Juan Villoro habla de La casa pierde con los alumnos del Instituto de Enseñanza Secundaria Domènech i Montaner, de Canet de Mar. 12 de marzo de 2003


Valoraciones de los alumnos 

Comentario de Marcel Lamana  

    Muchos interrogantes había respecto a “La casa pierde” ¿Y quién podría responderlos mejor que el creador de esa casa y el que la hizo perder?

    Juan Villoro rompió el silencio expectante del auditorio con una voz inquieta y magnética que no parecía ser, en absoluto, la misma voz trágica y áspera de los narradores de sus cuentos. Hubiéramos podido pensar que era otro Villoro el que teníamos delante, si no hubiéramos oído enseguida algunas frases, en las que pronto reconocimos esas ironías suyas que se ocultan en las paginas de su libro: “¿Cómo una película tan buena, podía tener un guión tan malo?” (refiriéndose al Cantar de Mío Cid), “Sociedad operación triunfo”, ”Turismo psicodélico”... La voz de Villoro empezó a llenar la biblioteca y nuestras aún no formuladas preguntas, ascendiéndolas, pronto, a la categoría de respuestas.    

    Juan Villoro inició la conferencia de una forma muy original: se excusó por haber convertido la lectura de “la casa pierde” en una obligación semanal para todos nosotros y enlazó esta circunstancia con sus inicios como lector y escritor, dos actividades que él considera muy ligadas entre sí. Nos contó su paso por los talleres de escritura, especialmente, por el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso, esos talleres que guardaban una clara relación de semejanza con los que aparecen en “Corrección”. Posteriormente elogió el cuento como un formato narrativo que exige mucha precisión y capacidad de síntesis, y destacó la tentación que más debe evitarse en este género: incluir aquello que no es indispensable para la historia. Villoro nos explicó que crea los cuentos a partir de una imagen o “fotografía misteriosa”, que surge por casualidad en su mente. A partir de esta imagen inesperada comienza construir el cuento. Finalmente, llegó el turno de nuestras preguntas, que él respondió ampliamente, desvelándonos algunas de las claves del libro en las que no se había detenido antes.  

    Cuando acabé de leer La casa pierde, Juan Villoro me gustó, pero después de escucharlo hablar de sus cuentos, resolver nuestras dudas y explicar de dónde surgieron algunos cuentos, me gustó todavía más. Por eso quería agradecer que se nos haya brindado la oportunidad de conocer un poco más al fabricante de esos diez cuentos, que en realidad son novelas a escala reducida y sueños escritos.  

 

Comentario de Marina Mustieles

    La casa pierde entre manos te dispones a pasar un buen rato leyendo un cuento. Abres y empiezas por el que te han recomendado. En la tercera frase ya te das cuenta de que la cosa no va bien. No se trata de leerlo sino de vivirlo. Y empiezas otra vez, pero dejándote envolver por la enigmática atmósfera de esos cuentos. Ahora puedes empezar a comprender a Juan Villoro.

Villoro traspasa al lector todo lo que siente el protagonista de sus relatos. Sus cuentos no explican una anécdota, explican una vida. Una vida resumida en una anécdota quizás. Relaciones, sentimientos, recuerdos... Un lugar donde es fácil perderse, pues cada historia es una vida.

Eso mismo pasa cuando habla. Juan Villoro parece tener montones de cosas interesantes que explicar y, con él, las horas pasan rápidas, amenas y estimulantes. Incluso si, como yo aquel día, tienes fiebre y estás algo enfermo.  

Los cuentos de La casa pierde también podrían llamarse “manuales”. Manuales de la vida. Proponen reflexionar sobre cómo actuar ante determinadas situaciones o te enfrentan a las consecuencias inadvertidas de algunas acciones. Villoro apunta ideas que recuerdas más adelante, cuando vives y te pasan cosas. Los cuentos son llaves secretas que quizás cada uno ha de descubrir por sí mismo...

