Sandra Licona
Cuando se dio a conocer su libro de cuentos La casa pierde (Alfaguara, 1999), Juan Villoro aseguró que, aunque todos desarrollamos en la vida una serie de acciones, también hemos faltado a algunas citas con el destino. Hoy, las acciones literarias del autor de La noche navegable, y en especial la escritura de La casa pierde, han llevado a Villoro, sin embargo, a una cita puntual con el destino: la obtención del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores, que este año le otorga un jurado integrado por Jorge Ruiz Dueñas, Francisco Hernández, Daniel Sada y Hugo Hiriart —todos galardonados en años anteriores.
La casa pierde,
coincidió el jurado de este premio (que consta de 50 mil pesos y un diploma,
que le serán entregados el próximo 27 de febrero durante una ceremonia en el
Museo Rufino Tamayo), “reúne las condiciones literarias que el Premio
Villaurrutia exige” porque en éste “transcurre una prosa lúcida y llena de
humor y vitalidad al reflejar el habla y el espíritu de la época”.
En una entrevista
concedida a Crónica a principios de 1999, justo cuando dio a conocer dicho
volumen, Villoro, refiriéndose a la esencia de esta selección de cuentos (que
aunque “no apuesta por la cultura de la hipocresía, no impide que le conceda
a ésta una función ética, incluso terapéutica”), afirmó que “si supierámos
todo de la gente que nos rodea, nos resultaría imposible vivir con ella. El
secreto es como una fuerza sorda que muchas veces altera y transforma las
historias. Es uno de los grandes temas de la literatura”.
En la columna Dios
es redondo, que escribió para La Jornada durante el mundial de
futbol en Francia, este autor nacido en 1956 recurrió al beisbol como metáfora
propicia para explicar su iniciación literaria. No es de extrañar que La
casa pierde incluya al menos tres historias relacionadas con algún deporte;
así como con los juegos del secreto, de la revelación, del azar.
Al hablar de una
posible vena literario-deportiva en su escritura, Villoro reconocía: “El
libro tiene que ver con el tema del azar y la fortuna. Esto se expresa de manera
muy obvia en dos relatos, el que da título al libro, y El domingo de Canela,
que se refiere al hipódromo y a las apuestas. En ambos cuentos, el azar no es
sino un pretexto para que los personajes revelen que están apostando en
realidad por cosas más profundas de sí mismos. En otros relatos el juego se
expresa, más que en los procesos azarosos, a partir de los deportes. Es el caso
de Campeón ligero, ubicado en el ambiente del boxeo, o El extremo
fantasma, que se enmarca en el mundo del futbol. Y es que el deporte me
interesa no solamente como una gesta que ocurre en un cuadrilátero o en una
cancha, sino como una forma de la pasión: cómo la gente deposita sus ilusiones
en los atletas que la representan”.
De acuerdo con
Villoro, “lo no dicho es una de las cosas más difíciles de lograr en la
literatura. En buena medida la vida está determinada por las cosas que no
revelamos, incluso por las que no hacemos. Todos desarrollamos una serie de
acciones, pero también hemos faltado a algunas citas con el destino. Una buena
historia debe tener zonas de misterio que la determinen. Me interesa que surja
una sorpresa, una fisura que lleve a los personajes a una zona distinta y los
obligue a establecer un careo consigo mismos. Esta situación, creo, en buena
medida depende de las zonas que mantenemos ocultas o no queremos ver, es decir,
de los secretos latentes que en cualquier momento pueden aflorar, cambiando
nuestra percepción. El secreto, por otra parte, posee una función ética:
vivimos una cultura que nos pide expresarnos con el mayor descaro posible —he
visto libros de autoayuda que hablan de la necesidad de expresarse sin recato—
y al mismo tiempo poseemos una sobreinformación que surge de la televisión,
del Internet, del periodismo; vivimos rodeados de datos como si esto fuera bueno
en sí mismo y al mismo tiempo existen cosas que no queremos saber o no tenemos
por qué saber. El secreto tiene una función terapéutica. Si supieramos todo
de la gente que nos rodea nos resultaría imposible vivir con ella”.
Agregó Villoro:
“Existen
secretos que tienen una función importante y comunican cosas significativas.
Son como una fuerza sorda, latente, que altera y transforma las historias. Por
eso lo considero uno de los grandes temas de la literatura. La posesión del
secreto permite interactuar mejor con el lector. La diferencia entre un texto
que es literario y otro que no lo es, depende en buena medida de las
interpretaciones múltiples que pueda establecer el lector. Si leemos un catálogo
para ver cómo funciona un aparato es necesario que no existan secretos, que
todo comunique de manera unívoca; en cambio, la literatura tiene la capacidad
de ir moviendo los sentidos de acuerdo con los lectores y las épocas. No quiero
decir que la buena literatura sea necesariamente hermética, defiendo mucho una
literatura clara, pero me gustaría que mis libros se leyeran de una manera diáfana:
es un reto superior escribir literatura clara, y que al mismo tiempo sea
profunda”.
Uno de los retos literarios de Villoro se cumple, sin duda, con el reconocimiento que supone el Premio Xavier Villaurrutia, que fue fundado en 1955 por Francisco Zendejas, aunque ahora es su viuda, Alicia Zendejas, quien coordina dicho galardón. Precisamente fue ella quien informó que el jurado consideró que Villoro ya tiene “una voz continental en la narrativa y que domina todos los géneros, desde el periodismo hasta la novela, pero sobre todo el cuento”. Ahí están sus novelas El disparo de Argón y Materia dispuesta, así como, entre sus libros de cuentos, El mariscal de campo, La noche navegable, Albercas y Tiempo transcurrido. Además, en otros rubros, El rock en silencio y Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán n