Álvaro Enrigue. Vuelta, abril de 1993
La alcoba dormida
de Juan Villoro
Monte Ávila Editores, Venezuela, 1992, 110 pp.
La incontenible fluidez con que marchan los relatos de Juan Villoro, a menudo ha demeritado su trabajo frente a la crítica, y es que el ritmo que impone su lectura es de tal contundencia, que cualquiera se queda viendo pasar el desfile relampagueante de sus narraciones sin darse tiempo de atender al riguroso trabajo literario que las sostiene.
Su obra más reciente se llama La alcoba dormida, una antología híbrida compuesta por siete cuentos ya publicados y tres inéditos, todos buenos representantes de una prosa impertinente, que no rinde su profundidad crítica a la ligereza de un ritmo narrativo indispensable para trasladar al lector a un mundo en el que la verdad tangible se desmorona frente a la agudeza del juicio literario.
Como cualquier antología, La alcoba desnuda pretende presentar al autor a un público que difícilmente lo conocería a través de sus títulos anteriores (en este caso el público específico es el venezolano). Aun así, y sin tomar en cuenta los tres relatos inéditos, el libro ofrece la posibilidad de recapitular sobre trece años de trabajo literario en un momento en el que el discurso del autor parece alcanzar la madurez plena. Además, el hecho de que haya sido el mismo Villoro quien decidió cuales cuentos se habrían de antologar, concede la rara oportunidad de presenciar el juicio que un autor hace sobre su obra.
Esta selección denota, en primer lugar, que lo que Villoro considera atractivo de sus narraciones es la indagación sobre el sistema escatológico decadente que viven a diario las víctimas de la Ciudad de México, incluso cuando están fuera de ella. En los diez cuentos, los límites del mundo profano están claramente situados entre una religiosidad ancestral de paraíso imposible, y un infierno moderno, plagado de médicos y medicamentos.
Desde esta perspectiva podemos decir, como un primer acercamiento a la obra, que gira en torno al eje temático del tránsito: en los diez cuentos, diez personajes se enfrentan a una circunstancia que los hará cambiar de un estado a otro. La alcoba desnuda también evidencia que la evolución del estilo del autor no siempre fue acorde con los tiempos en que fueron publicados los relatos: al organizar la antología, él mismo situó en una etapa estilística más temprana las narraciones contenidas en Tiempo transcurrido (1986), que las de Albercas, de 1985. Este juicio selectivo divide claramente su trabajo en 3 etapas evolutivas.
En el primer grupo de cuentos, publicados originalmente en La noche navegable y Tiempo transcurrido, los personajes se ven afectados por situaciones concretas a través de las cuales Villoro juzga irónicamente a la realidad cotidiana: "En eso estaban cuando una camioneta de la policía se detuvo junto a ellos. El incidente podría significar poco en otros lados, pero en el Estado de México equivalía a la llegada de una división nazi al ghetto de Varsovia." La comparación recurrente ilumina los puntos en que la realidad hace crisis y distancia al ser del deber ser.
Esto no significa que la intención de los relatos sea la denuncia; en esta primera etapa, Villoro esquiva la crítica del problema moral porque su interés primario está en la astucia literaria, en conseguir graciosamente un momento de plenitud de significado, burlando eso que Kayser llama "propiedad lingüística".
El siguiente grupo de relatos, tomados de Albercas (1985) está más cercano temática y formalmente a El disparo de Argón (1991). En ellos Villoro deja de lado la crítica de la cotidianeidad para indagar en la posición moral que los personajes adoptan frente a ella. Este giro implica varias transformaciones estructurales: la realidad -que antes aparecía contundente frente a los personajes que sobrevivían a ella-, aquí se transforma en apenas un marco de acción; la tensión dramática, que antes estaba sostenida por Número 197 Abril de 1993 el ludismo narrativo, ahora se acumula en la espera del desenlace, marcado siempre por un momento de liberación. Las comparaciones se hacen metáforas: "El invierno cobró forma en la tira de asfalto resbaloso, en el cielo blanco y duro, en las alas metálicas de las gaviotas."
En este contexto de mayor rigidez formal, lo escatológico deja de ser divertido. La religión desaparece definitivamente, dejando a los personajes abandonados en sus búsquedas metafísicas: el músico tiene que inventar su propia cábala y el hospitalizado su cielo. Si todos los relatos de La alcoba desnuda se centran en momentos de transformación, en los tres tomados de Albercas, la transición es iniciática, implica lo que Mircea Eliade define como una "mutación de régimen ontológico". La necesidad de profundizar en las ansiedades metafísicas de los personajes, obliga al discurso de Villoro, siempre enamorado de la agilidad textual, a enriquecer el puro acto narrativo con un enorme caudal de referencias místicas, que redundan en el uso de estructuras significantes más complejas y de natural resonancia poética: "Cada vez que hay un silencio absoluto pienso en fuego."
Los últimos tres relatos, los más recientes, parecen incorporar en sus textos las virtudes de las dos etapas anteriores. Conservan la rigidez formal a la vez que permiten el retorno del humor. La ansiedad metafísica de los personajes culmina en una insatisfacción elocuentemente melodramática. El médico y el escapulario toman una dimensión ridículamente grandiosa: rigen la vida de los personajes condenados a una existencia trágica en el marco grotesco de la Ciudad de México, "Recordé mi primera caminata por las calles del centro, entre ciegos y vendedores andrajosos. Vi a una mujer enorme, sucia, muy rubia, orinar incansablemente en la banqueta; vi a un oso llagado bambolearse al compás de un pandero; vi a una anciana que sostenía una vitrina plagada de moscas..."
Aunque la estructura de los cuentos siga sostenida por el desenlace, en "El domingo de canela", "Coyote" y "La alcoba dormida" (el relato que nombra la antología) el lenguaje recobra ligereza. Los claroscuros adquieren importancia porque ridiculizan la carga moral que hace trágica la existencia de los personajes Cunden la alegoría y el sarcasmo: "Todo en él escapaba a las definiciones La alcoba dormida rápidas: usaba cola de caballo, era abogado -asuntos internacionales: narcotráfico-, consumía drogas naturales."
Los últimos tres cuentos no permiten dudas: el discurso de Villoro ha alcanzado tal nivel de madurez, que puede disponer de todas las herramientas literarias a un solo tiempo, sin que se pierda la unidad textual de los relatos.
La alcoba desnuda ofrece una excelente introducción a la obra de Villoro, también es una reclamación de reconocimiento para un escritor que con esta edición junta cinco obras publicadas en tres distintos países del mundo hispánico, lo cual no es poco. Aparte de todo lo anterior, ofrece la posibilidad de recorrer en una sola sentada el siempre interesante proceso de maduración de una voz narrativa de rara fidelidad a sí misma.
Encontrado en: http://www.letraslibres.com/pdf.php?id=3771