Cada vida es una historia y cada cuento más dudas (unas 126 dudas). Esperas que al final del cuento, cuando llegue el desenlace, todo se aclare, pero Villoro nos demuestra que no siempre es así... Incluso el final puede sembrar más dudas.

Juan Villoro tuvo respuesta para todas las preguntas que nos dio tiempo a hacerle, que, aunque estuvimos con él casi dos horas, no fueron muchas. Pero no importó: su entrega al responder, su empeño en querérnoslo aclarar todo, su interés en ayudarnos a entender... nos animó mucho más que 126 respuestas.

Si sólo tuviéramos en cuenta sus cuentos, deduciríamos que Juan Villoro es una persona misteriosa y, aunque sembrador de dudas, conocedor de respuestas. Pero no se puede conocer a Juan Villoro sólo por sus textos. En el escritor que nos visitó el doce de marzo no reconocimos ese aire tan infeliz, tan desolado, tan confuso, tan acechante y sofocante, tan culpable... que vive y vivimos en sus cuentos. El Juan Villoro que conocimos era acogedor y cálido, expresivo, divertido y amaba con entusiasmo la vida. 

 

Comentario de David Durich  

    El escritor mexicano Juan Villoro vino a nuestro humilde instituto a hablar y a conocer a unos alumnos ansiosos de escucharle.  

    Villoro no sólo habló para responder a nuestras preguntas, sino que contó sus vivencias y algunas anécdotas que nos resultaron muy agradables. Tras un rostro aparentemente serio, descubrimos a alguien con un gran sentido del humor que nos hizo sonreír más de una vez.  

    Juan Villoro nos dio algunas claves para entender sus cuentos como a él le gustaría que los entendiéramos. “Campeón ligero”, “Corrección” o“La casa pierde” fueron a los que dedicó más tiempo. Recuerdo algunas de las reflexiones con las que nos obsequió el escritor: muchas veces acabamos por depender de una vivencia oscura y antigua, los sentimientos de culpa a menudo nos paralizan, casi siempre nos aferremos a una lejana esperanza para sobrevivir o buscamos desesperadamente a alguien que nos guíe en este intrincado laberinto que es el mundo...   

    Unas de las cosas que más nos sorprendió es que no dejó de hablar ni un solo momento de las dos horas que duró la conferencia. Juan Villoro no escatimaba fuerzas. Hablaba, hablaba y hablaba y todo lo que decía tenía importancia, era interesante y requería de nuestro esfuerzo para ser entendido. Villoro nos pareció una persona muy inteligente y con gran vivacidad al hablar, aunque lo que más nos gustó de él es que no habló como si fuera una conferencia rutinaria para estudiantes de secundaria. Se la tomó tan en serio como si en ella se jugara el sueldo o el trabajo y, lo que es aún mejor, se veía que disfrutaba con nosotros.  

 

Comentario de Patricia Puy

LA OTRA CARA DE JUAN VILLORO  

    Después de asistir a la conferencia de Juan Villoro, descubrí a un Villoro distinto al que conocía a través de sus cuentos. El de los cuentos tiene una visión oscura, solitaria y temerosa del mundo; el que conocí, era una persona cálida, decidida y de ideas claras. En los cuentos, Juan Villoro es profundo, pero parco en palabras. Su prosa es ágil, pero envolvente y casi claustrofóbica. El Villoro que nos habló tenía, en cambio, un gran sentido del humor y se nos ganó en seguida con su lucidez desenfadada. Al oírlo, me pregunté si habría escrito alguna vez algún cuento humorístico o sarcástico.    

    Los relatos de Juan Villoro son como un puzzle: hay que encontrar las piezas y reconstruirlos. Son cuentos que pueden tener más de una interpretación, por eso fue una suerte que el autor viniera a nuestro instituto y tuviéramos la oportunidad de plantearle algunas de nuestras dudas. Me hizo mucha ilusión comprobar que algunas de las cosas que quería transmitir, las supimos ver cuando leímos y discutimos su libro en clase.  

