
Toda lectura activa es una forma de autobiografía o de
autorretrato, afirma Juan Villoro.
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Por Gabriela Vidal

Especial
México D.F. Juan Villoro nació hace 45 años en el Distrito Federal de México.
Al hablar de su familia, se define como “hijo de padres separatistas: mi
mamá era yucateca, quizá el estado más separatista de México, y mi papá
es catalán, nació en Barcelona. De él, heredé una tradición oral, no
leía mucho porque su voz estaba presente para repetir La Ilíada o La
Odisea”.
Villoro está a punto de abandonar su ciudad natal para vivir dos años en
Barcelona, pero para él “no es fácil dejar este país. Los mejicanos
no tenemos tradición de emigrar. En eso, nos diferenciamos de los
argentinos”.
Autor de libros como La casa pierde o Materia dispuesta, Villoro no se
siente parte de ninguna generación definida como tal. Además, agrega,
“no creo en las literaturas nacionales: Piglia o Nabokov son tan
importantes para un mejicano como Rulfo o Kafka para un argentino”.
El último libro de Villoro se titula Efectos personales (Editorial Era, México)
y es un recorrido por diversas voces: Juan Rulfo, Roberto Arlt, Sergio
Pitol, Alejandro Rossi, Valle-Inclán, William Burroughs, Italo Calvino y
Carlos Fuentes. “Hay autores que me cautivaron a los 20 años y ahora no
me parecen tan buenos: algo en mí ha cambiado respecto a estos libros.
Hay una biblioteca virtual que se ordena de acuerdo a las experiencias de
vida”.
–¿Por ejemplo?
–Encontré que hace 20 años subrayé frases de Aristóteles o
Cervantes, frases que hoy no me dicen nada. Decía Borges que la lectura
es la obra de arte suprema, la única de la que podemos estar orgullosos.
Efectos personales representa sólo una estación en el camino.
–¿Por qué incluye a Roberto Arlt y no a Borges?
–Efectos personales es un índice de nombres, como una especie de tarot
donde se echa a suerte quienes van a tener un capítulo dedicado íntegramente
a ellos y a su obra, y quienes no. Borges, de manera transversal, está más
presente en el libro que Roberto Arlt. Creo que, desde los ‘60, Borges
contó con excelentes intérpretes de su obra, y lo que yo puedo agregar
ya está dicho.
–¿Cuál es la razón de ser de la lectura crítica y la actualización
constante de los textos?
–Toda lectura activa es una forma de autobiografía o de autorretrato.
Hay un aforismo: “Un libro es como un espejo: si un mono se asoma a él
no puede ser reflejado como un apóstol”. Nos cuesta mucho trabajo, a
los autores, erigirnos como jueces de nosotros mismos. Cervantes
consideraba que su Quijote era un juego, y para Shakespeare lo mejor eran
sus sonetos… . Leer es una oportunidad de riesgo que te permite
contemplar tus razones.
Una mirada hacia adentro
Villoro cuenta en su libro una anécdota que habla de una patria
exagerada. Una patria, dice el autor, “donde mis primos desayunaban
tequila con pólvora y mis tías se encajaban espinas de agrave para
castigar sus malos pensamientos..., como si posaran para Frida Kahlo”.
–¿Qué rol juega el realismo mágico en la construcción de este
espejismo?
–Me preocupa la mirada del extranjero, su necesidad de exotismo. Algunos
autores han caído en la trampa de acudir en forma deliberada a algo muy
latinoamericano para saciar esa sed de exotismo. Se trata de un ejercicio
de folklore de éxito garantizado en Europa y Estados Unidos.
–En ese mismo tren marcha la cuestión aborigen…
–Por un lado, en México hay una retórica que exalta la herencia indígena:
se celebran con orgullo las pirámides, los emblemas patrios tienen que
ver con las raíces aztecas, etcétera, pero al mismo tiempo se ignoran
las 56 comunidades indígenas que habitan este país. El México que se
forjó en la Revolución exaltó esta grandeza del pasado en la medida que
ignoraba el presente. El principal mérito de la rebelión zapatista fue
poner el tema indígena en la agenda de la modernidad.
“Querer cambiar la Constitución en favor de las autonomías indígenas
es un reclamo revolucionario –continúa Villoro–. Se trata de impulsar
un nuevo contrato social. Luego de esta batalla legal, viene una batalla
por el desarrollo: los indígenas viven en condiciones que sólo se
distinguen de la edad de piedra porque allí llegan los camiones de
Coca-Cola”.
–En ese contexto, ¿cuál es el rol de los intelectuales?
–Los escritores han tenido una actividad social muy fuerte en México.
El escritor es un privilegiado que vive de la palabra en un país donde
mucha gente no sabe leer y donde, la mayoría, no tiene dinero para
comprar libros. Esto marca al intelectual y le da, si se quiere, un
aspecto positivo: el compromiso social, el compromiso sartreano.
–Pero esto tiene también otro costado...
–Al tener el poder de la palabra, el escritor mejicano adquiere un rango
de mandarín. Esto hace que los escritores se conviertan en auténticos
gurúes y que el gobierno trate de acercarse. Por otro lado, los mismos
escritores perdemos la noción del verdadero rango del conocimiento y
acabamos siendo profetas mediáticos.
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