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JUAN VILLORO. Escritor mexicano.
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Entre las novedades de las elecciones que el 2 de julio
transformaron a México, destaco una esencial: el principio de incertidumbre. Durante
71 años habíamos sabido quién iba a ganar. En ocasiones, la competencia
ni siquiera resultaba necesaria. Cuando voté por primera vez, en 1976, sólo
hubo un candidato a la presidencia: José López Portillo, del PRI.
Quizá porque las noticias fundamentales casi siempre son malas, los mexicanos
nos reunimos en tribus para recibirlas. A las tres de la tarde, 15 parientes comían
"carnitas" en mi casa. La reunión se improvisó para sobrellevar la
tensión de unos comicios con varios desenlaces posibles. Para matar el tiempo,
hice lo que los especialistas llaman "conteo rápido": 14 familiares
habían votado por Vicente Fox, candidato a la presidencia del Partido Acción
Nacional. Debo decir que esa mesa con cerdo bañado en salsa verde era hasta
hace unas semanas un bastión de la izquierda representada por Cuauhtémoc Cárdenas.
Para el domingo, sólo uno de los encuestados (yo) apoyaba a Cárdenas con tesón
suicida. Lo más revelador es que la decisión de los conversos se tomó
a última hora, y muchas veces en la misma casilla, con crayón tembloroso y
rictus de psicodrama.
Si la oposición se hubiera presentado a los comicios en bloque amplio, le habría
facilitado las cosas a nuestro libre albedrío. Pero no fue así y hubo que
decidir. La balanza se inclinó por quien representaba el mayor peligro para el
PRI, así fuera un ex gerente de la Coca-Cola, de perennes botas vaqueras y
proselitismo forjado en cursos básicos de "calidad total". Más allá
de las promesas (que se discutieron poco), la prioridad fue la alternancia, el repudio
a un sistema basado en la corrupción, la impunidad y el tráfico de influencias.
Así se constituyó la fuerza dominante del 2 de julio, el "partido del
hartazgo", como lo llamó Carlos Monsiváis.
Creerás en milagros
Con todo, en la mañana resultaba imposible intuir que Fox arrasaría en la mesa
de mi casa y en el resto del país. Los vaticinios apuntaban a una contienda
cerradísima.
Muchos votamos en escuelas, rodeados de dibujos infantiles, croquis del cuerpo
humano y mapas del país. El escenario sugería algo certero: éramos aprendices
de demócratas; por vez primera, el voto formaba parte de nuestra biografía. Lo
más entusiasmante de la jornada fue el hecho mismo de votar; el proceso superó
con creces las iniciativas partidistas. De modo implícito, los mexicanos
elegimos el domingo al Instituto Federal Electoral, que celebró las primeras
elecciones autónomas para presidente y desterró el fantasma del fraude. Se
trata de un logro paciente, con una logística que rebasa cualquier producción
cinematográfica (los 50.000 lápices que los estudios Disney usaron para
dibujar "El príncipe de Egipto" apenas compiten con los 2.304.000
crayones destinados a rubricar las voluntades en nuestras casillas). Entre las
estadísticas operativas, deberían figurar los cuatro puros diarios de José
Woldenberg, presidente del IFE. Al hacerse cargo de su puesto, el antiguo
militante de la izquierda descubrió que requería de una cortina de humo para
no perder la calma en reuniones eternas y turbulentas. Se convirtió así en el
único mexicano que fuma por razones cívicas. No es fácil construir la
confianza en un país donde el partido oficial usurpa los colores de la
bandera en su emblema y usa al arquero de la selección nacional en su campaña.
Había que diseñar y vigilar elecciones para casi 59 millones de votantes en un
territorio donde el suministro de energía eléctrica es tan temperamental como
el joven Werther y donde el narco resuelve sus polémicas con ametralladoras
AK-47. Pero la organización y la credibilidad fueron milagros posibles.
Cuando Woldenberg apagó el último puro del 2 de julio, el horizonte estaba
despejado.
