La Jornada Semanal, 14 de noviembre de 1999
Las conocidas polémicas de Ferucho Cazzoti han desembocado en un psicodrama: especialistas más o menos lacanianos critican su concepción de la literatura como un producto para "sanar y dormir". El más turbulento espíritu de la literatura ha hecho del tedio un puñal de ataque: "renuncié a la provocación abierta; necesito aburrirme para crear". Su más reciente panfleto, "En defensa del bostezo", debe leerse en piyama.
No se confunda este viril elogio con una crítica emboscada. El propio Maestro reconoce que perdió el tiempo y el pelo tratando de despertar conciencias. Al ver los resultados, descubrió que lo importante era dormirlas. En franco acuerdo con este aserto, concluyó una conferencia en Montevideo con ronquidos que suscitaron una ovación de pie.
¿Quién es el hombre que encabeza la horizontal corriente de la narcolepsia literaria? Ferucho Cazzoti nació en Buenos Aires, en 1956. Si hemos de dar crédito a su inventiva autobiografía, pasó su infancia entre liebres de la Patagonia y chamanes que lo adiestraron en el mesmerismo. De vuelta en Buenos Aires, escribió radioteatros y saltó a la fama como comparsa de una mujer señalada por las luces negras del pop, una pálida anunciadora de MTV latino, que se dirige a los espectadores como si quisiera contagiarles algo pésimo. El romance estimuló a los gacetilleros. Así, el mundo supo lo siguiente: Cazzoti había nacido en el año de Miguel Bosé, era un estupendo mezclador de martinis y podía hipnotizar conejos sin otro aditamento que el fistol de una corbata. Los datos, que quizá no describan a un imbécil, se repitieron en las revistas del corazón hasta que la anunciadora agregó con sus célebres labios morados: "Ferrucho también es escritor."
La frase, destinada a saciar la voracidad mediática que acompaña a una mujer en eterna sospecha de anorexia, fue recogida por Zyntagma, bastión de los narradores vestidos de negro que se atreven a odiarse a sí mismos en cada número. Esta fértil publicación retó al novio de la diva grunge a enviar un inédito. Ferrucho Cazzoti capituló. Hasta entonces, el hábil hipnotista oficiaba en circos orilleros y sólo ejercía la escritura por vía indirecta: sus clientes escribían por él. La función de Cazzoti consistía en implantar ideas, sensaciones, la esquiva fragancia de una flor, en la ruda mente de los hipnotizados para que tiempo después sintieran la pulsión de escribir. De esto habló en su "Primer Manifiesto de la escritura nocturna", publicado por Zyntagma. Con amena intertextualidad, invitó a renunciar al vanidoso yo narrativo: la literatura por venir sería diferida o no sería. El artista debía volver a sus orígenes: la humilde faena del chamán, del brujo sagrado. Sin citar en exceso a Menotti, el panfletista torpedeaba: "Son los otros los que deben anotar; yo me limito a burlar a todo el equipo contrario para darles el pase de gol." Así encendió su primera polémica. MTV lo invitó a dormir espectadores por televisión y a los pocos días se reportaron 258 textos escritos bajo la influencia del taumaturgo en géneros inclasificables (algo que Cazzoti consideró buenísimo: resultaba un fastidio que las palabras se esforzaran por comparecer en un soneto o un cuento: la escritura era un fluido ajeno).
En nuestro mundo nada se reparte mejor que la envidia y no sólo los más oscuros tinterillos trataron de "poner a parir" al sólido vanguardista. Cazzoti salió indemne de cualquier ataque. A contrapelo de una época que lo tentaba a consolidar su importancia mudándose a Nueva York, fijó su residencia en Yucatán. Su siguiente gesto no pudo ser más asombroso. Harto de sí mismo, escribió una novela capaz de conmover a los cinco jurados del Premio Internacional Medea: Entonces Gardel agarró y se fue, obra de recio sentimentalismo, donde el inolvidable Carlitos canta bambucos yucatecos. Ferrucho Cazzoti dejó de ser el hipnotista metaevangélico que conciliaba a las catacumbas de la vanguardia con las multitudes de MTV, y fundó la corriente extraslim de la literatura: "lo light se ha vuelto denso". En su propositiva simpleza, Entonces Gardel agarró y se fue logró que, por odiosa pero necesaria comparación, las novelas de Isabel Allende parecieran desgarradas, complejas, maravillosamente escritas. Según escribió el crítico colombiano Matías Restrepo: "Cazzoti encumbró el peor estilo en obra maestra." Sin vacilaciones, el novelista de moda confesó que aspiraba a "la sublime turbación de una demagoga recién divorciada". No hablaremos del acaudalado film ni de la discografía que orbitaron el éxito de Entonces Gardel agarró y se fue. Baste decir que tocaron suficientes fibras sensibles para demostrar que América Latina estaba ayuna de llanto llorado con ganas y que los novelistas de la edad de Cazzoti se habían extraviado en el saturnismo.
Ahora, el joven Maestro ha vuelto a dar ejemplo. Renunció a los fastos del genuino bestseller y pergeñó Lexotango, un continuo (decirle "novela" sería una vulgaridad inmerecida) diseñado para dormir. El nuevo portento de Cazzoti es refractario a la lectura. Imposible encarar sus cinceladas páginas sin sentir un sedante efluvio.
Las lenguas viperinas de un continente bárbaro han propuesto que Lexotango se venda en las farmacias. Nosotros, que con idéntica felicidad cursamos los performances hipnóticos de Cazzoti y la valiente sensiblería de su periodo extraslim, nos aprestamos a dormir entre sus páginas.
Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/nov99/991114/sem-villoro.html