abc.es cultural. 03.09.2001

El que pierde gana

Juan VilloroDel mexicano Juan Villoro conocía dos volúmenes de crónicas (Tiempo transcurrido, Los once de la tribu), dos novelas (El disparo de argón, la excelente Materia dispuesta) y un insuperable libro de viajes por Yucatán (Palmeras de la brisa rápida) que lo acreditaban como uno de esos escasos escritores que, cualesquiera que sean el ámbito y el formato en los que desenvuelven, jamás defraudan al lector culto y exigente. Ignoraba, sin embargo, que Villoro hubiera tratado también de medir sus fuerzas en el delicado combate del relato. La reciente publicación de La casa pierde, un volumen en el que recoge diez de sus cuentos, todos ellos magníficos, alguno incluso con ese aroma que desprenden las obras que algún día se convertirán en clásicas, viene a confirmar esa condición suya de gran escritor todoterreno.

Porque en estos relatos Villoro se nos revela dueño de una irreprochable técnica narrativa, de una prosa al mismo tiempo clara y concentrada, de una adjetivación contenida y certera, de un rico y variado catálogo de recursos, de un atinado sentido del ritmo y las jerarquías, de unas maneras en definitiva de buen narrador que pocas veces coinciden de forma tan armoniosa y fecunda en un mismo escritor. Se trata, por supuesto, de algo que está muy por encima del simple oficio, de la relativa destreza que los literatos adquieren con los años, de la lógica familiaridad que un escritor acaba entablando con sus materiales y herramientas. Lo que he llamado maneras de buen narrador tiene poco que ver con la forma y mucho con el fondo, con la riqueza y la coherencia de ese mundo literario sobre el cual el autor ha instalado sus andamios. Tiene que ver, por tanto, con la capacidad del escritor para adentrarse en el alma humana y descifrar algunos de sus secretos.

¿Pueden la envidia, la lástima, la culpa o en rencor cimentar una sólida relación de amistad? Varios de los relatos de este volumen cuentan la historia de una amistad desigual: la de un cronista deportivo y un sufrido campeón de boxeo unidos por un siniestro episodio del pasado, la de un adinerado locutor de radio y un lastimoso actor de teatro más o menos vanguardista, la de un novelista de prestigio y talento reconocidos y otro que apenas si tiene valor para dar sus textos a la imprenta... Las a menudo difíciles, contradictorias, incluso tenebrosas relaciones de dependencia que se establecen entre los personajes permiten al autor profundizar en un tema tan antiguo como la literatura misma: el de la complejidad de los afectos, el de la oscura naturaleza de los lazos que unen a los seres humanos.

Pero los protagonistas de estos relatos son personajes eminentemente solitarios. Como a Onetti, acaso su referencia literaria más próxima, a Villoro le atraen esos perdedores gloriosos, crepusculares, desarraigados, esos hombres que están siempre de paso en tierra de nadie, que carecen del derecho al orgullo y viajan de aquí para allá como huyendo de sí mismos, que viven en la periferia de la realidad, en las fronteras de sus propias vidas, y se saben rehenes de un pasado que arrastran consigo como una mochila demasiado pesada. Para Juan Villoro, como para Graham Greene, el que pierde gana, y también el que gana pierde, de modo que hasta los triunfadores de sus cuentos lo son sólo de una manera paradójica, verdaderos fracasados que siempre tienen algo que hacerse perdonar: a esta categoría pertenecen el ya mencionado campeón de boxeo, el antiguo alto cargo que descubre la soledad durante una larga estancia en una universidad norteamericana, el ingeniero retirado que después de veinticinco años recibe la visita de su primera mujer, el entrenador de un fantasmal equipo de fútbol al que contratan para que el club pierda y no ascienda de categoría...

Los personajes de Villoro ofrecen a veces la impresión de haber venido al mundo para expiar alguna culpa del pasado, una suerte de pecado original del que ninguno parece poder librarse. Como en la película Retorno al pasado, da la sensación de que el destino les espera para castigarles a la vuelta de la esquina y de que, si no les espera, es porque nunca ha dejado de castigarles, como le ocurre al patético huésped de una pensión que lleva años y años aguardando una condecoración que certifique sus méritos profesionales o como les ocurre a todos esos sombríos contrabandistas y conductores de camión que, en el cuento que da título al libro, se reúnen en un astroso garito de tahúres para jugarse el dinero que tienen y el que no.

Decía al principio que de algunos de los relatos de este libro se desprende el aroma de las obras que un día se convertirán en clásicas, y al decirlo me estaba refiriendo, por ejemplo, al cuento del campeón de boxeo y al del entrenador de fútbol, pero sobre todo al de los dos novelistas de prestigio y talento desiguales. En este relato, el último del libro, titulado como la novela de Thomas Bernhard Corrección, cuenta Villoro la historia de un novelista que abandona la escritura y que,contratado para corregir las galeradas de una revista, descubre que sólo puede escribir sobre los textos ya escritos: que los artículos, los cuentos, las novelas de los demás son para él el borrador del que puede extraer el texto perfecto, ideal. «Eres mi borrador», llega incluso a decirle a su amigo escritor, y tan afortunada invención acaba convirtiéndose en metáfora del cuento mismo y de su gestación, pues no en vano el propio relato de Villoro se nos antoja próximo a ese estado dichoso de perfección ideal que con tanto ahínco busca su personaje.

Ignacio Martínez de Pisón