DOMINGO BREVE

Un personaje literario

 

Juan Villoro

 

La Jornada Semanal, 14 de junio de 1998


 

Negra espalda del tiempo, la fascinante nueva novela de Javier Marías, empieza a cobrar su cuota de misterio en los lectores. La obra trata de las ambiguas fronteras entre la realidad y la ficción: "No soy el primero ni seré el último escritor cuya vida se enriquece o condena por causa de lo que imaginó o escribió'', afirma el novelista. De modo singular, las recompensas y los castigos por mezclar la literatura con el destino se transfieren a los comentaristas del libro, quienes son guiados por una mano de sombra, por dedos zurdos, salidos del espejo, que conducen a un irresistible extravío.

Hace un par de semanas dediqué esta columna a Negra espalda del tiempo y sin el menor asomo de duda escribí: "Para recrear el destino (del escritor inglés) Ewart, Marías se apoya en una correspondencia de casi diez años con Sergio González Rodríguez. En complicidad con el autor de El centauro en el paisaje, inventa a otro corresponsal mexicano, Rafael Muñoz Saldaña, quien recorre los archivos de El Universal y Excélsior y aporta pistas, siempre perturbadoras y siempre insuficientes, acerca del escritor inglés.'' La frase no admite dobleces: Muñoz Saldaña es un personaje literario. Uno de los juegos predilectos de Marías es el de modificar un hecho auténtico con un personaje ficticio. En su antología Cuentos únicos incluye a un narrador que sólo el lector muy avisado o muy paranoico interpreta como un desdoblamiento del antologador, y los libros Literatura y fantasma y Vida del fantasma son, desde sus títulos, comentarios sobre las invenciones que adquieren irregateable carta de ciudadanía en el cuento o la novela.

Pero había un dato más contundente para suponer que Negra espalda del tiempo era recorrida por un fantasma mexicano. El 17 de mayo Sergio González Rodríguez publicó en el suplemento El çngel, del diario Reforma, un excelente ensayo sobre el terrible destino de Wilfrid Ewart y una nota sobre la novela de Marías. En ella afirmaba: "Obsesionado por los heterónimos de Pessoa, me dio también por inventarme algunos seudónimos y enviar cartas a los periódicos en que expresaba las opiniones más peregrinas en torno a los temas de actualidad. Apenas me publicaron un par de cartas en una revista conservadora. El joven Rafael Muñoz Saldaña dio a luz en esas fechas. ¿Quién iba a pensar que mi doble alcanzaría el estatuto espectral que Javier Marías le asigna ahora en Negra espalda del tiempo?'' Entusiasmado por encontrar a un amigo en una novela impar, hablé por González Rodríguez. Su interpretación me pareció tan sugerente como irrefutable: el sagaz Muñoz Saldaña había sido creado por Marías para vigilar y acicatear al otro investigador del caso Ewart. Recordé que en una carta Marías me advertía de mi posible encuentro con uno de sus personajes, y pensé que no había otra hipótesis posible que la de González Rodríguez.

Sin embargo, al día siguiente de publicado mi artículo, un fax inquietó las oficinas de La Jornada Semanal; Rafael Muñoz Saldaña afirmaba: "Por desgracia mis numerosas ocupaciones me impiden reconstruir la experiencia cartesiana para obtener la certidumbre de mi existencia. Mucho más fácil es recurrir a mi credencial para votar, expedida por el Instituto Federal Electoral, que confirma mi carácter real o a las cartas y ejemplares dedicados por el propio Javier a lo largo de una década.'' Un sentido de la elegancia (o una fidelidad a los fantasmas) llevaba al autor a mencionar su cívico registro en el IFE pero no a ofrecer una fotocopia del documento. Lo único que parecía real en el fax era un número teléfonico. Llamé ahí y la respuesta fue digna de un laberinto borgiano: "¿Enciclopedia Británica?'' Muñoz Saldaña trabajaba ahí pero había salido a comer. ¿Quién podía ser el enciclopedista que hablaba desde las novelas de Marías y carecía del tiempo para dar una prueba cartesiana de su existencia?

La trama avanzaba hacia una espiral de sombra cuando por fin hablé con Rafael. Le propuse que nos viéramos en un café y me pidió que a modo de identificación llevara un libro. El personaje de Marías resultó ser un prolífico colaborador de Revista de revistas y un acucioso editor de enciclopedia. Con una ironía respaldada por una inteligencia movediza, capaz de hablar en forma casi simultánea de un documental sobre la frontera, el carácter de Proust, una filósofa perversa y un arbitrario manual de estilo que obligaba a cambiar "bebé'' por "nene'', Muñoz Saldaña disculpó mi equívoco, me mostró las cartas de Marías (los sobres llevaban el sello de URGENTE) y reveló que tiene la doble virtud de existir en la literatura y en la vida que por convención llamamos "real''.

Todo temperamento nos depara un costado enigmático. Rafael leyó la nota en la que Sergio González Rodríguez proponía un juego de espejos, pero no quiso dar señales de vida. En Negra espalda sigue una pista falsa que con toda deliberación le propone el novelista; cuando sabe que ha sido engañado, dice que le ha divertido esa "charada'' (el uso de esta palabra reforzaba mi hipótesis y la de Sergio de que se trataba de un clon de Marías). Quizá después de mi nota una charada sin reglas definidas le pareció menos divertida o prefirió a otras víctimas.

Sé que esta historia puede parecer apócrifa. ¿Sirve de algo decir que Muñoz Saldaña y yo tenemos amigos comunes y que, como en cierta trama de Heinrich Mann, las claves de su identidad me quedaban demasiado cerca? Tal vez no hago sino prolongar la cadena de equívocos entre lo real y lo ficticio que dimana de Negra espalda del tiempo; tal vez Muñoz Saldaña existe para reforzar la intrincada urdimbre de la literatura y convertirme en personaje ficticio.

Cuando hablamos por teléfono, me preguntó por "Yambalalón y sus siete perros'', un cuento que escribí hace más de veinte años. Ofrecí llevarle un ejemplar de mi primer libro y cedí a la imperdonable curiosidad de releer algunos párrafos. Con precisión asombrosa, el relato me regresó a las circunstancias en que lo escribí, pero no pude identificarme con ninguna de sus palabras. El autor de aquellas líneas había desaparecido, era como leer a un muerto del que, en forma perturbadora, conservaba pertenencias y recuerdos privados. Muñoz Saldaña me demostraba que mi existencia es más borrosa y espectral de lo que supongo. Son las lecciones que dan los fantasmas.

(Esta columna regresará después del Mundial de Futbol)

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1998/jun98/980614/sem-columnas171.html