| El superviviente del rock |
|||||||||||||||||||||||
Con 50 años, cuarenta con los Rolling Stones, Mick Jagger no pierde carisma ni actualidad. Ni fama de ser uno de los personajes más dificiles de entrevistar. Por su humor cambiante. Este mes saca un nuevo disco en solitario Viene
a entrevistar a Jagger?
El vivero de la contracultura que hace 35 años merecía el nombre de Swinging London se ha convertido en un tenso bastión cosmopolita. Los periódicos hablan del choque de civilizaciones, la ruptura de la arcadia global. Una fauna variopinta insiste en mezclar costumbres y demostrar que la ciudad se parece a lo que Borges encontró en El aleph: "Vi un laberinto roto: era Londres". En un cibercafé, un hombre de turbante consulta los resultados del hockey sobre césped; unas chicas ataviadas a la usanza musulmana ríen ante un cartel que anuncia una obra de Duchamp en la Nueva Tate: La novia desnudada por sus solteros ,- en un parque infinito, una sirvienta de uniforme empuja un cochecito de bebé en el que lleva croquetas para perro (la siguen 10 robustos pequineses); en un vagón de tren veo aún más perros (son bulldogs y todos están en el torso de un hooligan), en el asiento de enfrente, un hombre con aspecto de lord, o por lo menos de cliente decano de Burberry's, lee un periódico. Le pido el suplemento de espectáculos porque tiene a Jagger en la portada: Jumpimg Jack sonrie, mostrando la lengua más fotografiada del planeta. El cantante habla de su aventura como productor de Enigma, la película de Michael Apted, con guión de Tom Stoppard. El reportero ofrece una noticia invaluable: Mick Jagger está. de buen humor. Fue a la función de gala con su hija, departió con el príncipe Carlos, bromeó con los calumniadores de la prensa vespertina, saludó a decenas de súbditos de la Corona y exclamó con el grandeur de quien sabe olvidar que paga demasiados impuestos: "Yo podría haber hecho de maravilla todos los papeles, pero no me dejaron". Mis últimos días han girado en torno al mercurial humor del líder de los Rolling Stones. Sus demandas emocionales obedecen a un código tan estricto como el teatro kabuki. Harto de padecer el escrutinio que sin embargo necesita, evita hasta donde puede el contacto con los cazadores de intimidades y los desmitificadores de última hora. El protocolo para entrevistar a Jagger pasa por media docena de chicas amabilísimas que lo llaman Mick y respetan en dosis idénticas la curiosidad de los periodistas y el mal genio del artista. Pocos hiperquiméticos han conquistado tan a pulso su derecho a la descortesía. Después de sudar ante millones de feligreses al ritmo de Peleador callejero, este evangelista del alto volumen no tiene por qué presentarse como el afable hombre de negocios que también es.
La verdad sea dicha, sería decepcionante encontrar a un Jagger falto de temperamento. El Leo más famoso desde Napoleón vive para la notoriedad de sus impulsos. Así las cosas, los días previos a la entrevista abundaron en informes sobre el clima en la mente del cantante. Mick Jagger acaba de terminar Goddess in the doorway (Diosa en el umbral), su nuevo disco como solista. A estas alturas de su supervivencia, no pone nada en riesgo. ¿Hay alguien capaz de creer que Jagger depende de la música? Como la Coca-Cola o su tocayo Mickey Mouse, es un arquetipo del siglo XX y ya pertenece a la arqueología del presente. La suite de Jagger es el equivalente mediático de la recién descubierta tumba de Zed-Khon-uef-ankh en Egipto, sólo que en este caso el habitante de la cripta es hipersensible. No puede ser de otro modo para alguien sometido a la fabulación de los otros. En la simplificación positiva, Jagger es, como escribió Martin Amis, "el menos sedentario de los millonarios", un coleccionista de top-models, el vitaminado sobreviviente de todos los excesos, la vibrante encarnación del lema "larga vida a lo efímero". En la simplificación negativa, Jagger aparece como un prisionero de su fama: se tortura durante cuatro horas diarias en un gimnasio, come semillas maerobióticas, se inyecta glándulas de mono, le han injertado pelo de 40 personas y se duerme a las siete de la noche en una cámara aséptica y solitaria. La aburrida verdad debe quedar en un sitio intermedio, pero no le conviene a la leyenda. El mito