DOMINGO BREVE

Todos somos gondoleros

Juan Villoro

La Jornada Semanal, 17 de mayo de 1998


 

Desde niño sé que el mundo se divide en mexicanos y turistas. Nuestra relación con el extranjero no da para resentimientos de largo alcance; los norteamericanos y los franceses nos han invadido sin que esto impida que hoy sean propietarios del Four Seasons o el Club Med (donde el mexicano es un chaparro que ofrece cocos con ron de bienvenida).

Si los alemanes mandan sus aspirinas al mundo para triunfar ante cualquier dolor de cabeza, nosotros sabemos que nada es universalizable: un sarape es de Saltillo, una guitarra de Paracho, una cecina de Yecapixtla, un libro del sur de la ciudad de México. Las cosas buenas se mueven poco. Si tanto nos necesitan los demás, pos que vengan. Nuestro sistema de correos demuestra a diario que las zonas geográficas alejadas del ombligo son terra incognita. El mexicano siente una atracción gravitacional por la milpa o el condominio que lo vio nacer, es decir, que muy rara vez se convierte en explorador ártico. Alzar la vista (acto esencial del viajero con instamátic) no va con el hombre ensimismado. Pero no nos quejemos, que lo nuestro es ser anfitriones.

Esto también tiene que ver con el reparto desigual de los poderes planetarios. Ante la franca supremacía de las tropas foráneas, no nos queda otra que morir en plan histórico o subordinarnos y cobrar la cuenta. En el primer caso, uno se tira del castillo de Chapultepec envuelto en la bandera o pronuncia frases de dignidad herida ("si tuviéramos parque...''); en el segundo, uno pregunta qué se ofrece de botana.

El México independiente se ha caracterizado por sus muchas formas de refugio, del asilo para los desplazados de la historia a la suite para los curiosos de cinco estrellas. La hospitalidad ha sido nuestra peculiar forma de lidiar con un mundo donde los demás sí anotan los penales. En la noche de los îscares de 1996 la secretaria de turismo, Silvia Hernández, anunció la tarjeta American Express ante la aldea global, con un inglés aprendido en FONART y maravillosas tomas de nuestros crepúsculos de alquiler. El mensaje era claro: desde los más altos niveles se tienden las camas para que vengan a dormir los extranjeros.

Luego de décadas de cantar los beneficios de la "industria sin chimeneas'' y de inculcarnos que todo gringo que se asolee lo suficiente merece el premio Mister Amigo, la administración de Carlos Salinas de Gortari dio un paso más en este maratón de reverencias. Durante las negociaciones del TLC fustigó a los nacionalistas que por dogmatismo y rencor ranchero pretendían dejarnos fuera del Primer Mundo ("¿cómo quieres entrar al Price Club si te vistes de tehuana?''). La lucha de mentalidades llegó a extremos sin precedentes, como escribe Carlos Monsiváis: "Entre 1990 y 1993 el presidente Carlos Salinas de Gortari quiso desterrar la psicología mexicana tradicional, poco o nulamente competitiva, y sustituirla por la psicología japonesa, moderna, esforzada, capaz de ver en la empresa a la segunda patria.'' En 1994, cuando el TLC entró en vigor, la clase media adquirió el privilegio de arruinar la balanza de pagos descubriendo que el agua insípida francesa era más sabrosa que el agua insípida mexicana. Aunque la orgía del comercio libre estaba destinada a convertirnos en japoneses de ocasión, nuestra capacidad de darle hospedaje a todas las vinagretas que no necesitábamos nos retuvo en la cultura patria.

Lo extraño es que la política que permitió que el papel de baño texano fuera más barato que los rollos vernáculos, ahora hincha el pulmón nacionalista para soltar una ventolera contra los observadores internacionales que llegan a Chiapas.

México se ha convertido en un destino de viaje tan inseguro que muy pronto nuestros únicos visitantes serán miembros de alguna ONG. Por realismo económico, el gobierno debería promover el turismo político. Se ha dicho hasta el cansancio que para algunos extranjeros Chiapas es el santuario de una rebelión que no tolerarían en sus países, ¿pero eso en qué nos perjudica? ¿Realmente podemos creer que el país peligra porque un centenar de italianos se proclaman indios con mucho entusiasmo y poca ortografía? Expulsarlos revela una inseguridad terminal y cero sentido del ridículo; el gobierno que iza banderas nacionales de importación quiere demostrar que cuando se enoja usa morral de ixtle.

El desplome del turismo y la política exterior exige respuestas novedosas: crear un fideicomiso de viajes radicales, que venda artesanías, rente hamacas y proteja a los extranjeros en su muy legítimo derecho de ver un espectáculo social desconocido en Europa, y mandar inspectores mexicanos al extranjero como una prueba de reciprocidad entre las naciones.

Bajo el lema de "Todos somos gondoleros'', una trajinera de Xochimilco podría verificar los canales de Venecia, proponer la implantación del programa "Hoy no circula'' en sus congestionadas aguas y comprobar un triste saldo ecológico de la séptima potencia industrial: ahí no sobreviven los ajolotes. Los observadores, arduamente adiestrados por Gobernación, nunca dirán: "Plaza San Marcos'', pues eso significaría reconocer al evangelista que escribe desde Chiapas; en tono de bravío desenmascaramiento, dirían: "Plaza Rafael Guillén''.

No hay duda de que esta delegación haría el ridículo. Pero las canchas extranjeras ya están acostumbradas a nuestro bajo rendimiento. Más vale equivocarnos lejos y preservar nuestra fama de buenos anfitriones.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1998/may98/980517/sem-impar.html