La Jornada Semanal, 19 de diciembre de 1999
En 1991, Bob Dylan se presentó por primera vez en México ante una multitud que había peregrinado en el tiempo para escucharlo. Las décadas de espera confundían las expectativas: el trovador beat de los sesenta iba a llegar como el evangelista eléctrico de los noventa. El hombre que sacrificó su apellido judío en honor del poeta Dylan Thomas, decidió envejecer como católico. Aquella noche, los feligreses aguardaban al principal converso del rock, pero la militancia religiosa llegó desde antes. El grupo chicano Los Lobos abrió el espectáculo al grito de ``¡viva la Virgen de Guadalupe!'' Después de unos segundos de vacilación, el Palacio de los Deportes estalló en fervor guadalupano y algún filólogo incrustado en el público recordó que en árabe Guadalupe significa ``río de lobos''.
Los mitos jamás trabajan horas extras. Una vez cumplida su proeza, se retiran y dejan que sus seguidores los engrandezcan con su devoción. La vitalidad de un mito no depende de actualizar el prodigio que lo situó en la imaginación de la gente, sino de las esperanzas que se depositen en él. La Virgen Morena del Tepeyac comparece en sitios tan profanos como el envase del aceite de cártamo Patrona, los murales de Oventic, Chiapas, donde lleva el paliacate de los zapatistas, el nombre de la más célebre cantina de Coyoacán y las espinilleras de los mellizos Johan y Omar Rodríguez, que practican el futbol guadalupano en el Santos y el Cruz Azul.
La virgen peregrina encuentra posada en los nichos de las tortillerías, las rocas de Acapulco donde se lanzan los clavadistas y los talleres gráficos del principal periódico de la izquierda mexicana, junto a la foto del carismático fundador. Aunque el culto guadalupano podría perdurar en forma itinerante, durante años tuvo su sede fija en una agradable basílica al norte de la Ciudad de México. Esta iglesia de barrio operó con eficacia como una administración de correos de la fe, el buzón donde los fieles dejaban los más sinceros exvotos: ``Gracias, virgencita, por habértelo llevado.'' Sin embargo, le quedó chica al siglo XX mexicano, donde todo lo importante ha ocurrido en muchedumbre.
La nueva basílica desconcierta por su gigantismo; pertenece a la era mediática donde la cercanía se logra por televisión. El acceso al altar tiene longitud de autopista; no hay capillas recoletas ni santos de talla chica; ahí, la oración deja de ser un acto íntimo y se vuelve un acuerdo de asamblea. Antes de levantar este coloso, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez había creado los dos centros primordiales de la épica mexicana: el Museo de Antropología y el Estadio Azteca. Nadie mejor que él para edificar la caja donde resuenan las plegarias patrias. Por dentro, la nueva basílica se rige por un claro propósito: la multitud como hecho sagrado. Ningún ornamento rivaliza con las masas pías. Por fuera, parece un ovni capaz de trasladar a miles de peregrinos al espacio exterior. Más allá de sus atributos estéticos, la construcción aglutina y simboliza a un pueblo que se desplaza.
El imán de Guadalupe nunca atrae tanto como en la noche del 11 al 12 de diciembre. La ciudad es recorrida por fieles que avanzan rumbo al norte. Por un azar insondable, los capitalinos creemos vivir en el trópico. Las procesiones de diciembre muestran a una nación pobre y supersticiosa que desconoce los abrigos. La gente exhala vaho, envuelta en cobijas, trapos, bufandas inclasificables. Los heterodoxos llevan termos con té de canela para mitigar el frío; los fundamentalistas del sacrificio van de rodillas, con una penca de nopal encajada en el pecho.
Cuando el cura Hidalgo inició la guerra de independencia enarbolando un estandarte de la Virgen, confirmó que la suerte de la identidad nacional está ligada a la de su Patrona. Poco importa que ciertos historiadores argumenten que se trata de una imagen originalmente destinada a esparcir la fe católica en el Medio Oriente y por ello se representa sobre una media luna. El pueblo tampoco prestó oídos a los elocuentes sermones de fray Francisco de Bustamante en el siglo XVI ni a los de fray Servando Teresa de Mier en el XVIII sobre la falta de fundamento del culto guadalupano.
La presunta aparición de la Virgen al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin ocurrió en 1531, pero los primeros testimonios al respecto se produjeron en 1648, 117 años después de que la Patrona bendijera a México con su presencia. Desde un principio, el fervor guadalupano careció de expedientes en regla y se asoció al de la diosa Tonantzin, que operaba en el cerro del Tepeyac. Sus devotos fueron acusados de paganismo. En un mundo donde el Papa se pone los anteojos negros del cantante de U2 y donde los danzantes llegan a la basílica de Guadalupe con sonajas prehispánicas y walkman, las cosas se ven de otra manera. El aspecto híbrido del culto guadalupano sorprende menos que el afán de veracidad de algunos prelados. El ex abad de la basílica, Guillermo Schulenburg, y el arcipreste Carlos Warnholtz han vuelto a oponerse a la canonización de Juan Diego, primer testigo de Guadalupe. Con celo notarial arguyen que le faltan documentos probatorios como intercesor de la divinidad. Schulenburg tuvo a su cargo la basílica durante 33 años. Llama la atención que alguien que pasó la edad de Cristo atestiguando la fe guadalupana actúe como oficinista que busca un sello faltante. Por su parte, Norberto Rivera, arzobispo primado de México, critica a quienes creen que Juan Diego ``soñaba o imaginaba'' y a quienes consideran ``que él mismo no fue sino un sueño, una imaginación''. ¿Necesita la devoción de otras pruebas que su propia entereza?
En 1997, una filtración de agua produjo una imagen de la Virgen en la estación Hidalgo del Metro. La Patrona de México y el padre de la patria volvieron a reunirse. Miles de pasajeros sin otro consuelo que confiar en una efigie de piedra, han rendido culto a la Tonantzin-María-Guadalupe del Metro. En un país necesitado de milagros, las iglesias pueden estar bajo la tierra.
Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/dic99/991219/sem-villoro.html