    Los cuentos de Juan Villoro me sorprendieron y me parecieron muy inquietantes, tal vez porque contienen secretos nunca desvelados y personajes llenos de miedos, miedos que en algunos casos, como las mariposas negras de “El anillo de cobalto”, son los del propio Juan Villoro. Sobrecoge, además, que todos los personajes de La casa pierde sean tan solitarios y frágiles: Guadalupe y el Radio (“La casa pierde”) Fernández y Jonathan (“El planeta prohibido”) Nacho y el periodista deportivo (“Campeón ligero”)...  

    Creo que las historias de La casa pierde son muy cinematográficas: tienen buenos argumentos, personajes muy complejos y finales inesperados. Algunos episodios ya los veo en la pantalla. “Coyote”, por ejemplo: Pedro, perdido en la noche del desierto. Pedro, que lucha con el coyote, lo mata, usa su piel como capa... Algo muy hondo cambia en él. Luego, el reencuentro con su mujer y sus amigos. La frialdad del recibimiento... Otra historia con “posibilidades” es “La alcoba dormida”: ese ambiguo juego del narrador con las gemelas... ¿Cómo ningún director de cine ha descubierto todavía a Juan Villoro?

 

Comentario de Anna Soler

Juan Villoro llegó a nosotros hace unos meses con La casa pierde y un miércoles de marzo con su voz, su presencia y sus inteligentes palabras. Juan Villoro es escritor, cronista, guionista y traductor. Ama la vida y le gusta encontrarle una razón al día a día.

    La casa pierde recoge diez cuentos que, aunque tratan temas muy diversos y se nutren de muy diferentes influencias, se caracterizan por tener un clima común. Así, en todos los cuentos aparece el juego: una pizca del imprevisible azar (“La alcoba dormida”), los juegos de naipes (“La casa pierde”), el deporte (”Campeón ligero”, “El extremo fantasma”, “El domingo de canela”). Así, en todos los cuentos, el protagonista es un hombre solitario, aunque casi siempre aparece una mujer huidiza que le guía, le seduce, le inquieta... 

    Juan Villoro nos pareció una de esas raras personas que saben encontrar el sentido a cada brizna y minuto del día. Y ésa fue una de las cosas que nos transmitió en su charla: la necesidad de asimilar con alegría los sucesos imprevistos y previstos que la vida nos depare. Nos habló, por ejemplo, del amor como uno de los tratos complicados a los que uno tiene que enfrentarse. “Nos podemos enamorar de una persona a pesar de sus defectos, pero también nos podemos enamorar de esa persona precisamente por sus defectos”. Nos habló, como en sus cuentos, de esas amistades tan necesarias, pero a veces tan difíciles; de lo estimulante que es que una persona pueda sorprendernos siempre, de los caracteres contradictorios que pueden convivir en un mismo ser: “Uno no acaba nunca de descubrir a los demás, pero tampoco uno mismo se acaba de conocer nunca” . Aseguró sentirse muy atraído por el mundo de las emociones, por eso, una parte y, a veces, el argumento entero de sus historias lo dedica a explorarlas.

    Otra de las preocupaciones de Villoro, tanto de su literatura como de su vida, es el el sentimiento de culpa y la necesidad de autocastigarse. Muchos de sus personajes se sienten abatidos por un hecho del pasado que les marcó para siempre y del que nunca consiguen liberarse. Aunque quizás tampoco quieren. Como el Radio de “La casa pierdeo Ofelia de “El extremo fantasma”, asumen el destino que les ha sido concedido. A menudo, sus personajes pueden optar entre cambiar su vida por completo y elegir un mundo supuestamente “mejor” o seguir con su rutinaria y desterrada vida. Todos deciden, por un motivo u otro, prolongar el sufrimiento. Muchas veces es el sentimiento de culpa lo que les paraliza.

