La Jornada Semanal, 24 de octubre de 1999



Juan Villoro

DOMINGO BREVE

Valet parkingson

 

La lengua española es caprichosa para adaptar voces extranjeras. Borges lamentaba que la altiva palabra viking se hubiese transformado en vikingo y temía que nuestra perezosa pronunciación convirtiera a Rudyard Kypling en ``Kiplingo''.

Desde que alguien decidió que la ciudad de Dresden se acomodaba mejor en la boca castellana como ``Dresde'', la traducción de nombres se ha sometido a reglas inextricables. Sin duda hay razones labiodentales para que Albrecht Dürer se convierta en Alberto Durero, pero muy pocas para que el sencillo Karl del Manifiesto se traduzca en Carlos. Por fortuna, esta fiebrese detuvo antes de que conociéramos a Francisco Kafka y de que las temidas terminaciones en ``ing'' dieran lugar al Libro de las Mutaciones I-Chingo y a valet parkingo.

Dejemos a un lado la fascinante y nebulosa historia de las palabras para proponer una expresión que no depende de la morfología sino de la afectada condición de nuestro sistema nervioso. Me refiero a valet parkingson.

Estacionarse en la Ciudad de México es una épica digna de un Ulises con licencia. En la mente capitalina, un cajón de estacionamiento vacío ya tiene la fuerza turbadora del Jardín del Edén.

Cada vez que alguien necesita un trozo de ciudad para bajar del coche, enfrenta alternativas francamente crueles. La opción más simple y desesperada consiste en dejar el vehículo (que en adelante será llamado unidad) donde sea: un camellón, una banqueta, una rampa para minusválidos. Esta irresponsable deserción suele ser castigada. Quien abandona su unidad a la lucha de clases merece encontrarla sin faros ni autoestéreo.

La segunda posibilidad (ya tratada en otro artículo) consiste en negociar con esos hombres que se sirven de una cubeta para apropiarse de una parte pequeña pero significativa de la república. Según sabemos, un trapo en la mano faculta como arrendador callejero (a condición de que el trapo esté gastadísimo). Estamos ante un tenso límite de la economía informal. Sólo la miseria y el desempleo explican que un hombre salga de Chalco con una cubeta en la mano y viaje dos horas en tres microbuses para conqusitar unos metros de la Colonia Roma. Sin embargo, por más informado y políticamente correcto que sea el dueño del Jetta sin reposo, su relación con el hombre de la cubeta jamás será buena.

-Se lo cuido, mi jefe -el informal desplaza su cubeta.

El conductor acepta con mirada de rencilla. La transacción no garantiza que el vigilante sacrifique su vida a todo trapo en defensa de la unidad.

Como en todo, hay una tercera vía: buscar un estacionamiento barato, es decir, donde un perro famélico y encadenado vigila el negocio. Por desgracia, estos sitios honestos, en los que el ``cuidador'' concentra toda su atención en controlar el inmenso trozo de tamal que tiene en la boca, son relevados por edificios con sectores numerados y terribles máquinas registradoras.

Pasamos a otro estrato de la lucha de clases. El conductor enemigo del lumpenproletario que considera que la tierra es de quien le pone una cubeta, descubre que los remotos dueños de los estacionamientos nadan en las aguas del cálculo egoísta. En el capitalismo tardío se cobra por ``hora o fracción'' como si la unidad, además de juntar polvo, recibiera servicio de mantenimiento.

Estas situaciones conducen a la última y definitiva: dar vueltas a la manzana hasta que la resignación escoja alguna de las alternativas canceladas.

El valet parking surgió como una forma de empeorar las cosas y aliviar la conciencia de los conductores. Nada tan cómodo como darle tus llaves a un señor de chaleco rojo y gran paraguas para que conduzca la unidad a la entrada de una casa donde dice Se ponchan llantas gratis, a un corralón clandestino, a un solar con perro reglamentario o al rincón en el que aguarda un hombre de cubeta. La ciudad no mejora, pero el valet absorbe sus molestas disyuntivas.

Pero lo que empieza en doble fila rara vez acaba bien. La afrenta más común del parking con valet es el doble cobro: 15 pesos de adelanto para el patrón y 5 de propina al recibir el coche. Este atraco resulta muy pingüe si se compara con lo que ha sucedido en fiestas de postín donde los visitantes entregan un Mercedes a cambio de un boleto debidamente foliado y horas después descubren que cayeron en las redes de un valet parking fantasma. La unidad ya viaja al harem automotriz de un sultán inencontrable.

Uno de los bastiones del latrocinio con valet es el Palacio de Bellas Artes. En tres cuadras a la redonda, los hombres del trapo frenético gritan: ``¡Ya está lleno!'' En uno de los accesos, un flaco de overol azul (lo cual califica como ``uniforme'' en cualquier leprosario o en el DF) coloca un cono de plástico y anuncia con firme hermetismo: ``Allá adelante ya pusieron las cadenas.'' No queda más remedio que cambiar el coche por un papelito sin otro mérito jurídico que las placas escritas con bolígrafo. La última vez que hice esto coincidí en las butacas con un líder de la Asamblea de Barrios. Le dije que no me podía concentrar en la obra porque imaginaba mi coche minuciosamente deshuesado en la Colonia Buenos Aires. En su calidad de conocedor de la sociedad civil, me contestó: ``No te preocupes: el Ministerio Público está a la vuelta; de aquí nos vamos a declarar.'' Me sentí perfecto: había escogido un lugar muy cómodo para que me asaltaran.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/oct99/991024/sem-villoro.html