La Jornada Semanal, 26 de diciembre de 1999



Juan Villoro

DOMINGO BREVE

La mente del arquitecto

Los recuerdos de la primera infancia son modificados por lo que queremos ver en retrospectiva. En su memoria más remota, Julio Cortázar veía un bulto que se inclinaba sobre su cuna. Aquella criatura de sombra podía ser su madre o el padre fugitivo. El escritor la convirtió en una advertencia primigenia: lo real se confunde con lo fantástico y el espanto comienza en el más tibio de los rincones.

La arbitraria pesquisa de una imagen fundadora me sitúa en un parque ante una fuente inconmensurable. El recuerdo es difuso; no distingo si se trata de una estructura escalonada o de una muralla de la que brota el agua. Lo decisivo es que los chorros surgen en distintos niveles. Estoy ante una caprichosa arquitectura; un edificio imaginado para escupir agua.

Años después le hablé a mi madre de ese paisaje que quizá había soñado. ``Es la Fuente de los Mil Chorros; la viste a los dos años, cuando vivíamos en Guadalajara.'' Sobra decir que el sitio auténtico no podía estar a la altura de mi perplejidad infantil ni de su nombre de fábula.

Según Nabokov, el destino es un ``fantasma sincronizador''. Mi primer recuerdo -el aire donde dibuja el agua- ha vuelto una y otra vez ante la obra múltiple de Fernando González Gortázar, el arquitecto de Guadalajara que inventa modos de que el espacio se convierta en fuente.

González Gortázar ama tanto la naturaleza que la manda de vacaciones a sus edificios: colocó palmeras subterráneas en la Estación Juárez del tren ligero y jardines aéreos en las columnas interiores del Edificio San Pedro. En la Plazuela Palmas, de la Ciudad de México, creó un monumento de pasto, que sube y baja en ondas de surfing y alude de modo juguetón al inquieto subsuelo de la capital. Su mirada orgánica lo lleva a planear casas en relación con el crecimiento de las plantas. Sus balcones tienen una cita con los bambúes que llegarán ahí dentro de quince años. A contrapelo de quienes piensan que la arquitectura es un arte quieto, diseña rutas para moverse entre sus obras. Su proyecto para un Monumento a la Independencia está atravesado por una carretera -un laberinto de la soledad automotriz- y su Paseo de los Duendes, en Monterrey, permite que los peatones viajen sobre los coches. Si Gabriel Zaid concibió una poesía para leer en bicicleta, González Gortázar concibe una ciudad donde los ciclistas son un hecho estético.

El libro que Manuel Larrosa dedica al arquitecto y escultor tapatío ofrece una visión inmejorable de un pensamiento crítico, que avanza por vía de la polémica. En una plaza pública, un centro comercial, una cárcel o un museo, González Gortázar encuentra opciones de que lo nuevo dialogue en forma tensa y complementaria con la tradición. Manuel Larrosa toma en cuenta proyectos potenciales, que se llevarán a cabo ``uno de estos siglos'', y obras ya construidas y alteradas por los embates del tiempo (la escultura La Espiga, pintada en rojo y blanco para contrastar con el cielo de la ``región más transparente'', tuvo que repintarse en morado y naranja para combinar con las nubes enfermas de la capital de fin de siglo).

Para González Gortázar, el pasado es una cadena de modernidades. Toda tradición reclama una arriesgada intervención, un original presente que la justifique. En ocasiones, las novedades de González Gortázar vienen de muy lejos: sus serigrafías geométricas han incluido destellos pop que provienen de lentejuelas de chinas poblanas; en el museo de Dzibilchaltún, aceptó el influjo estilístico de los pictógrafos mayas y creó bajorrelieves con manchas de jaguar, el devorador sagrado del sol. Su respeto por lo preexistente pasa por la mineralogía (una de sus fuentes baña monolitos donde la lentísima erosión de la materia practica cortes futuristas) y la topografía (como observa Larrosa, en el Centro de Seguridad Pública de Guadalajara ``logró meter la Barranca de Oblatos al edificio'': los reclusos encaran un horizonte a un tiempo abierto e inexpugnable).

Fernando González Gortázar es una rica bitácora para navegar por las aguas sin rumbo fijo de un inconoclasta. Con devoción por el detalle, Manuel Larrosa analiza proyectos y construcciones y los sitúa con humor en la veleidosa sociedad que los rodea. González Gortázar trabaja en un entorno voraz donde la destrucción supera con creces a la edificación. Estamos, según escribe Larrosa, ante ``la ciudad devastada por lo imaginado incumplido; justo lo contrario de lo que siempre había sido: la realización de lo imaginado''. En tiempos de falso cosmopolitismo, ``una caravana de nómadas'' vende ``bisutería arquitectónica''. Ante el kitsch callejero, que no responde a otra musa que la especulación inmobiliaria, Larrosa propone al arquitecto como ombudsman de la comunidad. González Gortázar es algo más que un mediador; los años le han dejado voz y aspecto de profeta; en sus apasionadas prédicas, lo realizable es tan importante como lo imaginario. Su célebre exposición de 1970 llevó el título de Fracasos monumentales, no como un autoescarnio sino como un desafío: la creatividad vencida en el presente reclama su sitio en los años por venir. Tres décadas después, algunas zonas privilegiadas de la realidad se parecen a los sueños de González Gortázar.

Larrosa opina que el protagonista de su libro no ganó cierto concurso porque en el jurado no había niños. Una vez más tiene razón. El arquitecto que bautizó sus serigrafías como Maromas asume el espacio con ánimo de juguetería. Así lo atestiguan los niños de Madrid que pasan en bicicleta bajo una de sus fuentes y así lo atestigua un niño que no recuerda nada anterior a una mañana de Guadalajara donde el agua fue una escultura de mil chorros.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/dic99/991226/sem-villoro.html