DOMINGO BREVE

Rock contra el reloj

 

Juan Villoro

 

La Jornada Semanal, 7 de junio de 1998


 

a Oscar Sarquiz, en sus 50 años de rock

En los años sesenta, la juventud dejó de ser una condición biológica y se convirtió en categoría cultural, es decir, en un oficio más agradable que digno. Los numerosos caprichos de una generación reinventaron el arte de hacer negocios: por primera vez, la chaquira tuvo un mercado donde los compradores y los vendedores no pertenecían a ninguna etnia.

Una época regida por el eslogan "prohibido prohibir'' tenía que ser altamente exploratoria, y no es de extrañar que en ella abundaran los más indiscriminados catadores. En los Andes venezolanos, donde los pastores de humor melancólico recurren al díctamo real (antecedente naturista del Prozac y del Viagra), los excursionistas de la clase media buscaron estímulos más fuertes, como el hongo alucinante que crece en el excremento del ganado. La verdad, no es fácil imaginar las circunstancias en las que actuó el primer micófago andino. Lo cierto es que los sesenta fueron años capaces de popularizar las visiones salidas de la boñiga.

Un problema secundario de aquella época es que quedan fotografías. Los desaforados de otros tiempos podían fumar opio, nadar desnudos y rendirle religiosa pleitesía a una trucha sin dejar rastros de sus desfiguros. En cambio, los veteranos de los sesenta tuvieron amigos dispuestos a hacerles el dudoso favor de retratarlos con pelo afro y camisa de anémonas, bajo el efecto de alguna sustancia que ponía los ojos en salmuera o embarrados de todo durante una danza medio cósmica de la que no debió quedar otro saldo que una pulmonía. Abrir un álbum de ese entonces es una oportunidad de castigo equivalente a ver una vieja película de Godard. ¿Es posible que nos pareciera esencial algo así de ridículo? En el cruel presente, usar un pantalón de pata de elefante a la cadera resulta tan cuestionable como filmar filosofemas.

Es obvio que todas las épocas fenecen; sin embargo, quienes tuvieron el viento a su favor en la era del pop y la psicodelia, enfrentan severos problemas de ajuste en la vejez. La juventud fue un artículo de fe y la nostalgia no basta para compensar su pérdida. El desafío superior de la flower generation, que en México se graduó en Avándaro y el eclipse en Miahuatlán, consiste en mostrar vitalidad contra la norma. Los grandes chamanes de la tribu comparten el predicamento y han ofrecido himnos para la crisis de mediana edad, del optimismo sin freno de Bob Dylan (Forever Young) a la vengativa sensatez de Neil Young (en Rust Never Sleeps lo valioso perdura como el óxido que no deja en paz a los metales), pasando por el empate existencial de Jethro Tull (Too Old to Rock'n' Roll: Too Young to Die). Contra toda expectativa, el rock se ha transformado en un manual de envejecimiento. Revisemos algunas de sus fórmulas para lidiar con los mezquinos trabajos de Cronos. 1) El caso Jim Morrison, el más drástico de todos: morir antes de la horrenda madurez y cautivar la memoria de los otros como alguien eternamente menor (en su imaginaria entrevista con Rolling Stone, escribe Rafael Pérez Gay: "Voy a cumplir cuarenta y [Morrison] sigue teniendo veintitantos: entre más tiempo pase, más posibilidades hay de que yo haya sido su padre''). 2) El caso Leonard Cohen, ser idéntico desde el principio, siempre intenso, siempre aburrido, siempre triste (la ropa negra ayuda mucho). 3) El caso Rolling Stones: ser un viejo de mierda a los cuarenta y un fascinante viejo de mierda a los cincuenta. 4) El caso Michael Jackson: asumir la edad de tus mutaciones.

El sábado 23 de mayo estas formas de la obsolescencia se presentaron en el vestíbulo del Teatro Metropólitan. Los seguidores de Steve Windwood intercambiaron cortesías geriátricas ("¡qué bien conservado estás!'') y alardes nemotécnicos ("¡hace 23 años que no nos veíamos!''). Una hermosa amiga recibió este extraño cumplido: "¿Dónde compraste tus pestañas?, ¡parecen de verdad!'' De sobra está decir que sus pestañas son de verdad, pero en ese entorno lo real resultaba tan sospechoso que muchos espectadores pasamos la mitad del concierto tratando de decidir si los senos de una chica que no dejaba de bailar eran tan verídicos como su wonderbra.

En la fila 17 todos los aficionados se parecían a Manuel Lapuente. Es obvio que la gente tiene derecho a engordar, perder el pelo y bailar como quien se ahoga en una alberca de fisioterapia. Los seres agitados por una melodía de 1969 eran inocentes de toda ofensa. Lo malo es que se parecieran tanto a nosotros. Su vejez operaba como espejo y profecía.

Pero el tiempo también es generoso y entrega insólitas compensaciones. Por ejemplo, oír a Credence Clearwater Revival en los setenta era lo menos chic del mundo; en cambio, seguirlos oyendo es un acto de justicia; fieles a las raíces del rythm & blues, sobreviven mejor que grupos envejecidos a fuerza de pretenderse novedosos (Emerson, Lake & Palmer es el ejemplo cumbre).

Steve Windwood pertenece al rock básico que no requiere de alardes innecesarios. En la fila 15, el escritor Eduardo Mejía, que toda su vida ha llevado al cuello el emblema de Traffic, cumplió una cita con el destino. Un poco más atrás, îscar Sarquiz, nuestro máximo crítico de rock, pudo llenar otra página de su apasionada enciclopedia. "La música, misteriosa forma del tiempo'', escribió Borges. Lo cual significa que la novedad permanece en los oídos, y que nunca hay que guardar demasiadas fotografías.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1998/jun98/980607/sem-columnas.html