de Jagger es posible gracias a un milagro biológico: Keith Richards sigue vivo. El imperio de los Stones es controlado en minucia por el cantante, pero depende de los oscuros callejones recorridos por el guitarrista. En Goddess in the doorway, Jagger ha querido recuperar la privacidad con que nadie lo asocia, la espontaneidad de quien toca con sus amigos y habla de sus complejos y sus heridas. Ha vuelto a escribir canciones en la cocina, no en la de Keith Richards, donde se desayuna cerveza a las seis de la tarde, sino en la que es honestamente suya: un laboratorio para preparar café, digno de la tecnología post-Habitat de Inteligencia artificial La invitación a la controlada intimidad de Jagger me lleva al hotel Mandarin, un escenario de los tiempos de esplendor colonial, sacado de algún relato de Kipling: vestíbulos de mármol, ujieres indios, chimeneas encendidas, jardines interiores con helechos. Con renovada amabilidad, la gente de la compañía Virgin me recuerda que hay una lista de temas prohibidos. "¿Estás nervioso?", me preguntan. No estoy nervioso porque no he leído la lista, pero empiezo a estarlo porque bebo tres tazas de té en el bar y un ping-pong de teléfonos móviles nos informa de que las entrevistas van con retraso. Los reporteros somos guiados como el tráfico aéreo rezagado en un aeropuerto. Tal vez Jagger ya no está de buen humor Recuerdo infinidad de entrevistas que el hombre de la lengua ha interrumpido con bostezos y pésima dicción. Dejo de contar las tazas de té, pero no de beberlas. La representante inglesa de Virgin se muerde una uña y me dice para motivarme: "Eres el último de la fila; Mick espera mucho de esta entrevista". Sospecho que hay problemas y apuro otra taza de té. Su Satánica Majestad aparece a la altura de su fama. Aguzo el oído, en espera de que un televisor caiga por la ventana. Una superstición periodística me sugiere una negra ley de las compensaciones: sería magnífico que Jagger odiara al periodista alemán que me precede. La encargada de relaciones públicas llega al bar: "¿Estás preparado?", pregunta en el tono en que la torre de control se dirige a un avión sin tren de aterrizaje. El silencio en el ascensor revela que algo salió mal, pero sobre todo que aún puede ir peor. Pasamos a una surte decorada para filmar una novela de Henry James. Lo único que desentona con los sofás imperiales y las mesas de caoba es el hombre en el umbral, vestido con una camisa púrpura, abierta sobre una camiseta. Lleva un listón en la muñeca (como los que se atan en Brasú para cumplir un deseo) y sonríe de buena gana: "Soy Mick" (en su caso, la aclaración es una muestra de ironía). A los 58 años, Jagger sigue sin estar quieto en una silla. Cruza y descruza las piernas, gesticula como si tuviera que ser elocuente a treinta metros de distancia, cargado de una energía sin propósito definido. Sus facciones se han arrugado en forma decorativa, como el rictus de pistolero de Clint Eastwood o los inmensos rostros de piedra de Mount Rushmore. Habla de su concierto en México: "La altura me mataba; deberíamos hacer pretemporada para tocar ahí, como los equipos de fútbol". Entona Satisfaction del peor modo posible para demostrar la forma en que el aire mexicano le robó la voz. Algo me dice que la entrevista anterior fue un desastre. "El periodista alemán fue masacrado: Jagger está de estupendo humor", piensa el vampiro que habita en todo entrevistador
Ha dicho que "Goddess in the
doorway" es el más personal de sus discos. Cuando una celebridad
tiene arrebatos de franqueza, casi siempre se piensa que se trata de otra
estrategia en el culto de su personalidad.
Scott Fitzgerald escribió que no
hay segundos actos en la historia americana. La cultura pop ama el "comeback"
el regreso contra todos los pronósticos, algo desconocido para el
duradero Mick Jagger.
Sin embargo, en el disco se muestra
vulnerable y habla de numerosas derrotas emocionales. Hacia el final dice:
"Debo aprender". Una frase sorprendente para Jagger.
¿Qué debe aprender?
"Goddess" explora ritmos
muy poco frecuentados por los Rolling Stones. ¿Puede realmente
desmarcarse del conjunto?
En varias canciones habla de
escapar. El disco parece el último motel del desierto, un refugio para
los descarriados.
¿Donde no haya periodistas?