    Juan Villoro considera que los buenos lectores tienen la suerte de pertenecer a una prodigiosa dualidad y transitar por dos mundos: el mundo real y el mundo de la literatura. Ojalá que esta insuficiente lista de algunos de los temas que trata Villoro, ayude a entender todo lo que se pierden los que no leen y renuncian al segundo. Se pierden, por ejemplo, la posibilidad de conocer a este interesante escritor mexicano, que entre otras muchas cosas nos ayuda a entender las debilidades del hombre.

 

Comentario de Raquel Pérez Badia

    Primero leí sus cuentos; luego escuché su voz. Ya hacía años que me rondaba por la cabeza la idea de conocer al escritor de un libro que hubiera leído. Y eso pasó el doce de marzo con Juan Villoro y La casa pierde. Yo ya sabía que mi instituto es bastante especial, que hay profesores que intentan que sus clases sean amenas y profundas, profesores que siempre nos sorprenden con actividades inesperadas.. Pero ¡que traigan a clase al autor de un libro que habíamos leído y discutido previamente, no tiene precio!  

    La verdad es que los cuentos de La casa pierde me parecieron al principio un tanto complicados, pero siempre acababa por encontrar ese punto de conexión y seducción que me llevaba a leer uno tras otro. Nuestra profesora no tenía muy claro si los entenderíamos y se sorprendió al ver nuestro entusiasmo y el empeño que poníamos en descifrar todos los enigmas que las letras insinuaban y ocultaban. Así que nos puso a prueba: por grupos nos hizo exponer lo que habíamos interpretado de un cuento. “Corrección”, el cuento que me tocó comentar a mí, me encantó. Posiblemente porque en ese cuento vi bastante reflejada mi vida, especialmente en la reflexión sobre la “enfermedad de perfección” y sobre lo que implica escribir. Entendí que el mundo literario no es mejor que otros, que también está lleno de competencias, plagios, envidias, intereses...pero aún así ese mundo me gusta. Desde que era pequeña escribo y me gusta hacerlo. Y para mí ahora no es importante que haya gente crítica con lo que escribo o que me corrija más de la cuenta.  

    Cuando entré en la biblioteca, pensé en la suerte que tenía al tener ante mí a Juan Villoro, el autor del libro que días antes tuve en mis manos, el libro que primero leí y luego comentamos con tanto entusiasmo. Estaba preocupada y nerviosa ese día. Antes, por si me dejaba el libro en casa y no me lo podía dedicar y en la conferencia porque habíamos preparado unas preguntas y sabía que tenía que dirigirme a él, cara a cara, y hacerle esa pregunta que tanto había reflexionado.  

    Me encantó escuchar a Juan Villoro. El hablar tan dulce de los mexicanos se convirtió ese día en una canción. Estuvimos dos horas en la conferencia y la verdad es que volaron. Por primera vez, alguien me entendía. Me pareció que al hablar se dirigía a mí todo el rato, como si conociera lo que pasa por mi cabeza últimamente. Me gustó eso que dijo de que muchas veces nos enamoramos de los defectos de una persona, de sus imperfecciones. Pienso que eso es lo que nos hace ser especiales para el otro. Creo que la gracia está precisamente en que no lleguemos a conocer del todo a la persona que está compartiendo su vida con nosotros, en que siempre sea capaz de sorprendernos.  

    Pero lo que más me impactó todavía no había llegado. Fue cuando se terminó la conferencia y le pedimos a Juan Villoro que nos firmara los libros. Mi profesora, que siempre está al tanto de todo, le contó que me encantaba escribir. Yo no sabía qué decir ni qué cara poner. Juan Villoro me sonrió y me dijo: “Ya nos veremos por este mundillo dentro de unos años”.

Comentario de Lourdes Pla

    Llevábamos un tiempo leyendo y discutiendo a un autor mejicano. Su literatura revelaba, de entrada, un mundo y una personalidad muy masculinos: el mundo de los camioneros y del juego, un mundo de lugares perdidos y de fútbol, de hombres esquivos y turbios.. Pero poco a poco fuimos entrando y acomodándonos en ese territorio extraño. Descubríamos una manera diferente de ver las cosas. Era otra identidad: la identidad de Juan Villoro

    En La casa pierde, un libro de diez historias, Juan Villoro nos enseña a mirar. Nos enfrenta a oscuras relaciones personales, a las inquietantes dudas del hombre, al rencor, al fracaso, al amor y al desamor, a la culpa, y sobre todo a reconocer la existencia de dos mundos que se necesitan: el real y el literario.  

    Como a Juan Villoro, a mí también me inquietan las personas y por eso me gustan sus cuentos. Si no nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo a conocer a quienes nos rodean? ¿cómo estar seguros de nuestro entorno? Si sufrimos la peor de las soledades, que es la de no estar con uno mismo, ¿cómo enfocar nuestra relación con el mundo?  

    En su conferencia, Villoro fue desvelando muchas claves de sus cuentos y de su vida, y se mostró muy cercano a nosotros. Hubiese podido hablar horas y horas con su peculiar y dulce acento sin que nos aburriésemos. Su voz nos llevaba a tierras áridas y a lujuriosas selvas. Sentíamos el sabor de México en cada una de sus frases, de sus palabras, de sus sus sílabas.

    Aquella fue una mañana diferente. Salir de la conferencia con el peso de unas palabras: pensar sobre alguna de las verdades que había vislumbrado, imaginar alguna de las anécdotas que te habían explicado... y mirar a tu alrededor y comprobar que la mayoría de tus compañeros están también pensativos, pero con una sonrisa en la cara.  

    Por todo ello, quisiera agradecer que haya personas a las que no les importe pasarse horas y horas preparando una actividad y nos brinden oportunidades como ésta. Pero sobre todo, quisiera darle las gracias a Juan Villoro por acercarnos un poco más al misterio de la vida, por enseñarnos las cosas bonitas y las que no lo son tanto y por mostrarnos que la vida y las mañanas “laborables” de marzo también pueden ser especiales.

     

Comentario de Raquel Graupera

    Los cuentos de Juan Villoro me han gustado mucho porque no son como la mayoría de los cuentos que había leído hasta ahora: historias con argumentos muy claros y muy fáciles de entender. En los relatos de Villoro, el lector no tiene más remedio que participar: debe buscar datos que expliquen el porqué de los hechos y decidir el desenlace, pues aunque los cuentos de La casa pierde tienen una estructura muy acabada y meditada, casi todos los finales quedan abiertos. Por eso cuando oía hablar a Villoro de sus cuentos tuve una sensación muy extraña: si explicaba el desenlace de una historia no muy clara, me preguntaba que cómo lo sabía él. Era como si las historias vivieran más allá del autor.  

    Las historias de Villoro son adictivas, tal vez porque , aunque no sean verdad, las reconoces como parte de ti y como parte del mundo ¿Por qué no puede existir un Germán Villanueva, un Radio o un Ignacio Barrientos...? Estos personajes están tan bien dibujados que, cuando leía sus historias, creía que Villoro estaba describiendo a gente que realmente había conocido. Yo sabía que eran cuentos y por lo tanto, ficción, pero... Quizás eso sea lo que distingue a un buen escritor: la capacidad de evocar mundos imaginarios a través de la escritura.  

    Villoro dijo que él no podría escribir nunca un diario íntimo en el que hablara directamente de su vida, pero con cada cuento nos regala un trozo del mundo que ha vivido. Por ejemplo, a Villoro, cuando vivía en Berlín Este, le sorprendió mucho que, al llegar el invierno, muchas estatuas aparecieran cubiertas y de esa experiencia nació un cuento que comienza así: “La estatua descubierta”.    

