Los trazos del agua y el barro

Héctor Perea

Juan Villoro,
La casa pierde,
Alfaguara,
México, 1999.

En el año de 1992, y con una obra en portada de Jacques Monroy con el título de Honeymoon, apareció La alcoba dormida en la editorial Monte çvila. Si menciono la pintura, fragmento de lo que supongo un políptico, es porque el contraste entre el título y el contenido de la misma era más que ilustrativo del sentido que siguió esta antología de Juan Villoro. En ella se agrupaba una selección de sus, hasta entonces, dos libros de cuento: La noche navegable (1980) y Albercas (1985). Pero también el volumen contenía tres relatos desconocidos en México que hoy aparecen dentro de La casa pierde (1999), el libro más reciente de narrativa breve de Villoro.

``La alcoba dormida'', el cuento que daba título a ese volumen, y Honeymoon, tenían al menos un punto de contacto: mostraban en profundidad justo lo que no eran según su apariencia inicial en función de rubros. El sentido último del libro estaba en las imágenes interiores y no en las palabras alusivas que, de hecho, nunca habían buscado explicar los contenidos sino jugar con ellos; con ellos y con su doble, como sucedía en el cuento antes referido en la dinámica establecida entre el personaje de los empastes dorados y las gemelas. Título y portada habían mostrado de forma fugaz el peso que la paradoja tendría dentro del libro; y aún más allá, el papel de cimiento de los elementos impresos que tendría en esta antología y en varios de los cuentos que Villoro ha venido publicando después.

Como aplastada por los huesos de un dinosaurio de museo, la escena humana de la luna de miel representaba a una mujer obesa en una actitud ambigua. Quizá en la de esclavizar a un hombre joven. No había antecedentes de la imagen ni de sus consecuencias -aunque bien podían preverse éstas. La situación, así, aparecía de forma desnuda y francamente devastadora.

Escrito con un lenguaje directo, próximo a la narratividad cinematográfica y al sólo aparente estatismo de cierta plástica contemporánea, La casa pierde mantiene el mismo tono equívoco ya anticipado en la antología venezolana. Una de sus principales características, y que podría interpretarse también como virtud, es la inclinación del autor a ver las narraciones como pedazos de realidad que, bajo un enfoque finisecular, sólo mostrarán ciertas facetas e instantes singulares pero en absoluto concluyentes de la historia. En esto, los de Juan Villoro me recuerdan algunos relatos de Raymond Carver. Aunque también, y primordialmente, las pinturas de interiores de Edward Hopper. En esos espacios ricos en iluminación natural y artificial la dejadez humana, el desencuentro, el derrumbe último discurren apresados por el entorno vulgar, sin proyectar mayor drama hacia afuera pero creando profundas huellas interiores que uno sospecha sin poder certificar. En momentos extremos la cotidianidad desgastada sufre en los cuentos de Villoro deformaciones grotescas, como sucede en los retratos de Francis Bacon. Los personajes no logran, y luego ya no lo intentarán, zafarse de la piel propia o ajena que los oprime y los empieza a ahogar. La única opción para ellos será dejarse envolver por completo: aceptar la contundencia de la medianía, de la vejez, de la pérdida del amor o de la pasión.

Por otro lado, los finales de estos cuentos no son concluyentes. De hecho, tal pareciera que las historias no han buscado más que inquietarnos en un principio con una presentación directa apenas matizada por chispazos argumentativos. Luego este proceso de seducción casi inadvertido por el lector se completará cuando el autor cancele los caminos seguros y libere una capa de indefinición sobre lo narrado. De nuevo, como en los rostros de Bacon, el escurrimiento de la trama entre los dedos hará que la imprecisión y la neblina caigan sobre la idea más o menos precisa que se iba teniendo de las historias y los sujetos. El engañoso reconocimiento experimentado durante la lectura, bajo el efecto de un final inconcluso, más que certezas dejará incógnitas.

Aunque esto último no resulta del todo exacto en todos los casos, pues el estupendo cuento que cierra La casa pierde, el libro más ambicioso y el mejor logrado de Villoro dentro del género, me refiero a ``Corrección'', resulta clásico cuando menos en el hecho de darnos un final breve, fuerte, relativamente sorpresivo e iluminador del relato y del libro en general. Villoro descubrirá aquí, con unas cuantas frases, algunas de las múltiples claves y formas del juego literario que ha pretendido trazar a lo largo del volumen entero.