"Don´t call me up" es
una de las canciones más tristes que ha escrito. Aunque trata del fin de
una relación amorosa, tal vez alude a otras cosas. Fue compuesta cuando
se acababa la última gira de los Stones. ¿Tan duro es abandonar el
camino?
Hace algunos años escribió:
"El tiempo no espera a nadie" ¿Hay espacio para la nostalgia
tras 40 años con los Stones?
En "Jagger remembers", la
extensa entrevista que Jann S. Wenner le hizo hace unos años para "Rolling
Stone", me sorprendió que no recordara en qué discos estaban muchas
de sus canciones. Wenner tenía que recordárselo. Los 'fans' se acuerdan
mejor de su obra que usted.
El pensamiento religioso nunca ha
estado muy presente en sus canciones; sin embargo, ahora se pone místico
cuando sube a un coche. En una canción habla de "buscar la verdad en
los callejones", y en otra va en cuatro ruedas en pos de Buda. Para
el movedizo Jagger, un auto parece el equivalente de una capilla.
Usted es el alumno más famoso de
la London School of Economies.
Durante un tiempo frecuentó las
tertulias laboristas en el restaurante The Gay Hussar y ha escrito
canciones con tema político. ¿Querría comentar algo sobre el ataque a
las Torres Gemelas?
Parece que asistimos a una nueva
Edad Media, una guerra santa en la que se dirimen fanatismos.
El salvaje ataque en Manhattan ha
desatado una ola de patriotismo en Estados Unidos. Martin Amis escribió
hace poco que a los norteamericanos les parece incornprensible que alguien
los odie, y, sin embargo, hay razones históricas para oponerse a su política.
lrak ha perdido al 5% de su población, una cifra que en Estados Unidos
equivaldría a 14 millones de personas.
No parece haber grandes caudillos
en nuestro tiempo. Hace algunos años, el novelista John Mortimer le
consultó a usted en materia de carisma. En aquel entonces, Rasputín le
parecía la superestrella del carisma.
¿A qué carismático elige esta
tarde?
Ha mencionado a carismáticos que
seducen en la intimidad.
¿Escribiría su autobiografía? Entonces no ha llegado el
momento de la autobiografía.
Sin embargo, sus nuevos proyectos
tienen que ver con la intimidad. Prepara un vídeo, una especie de película
casera.
¿El guión que está escribiendo
para Scorese también es autobiográfico?
La canción "God gave me
everything" parece el reverso de un terna de juventud, 'You can´t
always get what you want". Ha dicho que escribió la letra en diez
minutos, cuando la música ya estaba lista.
Algunos podrían pensar que en esos
diez minutos, el flujo de la conciencia lo llevó a un excepcional momento
de sinceridad y se vio con la grandeza de un Dios. Sin embargo, la canción
tiene un tono herido, parece un grito para seguir luchando.
El mundo del espectáculo tiene una
curiosidad obscena por sus ídolos. Los ídolos están hartos, pero
necesitan de las cámaras. ¿En qué medida podemos creer que la verdadera
intimidad de alguien tan revisado por la mirada pública se encuentra en
el disco "Goddess" y no en los chismes de la prensa?
"Gun" me recordó a
William Burroughs, disparando contra su esposa en México. Es una canción
de amor donde el protagonista pide que le disparen. No creo que haya
cantado nada más violento.
En la canción, usted no se ve como
el asesino, sino como la víctima.
Ha descrito el disco como música
que puede ser creada en una cocina. En las entrevistas a las celebridades, cada minuto adicional equivale a una yarda ganada de milagro en un partido de rugby "¿Es suficiente?", pregunta Jagger, que en Wild horses cantó: "Tengo libertad, pero no tengo mucho tiempo". Se pone de pie. Sabe que la entrevista duró más de lo convenido, un lapso que en la avasallante celeridad del pop equivale a una edad clásica. Jagger se mueve con desesperada premura de una eternidad a otra; no es una ruina agraviada ni una reliquia ennoblecida por los años; su único espacio es el presente, un presente detenido. Ninguna frase captura mejor su circunstancia que la conjetura que pronunció en la entrevista: "Supongamos que no existen los Rolling Stones". En cuatro décadas de vida pública, Mick Jagger es ya un relato colectivo. Su pose más seductora y radical es la de desconocerse. Imposible saber con qué ahínco cultiva la soledad y el olvido. De cualquier forma, su personaje sólo en parte le pertenece. |
Encontrado en: http://www.rollingmania.com.ar/rs_2001/medios/noticias/n_110501_01.htm