El nombre más repetido en el padrón electoral es el de Juan Hernández Hernández
(2.414 veces). La contienda se vislumbraba tan reñida que los votos del clan
Hernández podían significar la diferencia. Sin embargo, a las ocho de la noche
todos los sondeos daban el triunfo a Fox. El último bastión electoral del PRI
son las serranías, donde puede comprar votos y maquillar resultados en casillas
sin vigilancia. Muchos temieron la siguiente pesadilla: dormirse el 2 de
julio con la certeza de que Fox había ganado y amanecer el 3 con la nueva de
que el voto rural (cuyo conteo es más lento) había producido una remontada
legal del PRI. Un guión idóneo para citar a Augusto Monterroso: "Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Apenas dos horas después
del cierre de las casillas, el triunfo de la oposición conservadora era tan
contundente que tal vez los priístas adictos al fraude pensaron en disminuir
sus votos para adaptarse a la inobjetable fuerza de las encuestas.
La primera elección que condujo a la alternancia también fue la primera
determinada por las encuestas. Durante meses extenuantes, más que los programas
de los contendientes, se discutió quién iba a la cabeza. La propaganda le dio
la razón a Borges y convirtió nuestra incipiente democracia en un abuso de
la estadística. Los oráculos de la modernidad declararon que sólo Fox tenía
posibilidades de triunfo y el PAN ganó adeptos tardíos por razones aritméticas.
Mientras tanto, en los mitines de apoyo a Cárdenas, los irreductibles mostraban
una pancarta: "A mí no me han encuestado".
Un hombre rudo
En la noche del 2, la revista Letras Libres organizó una reunión para
rescatar a sus colaboradores de la penuria de recibir noticias en soledad. De
nuevo hice un "conteo rápido": un voto para Cárdenas y ocho para Fox
(cuatro de ellos decididos en la última semana y uno ese día).
Fiel a su aura de hombre rústico, Fox votó en su rancho y luego se
dirigió a la capital. Corría el rumor de que vendría a caballo o, para ser fiel
a las contradicciones que representa, montando a caballo dentro de un avión.
Los desafíos que enfrenta su mandato son descomunales. La administración de
Zedillo, que sólo cree en el dios de la macroeconomía, le entregará cifras
globales en orden y una sociedad devastada por la desigualdad social. Chiapas,
el desfalco bancario protegido por el gobierno, un severo conflicto
universitario. Además, el país tiene los más nefastos contrapoderes:
los capos de la droga son dueños de buena parte de la economía y, como en
Rusia, los mandos policiales despedidos por cargos de corrupción se han
incorporado a la sociedad civil a través del crimen organizado. Las enormes
expectativas que despierta la alternancia tendrán que cumplirse en un escenario
convulso, donde aún no queda muy claro cuál será el papel del PRI. ¿Es
posible que un instituto político cuyo único móvil ha sido conservar el poder
integre una oposición moderna y constructiva? Más que un partido, el PRI es la
mayor bolsa de trabajo de América latina, una forma de hacer negocios a través
de la política. Los priístas han aceptado proyectos rotativos y
contradictorios con tal de sentarse en la silla presidencial. El más reciente
fue el de prometer una alternancia sui generis. Francisco Labastida se presentó
como improbable candidato contra su propio partido y habló del "nuevo
PRI".
Esta estrategia gatopardista proponía llevarnos al país de la transición
institucional, donde el cambio fuera una meta siempre pospuesta. El PRI ha
perdido y sus miembros debutan como desempleados. Muy a la mexicana, vivimos
la alegría de un funeral con la esperanza de que los muertos se queden quietos
y no regresen como ánimas en pena.
Vicente Fox encara la titánica misión de inaugurar una república con libre
juego político donde haya sitio para los que no votaron por él. Es un
personaje carismático, valiente, impredecible, impulsivo, entusiasta, maniqueo,
inestable, inculto e incansable. Se parece muy poco a su partido, que es cauto,
mojigato y convencional. Tal vez el tiempo lo convierta en caudillo o contribuya
a matizarlo. Por el momento, sus logros son inauditos. No sabemos si el cambio
traerá un venturoso porvenir, sólo sabemos que el porvenir exigía un cambio.
La transición ha comenzado.
Encontrado en: http://www.clarin.com.ar/diario/2000-07-05/o-02101.htm