías está ante el espejo, pero lo decisivo no son sus modales sino la forma en que se convierten en estilo literario.

Un pasaje memorable resume la tentativa del autor. Las lámparas de día son la mejor forma de calibrar el arbitrario decurso del tiempo: "las incongruentes luces todavía encendidas bajo el sol que avanza y las hace patéticas e insignificantes [atestiguan] que existió lo que ha cesado''. Negra espalda del tiempo brinda el impensado reverso de lo que acontece, el sustrato esencial de la novela, la luz fuera del tiempo, donde perdura lo que ya ha cesado.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1998/may98/980531/sem-columnas.html