La Jornada Semanal, 8 de agosto de 1999
Las
últimas palabras de Fernando Pessoa tuvieron el mismo sentido pero un tono más
atemperado que el rotundo ``luz, más luz'' de Goethe. En la frontera con la
muerte, el poeta portugués solicitó con humildad: ``dénme mis anteojos''. La
narrativa de Sergio Pitol se funda en el principio opuesto: no busca aclarar
sino distorsionar lo que mira. Según relata en El arte de la fuga,
extravió los anteojos a su llegada a Venecia, la ciudad de sus antepasados. La
evidente teatralidad de los puentes y los canales venecianos cobró en la
nublada vista de Pitol un carácter aún más espectral. Horas después, cuando
ya resultaban inservibles, los lentes aparecieron en la maleta donde habían
sido olvidados con toda conveniencia.
Pitol procura las líneas de sombra y atesora los malentendidos como un dramaturgo de la comedia del arte. En ``El oscuro hermano gemelo'' describe una cena donde las conversaciones más interesantes le llegan del lado izquierdo, es decir, por el oído con el que no escucha: gracias a su sentido de la suplantación, urde frases fantasiosas a partir de las voces rotas que arriban del lado erróneo de la mesa. Esta capacidad de trascender el entorno lo aleja del realismo mimético y lo lleva a interesarse, no en lo que ocurre con parda conformidad, sino en lo que podría ocurrir. Su cuento ``Mephisto-Walzer'' es una puesta en escena de numerosos relatos potenciales y su novela El tañido de una flauta, una exploración sobre los misteriosos recursos con que el arte transfigura el destino.
El Tríptico del Carnaval condensa y afina estos recursos. El convoy acaba de ser lanzado por Anagrama, con un texto liminar en el que Antonio Tabucchi busca señales de tránsito para acceder a la poética de su admirado colega. La trilogía debe su unidad al espíritu de mascarada y de festiva escatología (los fines últimos que reúnen a los personajes con la bajeza que deseaban evitar). Por su estructura, las tres novelas representan ángulos contrastados, casi opuestos. En El desfile del amor, un historiador indaga sucesos ocurridos en 1942, cuando la Ciudad de México era una Babel de refugiados políticos, pero se estrella con las versiones discordantes de los testigos. Un mismo hecho de sangre es narrado con tal variedad de matices que conforma una saga de enredos. La verdad es devorada por la ficción; captar esos episodios movedizos no es tarea del testimonio sino de la novela. De esa maraña de recuerdos encubridores emerge el retrato ficticio y fidedigno de una época. El desfile del amor es un tratado indirecto, sumergido, sobre la forma en que surge la verosimilitud literaria. Como Musil y Broch, Pitol sabe que el genuino protagonista de una novela moderna no es el héroe que encarna un destino ejemplar, sino el ruido complejo y disperso de la vida que lo rodea, la bruma que sólo se percibe sin anteojos, las palabras sueltas que llegan a un oído débil y receptivo. En cuanto a la trama, su estrategia consiste en pasar de una interrogante a otra para generar un dispositivo de historias sin término. Aunque posee tensión de thriller, El desfile del amor no podría tener un desenlace. Metáfora de México, retrata una sociedad donde la verdad es impronunciable y toda explicación pública, un simulacro. Pitol traza un símbolo impecable de la política mexicana y su modo de operar en el secreto.
El reverso de esta situación es el incontenible desahogo de Dante C. de la Estrella en Domar a la divina garza. La segunda novela del Tríptico está organizada como monólogo teatral. Una familia pretende pasar una tarde armando un rompecabezas en Tepoztlán, cuando recibe la indeseada visita de un charlatán. Empieza a llover y Dante se siente con licencia para quedarse a contar su historia. Así transcurre el episodio con mayor carga paródica del Tríptico. Burócrata con aspiración a lo sublime, hombre de una cursilería sólo mitigada por su mala leche, Dante es un impresentable que divierte a pesar de sí mismo. Si, comoÊquería Leopardi, nada explica tanto a una cultura como la historia de su risa, Domar a la divina garza es la enciclopedia nacional donde los lugares comunes se vuelven bromas ácidas, el estupidiario flaubertiano donde las aspiraciones de la mediocridad son estallidos risibles. Hay muchas clases de humor y el de Pitol es vindicativo: los triunfadores de rutina se transfiguran en fanfarrones de gran guiñol. El procedimiento llega a sus últimas consecuencias en La vida conyugal, donde una pareja burguesa, atada al PRI hasta en su vida gástrica, basa su relación en la capacidad de sobrevivir a sus intentos de asesinarse. Pitol narra ahí el reverso de Mi enemigo mortal, la obra maestra de Willa Cather. Si la escritora norteamericana cuenta una trama sosegada que sólo en la última página deviene historia de horror, nuestro gran parodista ofrece una sórdida mascarada que no es sino el idilio de dos seres que se merecen uno al otro.
Pitol cree, sin cortapisas ni atenuantes, en la fuerza socrática del conocimiento. El arte de la fuga, su bitácora de sueños, viajes y lecturas, es uno de los mejores logros de nuestra ilustración literaria. Sin embargo, su confianza en el arte carecería de savia fresca sin el deseo de encarar lo que los días tienen de más turbio ycorruptible. En el párrafo magistral con que cierra su Prólogo al Tríptico del Carnaval, dice que, ante el espejo, trata de aparentar que sus arrugas son muecas, como si los trabajos del tiempo fuesen atributo de su voluntad. La pulida superficie de azogue carece de autoridad ante quien acepta conocer el mundo por sus impurezas.
El Premio Juan Rulfo acaba de ser concedido al novelista que finge que la originalidad es resultado de su mala vista. Sergio Pitol escribe para mantener esta simulación, y cede a sus lectores el placer de descubrir que los gestos salidos de su espejo son un prodigio perturbador yresistente.
Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/ago99/990808/sem-villoro.html