Ahora bien, aunque mucho se ha señalado sobre la cercanía entre el autor y los deportes, en particular el futbol, en mi opinión ni La casa pierde ni, en realidad, lo más relevante de las narraciones deportivas de Juan Villoro se limitan a ser obras de o sobre encuentros o atletas. Al contrario del mundo hecho a la medida de los lugares comunes de cronistas y locutores que uno conoce bien, el recreado por Villoro es el de las estrategias y ardides que igual afectan al contexto de la competición deportiva como al profesional en general. Pero sobre todo, Juan Villoro hurga en el que incide sobre la vida misma a partir de los pequeños detalles. Aquí se trasluce una clara cercanía a un autor al que, quiero suponer, el escritor mexicano dedica a manera de recuerdo y homenaje ``Campeón ligero'', el primero de los cuentos referido a un decadente campeón de boxeo. Me refiero a J.C., o Julio Cortázar. En este guiño, y en las estrategias narrativas seguidas por Villoro, descubrimos que el autor si de algún deporte es hincha es del mental. El ajedrez que éste práctica resulta ser el de la indagación en los mecanismos más delicados de otros juegos como la grilla, la pasión por el dinero, el vicio del poder, la pasión erótica y la explotación del amor. Este deporte y sus ramificaciones, para Villoro, son lo que precede, condiciona y termina trascendiendo a la contienda deportiva de los domingos por la mañana.

No es que en los cuentos de Juan Villoro la vida se entrometa artificialmente dentro del deporte, sino que la compleja existencia ha estado siempre en esa cancha, aunque no se distinga desde algunas gradas. La postura del autor de Albercas es justo la contraria de la que adoptan la mayor parte de los comentaristas en las transmisiones televisivas y que hace de esa lucha interna de desgarres y huesos rotos, tan bien descrita por el autor en ``El extremo fantasma'', el otro cuento deportivo del volumen, un escarceo chatarra. El uso de la mirada retrospectiva y del cruce de planos, frecuente en los cuentos de Villoro, en ``Campeón ligero'' da el ritmo justo para el paulatino descubrimiento de un engaño. Ese que sustentado en la desgracia aparente había llevado al triunfo a Ignacio Barrientos y que, una vez conjurados el remordimiento y la injustificada amargura, hundirá al campeón en el peor de los fracasos. Villoro enfrenta los conceptos de verdad y mentira en una clara y nueva paradoja que invertirá los valores sociales. El tono que se desprende del cuento trae a la memoria a la Caponera, aquel trágico amuleto humano concebido por Juan Rulfo.

Algunas de las historias de La casa pierde están contadas desde la medianía, si no es que desde la franca mediocridad. Otras, desde una perspectiva que anticipa la caída final. Mucho hay de conformidad y cinismo, de disimulo en los personajes. Otra vez, el autor se vale de esa aparente inmovilidad de ciertos cuadros de interiores. Pero otro tanto habrá de impotencia y desamor en los relatos. Lo que con más claridad campea sobre el libro es la conciencia del misterio y la injusticia sin medios tonos que rodea la vida. En uno de estos relatos que por su extensión alcanzan a ser casi noveletas, ``Coyote'', el cual desde que lo pude antologar en una versión electrónica sigue trayendo a mi mente la película Estados alterados de Ken Russell, confluyen varios de los gustos narrativos de Villoro que recuerdan también al gran cronopio: el viaje como iniciación, la convivencia y continua suplantación entre la realidad y la fantasía, el roce con las fuerzas misteriosas, el ocultamiento voluntario de la conciencia.

La casa pierde es un libro donde la prosa experimentada de Juan Villoro corre con libertad y deja un regusto cosmpolita. Afinado en las mejores lecturas y en una sensibilidad propia que ha sabido reconocer los reflejos y las marcadas diferencias que el contacto con el exterior imprime sobre la imagen de su país, Villoro se muestra en más de un ejemplo ávido de universalidad. Pero lo que más llama la atención del volumen es la cercanía que Villoro establece entre la escritura y las cosas más propias y humildes de la tierra. El trazo del escritor, en muchas de estas páginas, parece mezclado con el agua y el barro que después del paso por el fuego pueden resistir los peores embates del tiempo y del juego.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/feb99/990228/sem-libros.html