    Cada cuento de Villoro te introduce en un mundo muy real, pero con objetos, sucesos y personajes a veces extraños. Sin embargo, esos “ingredientes” extraños, son muy fáciles de aceptar y creer: Villoro los acomoda tan bien en el ambiente de sus historias, que los hace creíbles. Esto es una de las cosas que más que ha gustado de él: su manera de enlazar los elementos extraños y el mundo real.  

    Otra de las cosas que me ha sorprendido de Villoro es su gran facilidad de palabra. Su idioma era pegadizo y sonaba muy bien y todas las frases que decía trasmitían muchas ideas. Contestó a nuestras preguntas de una manera muy completa y elaborada, sin necesitar mucho tiempo para pensar las respuestas. Contestaba de un tirón y ampliamente, pero sin irse por las ramas.  

    Se le vio muy a gusto con nosotros a Juan Villoro. Cuando nos explicó algunas anécdotas de su vida, se reía y parecía que se emocionaba todavía.

 

Comentario de Mireia Serrano

    Durante el mes febrero, hemos estado leyendo y comentado el libro de cuentos ”La casa pierde” del novelista mexicano Juan Villoro. Después, el miércoles 12 de marzo, llegó la recompensa: Juan Villoro visitó nuestro instituto y pudimos conocerlo y comentar con él su libro, su estilo de escribir, su visión del mundo y hasta algunas cosas de su vida cotidiana.  Juan Villoro se portó muy bien con nosotros y respondió a todas nuestras preguntas sin intentar esquivar o evitar a ninguna.  

    Entre otras muchas cosas, descubrimos que Villoro es un escritor polifacético. Además de novelas y cuentos, ha escrito literatura juvenil, cuentos para niños, artículos de opinión en periódicos y revistas, guiones de cine... Juan Villoro vive de lo que escribe, pero ello le obliga a no escribir siempre lo que quiere y cuando quiere, pues a veces debe escribir también lo que un contrato le exige... Tal vez por ello sus novelas y libros de cuentos se han gestado tan lentamente: La casa pierde, por ejemplo, la escribió a lo largo de 12 años.  

    Villoro nos habló del final de sus relatos: en las ultimas páginas de un cuento siempre aparecen algunas claves de lo que nos ha querido decir con su historia. Aunque trata de que su mensaje no sea demasiado explícito, para invitar al lector a pensar y a encontrar él sus propios significados. No le gusta escribir relatos planos que sólo se puedan entender de una única manera, quiere que sus cuentos ofrezcan diferentes interpretaciones y lecturas.  

    Aunque los cuentos de La casa pierde no son biográficos y ha intentado que no se parezcan a su vida, Villoro no puede evitar proyectar en ellos algunos de sus recuerdos, de sus fobias, de sus pasiones, de sus propias vivencias. Es una manera, a veces inconsciente, de acercarse el lector.  

    Así en “El anillo de cobalto”, una de sus fobias personales, la repulsión por las mariposas negras, se convierte en un recuerdo turbio de Antón, el personaje principal. “Corrección” describe el mundo que más conoce, el de los escritores y la literatura. “Campeón ligero”, refleja una de sus pasiones juveniles: el boxeo. Cuando todo el mundo comentaba: “¿Cómo puede alguien estar dispuesto a subir al ring a dar golpes?”, Villoro se preguntaba: ¿Cómo puede subir alguien al ring a recibir golpes?  

    Una de las preguntas que casi todos nos habíamos hecho y que nadie se atrevió a preguntar, fue el porqué las drogas están siempre tan presente en sus cuentos. Por suerte, el mismo escritor resolvió nuestra duda sin necesidad de que se lo planteáramos: las drogas fueron una experiencia personal, a veces destructiva, de muchos de sus amigos, de mucha gente de su generación.  

    Después de aquella charla de casi dos horas, pudimos comprobar algo alentador: no todas las personas que consiguen subir los escalones que se han propuesto y alcanzar una posición privilegiada, dejan en el camino la sencillez y la humildad..