Domingo Breve

La nostalgia de tener pies

Juan Villoro

La Jornada Semanal, 22 de noviembre de 1998


 

Tengo la impresión, en modo alguno avalada por la estadística, pero no por ello menos insistente, de que nuestros pies se han vuelto menos importantes. En mi infancia, todo mundo lucía preocupado por la forma en que el cuerpo se terminaba para entrar en los zapatos; la gente se quejaba de juanetes y uñas enterradas; las clases de gimnasia o el servicio militar se interrumpían de un modo reverente ante alguien aquejado de pie plano; los niños usábamos botines ortopédicos con la misma constancia con que hoy se usan Nikes o Adidas; en cada camión había un anuncio de pomada contra el pie de atleta, y en cada colonia, un dispensario más o menos misterioso en el que un hombre de bata blanca se servía de un cosquilleante esmeril para pulir callos. Las clínicas y los productos del Dr. Scholl prosperaban en ese tiempo donde nadie caminaba muy seguro y donde los dedos siempre ofrecían pretexto para poner curitas.

Acaso se deba a mi falta de frecuentación social, pero hace mucho que no oigo a nadie quejarse de sus pies. ¿Cambió tanto la fisonomía en un par de generaciones? ¿Los zapatos blandos acabaron con la necesidad de usar plantillas punitivas? Durante años, los hombres trataron a sus pies como objetos de reformatorio. En aquel mundo conflictivo, también los zapatos debían ser domados; era común comprar prendas de cruel empeine para mandarlas a purgar condena con un zapatero; durante semanas, el calzado vivía en un islote del diablo, sometido a las hormas del torturador.

Nuestro tenso contacto con el suelo ha cambiado mucho. Aunque el transporte urbano sigue promoviendo lociones contra los hongos y el mal olor, los pies parecen haberse aliviado para siempre de molestias que quizá sólo se debieron al calzado pobre y a la costumbre de vigilar en exceso la frontera final de nuestro cuerpo.

Las preocupaciones fisiológicas tienen un curioso modo de pactar con las costumbres. Pensemos, si no, en las escupideras. En los años cuarenta, la oficina de un abogado incluía sillones de cuero color borgoña, paredes de caoba y sólidas escupideras de cromo en los rincones. Este trasto no sólo representaba confort sino incluso elegancia. Sería absurdo pensar que un hombre de entonces tenía más flemas y saliva que el yuppie posmoderno. No, sencillamente la época prestaba mayor consideración al impulso de escupir, y diseñó un recipiente normalísimo para este desfogue. Como toda oferta crea su propia demanda, podemos inferir que cuando la última escupidera salió del mercado, la gente pensó menos en lo que podía salirle de la garganta.

Otra molestia corporal que parece conjurada es la de sufrir con los vientos encajonados y domésticos que llamamos chiflones. ``Le dio un aire'', esta frase meteorológica explicaba a la abuela postrada en una cama, bajo seis cobijas que sólo se retiraban para renovar la bolsa de agua caliente. No creo que la contaminación haya serenado los vientos traicioneros que entran a las casas; tan sólo nos olvidamos de esos huracanes a domicilio, y dejamos de sufrir sus daños.

Buena parte de nuestras molestias no son sino supersticiones culturales, y nuestros remedios, formas de aplacar la conciencia. Uno de ellos fue la peculiar manía de vendarse. No me refiero, por supuesto, a la camisa hecha jirones ni al torniquete que salva a un atropellado, sino al vendaje caprichoso, hecho para ``sentirse bien''. Los tranvías de mi infancia siempre llevaban pasajeras de piernas robustas, cubiertas por medias color tabaco que dejaban ver un vendaje honesto, de momia legítima. Las mujeres lucían saludables, pero se sentían mejor con esas prendas de enfermería. Tal vez se protegieran menos del reumatismo que de la mirada ajena y acaso sucumbieran a un deseo paciente y sanitario, el de ser infinitamente desvendadas. En todo caso, se trataba más de un recurso de cortejo o exorcismo que de un primer auxilio.

Cuando los pies eran dramáticos, yo tenía cuatro años y pasaba horas en la tina. De acuerdo con el espíritu de la época, le puse a mi pie izquierdo Víctor y al derecho Pablo. Años después escribí un cuento sobre el tema, ``Yambalalón y sus siete perros''. Más allá de las interpretaciones y las etimologías freudianas (Edipo: ``el de los pies atados''), la anécdota es representativa de un clima donde no había muchos juguetes y, sobre todo, donde los pies tenían historia. Abrir un botiquín de entonces significaba descubrir tijeras curvas y punzones de pedicurista, piedritas para pulir callos, rondanas acolchonadas para los ``ojos de pescado''.

Ahora que los pies parecen maravillosamente libres de prejuicios y trotan enfundados en tenis de diseño industrial, conviene recordar que no hace mucho fueron vulnerables y veleidosos, representantes de una raza mal acabada que soñaba con criaturas imposibles, princesas de pies pequeños y perfectos.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1998/nov98/981122/sem-columnas194.html