Xinia M. Estrada

  

 

Xinia M. Estrada.  Narradora y poetisa costarricense nacida en la provincia de San José el 20 de Junio de 1964.

Estudió la carrera de Historia en la Universidad Nacional de Heredia, Costa Rica y en la Universidad de Nevada en Las Vegas . Irrumpió en el panorama cultural costarricense a raíz de su vinculación con la problemática feminista y su deseo de difundirla por cauces literarios; sin embargo, hoy su poesía y sus cuentos presentan un caleidoscopio de imágenes y ritmos internos que trascienden las barreras de los géneros.

Su primer relato “ Retrato de una mujer perdida” fue galardonado con el primer premio en el Concurso CEFEMINA en 1989. Posteriormente obtuvo sendos premios en las modalidades de cuento y poesía en el Certamen Convocado por el Ayuntamiento de Guadalajara, México, para las ciudades hermanas.

En 1992 fue galardonada con el prestigioso Premio de Poesía que otorga la Revista Nacional de Cultura en Costa Rica por sus poemas “Alma de Piedra” y “Mi Calle”.

Los trabajos de Xinia M. Estrada han aparecido en importantes Antologías y Revistas Literarias en América Latina y España. En Costa Rica, su poesía y sus relatos   han sido publicados en la Revista Imágenes,  de la Universidad Nacional; en la Revista Nacional de Cultura, de la Universidad Estatal a Distancia; la Antología de Narradoras de Costa Rica; la Antología Cuento y Poesía. Asimismo en la revista   Mujer/Fempress, editada en Chile;  en la Antología Penumbra y Amanecer del Centro de Estudios Poéticos de Madrid y en  la Enciclopedia Electrónica “Enciclonet.com”. Sin embargo, la mayor parte de su obra permanece inédita. Casada y madre de dos hijos, Xinia se trasladó con su familia a los Estados Unidos para afincarse en la Ciudad de Las Vegas. En la nación norteamericana, se ha ocupado en recoger datos y testimonios de mujeres y hombres  que se mueven en la  compleja cotidianeidad de nuestros tiempos, para plasmar sus informes en su propia producción literaria. 

 

 

ALMA DE PIEDRA


Para cuando ya no estés

voy construyendo un alma de piedra,

un despertar de penumbra,

cobijando mi miedo en el olvido.

Para cuando ya no estés

voy amasando una incógnita en silencio,

despejando mi angustia con tu calma,

adivinando un vacío en la mañana.

Y cuando ya no te sienta

habré inventado el sosiego

para mi espíritu inquieto.

Buscaré tu regazo entre las rocas

y empezaré a soñarte

en el mundo en que ya no te encuentres.


 

MI CALLE


Hay una calle sin nombre,

no tiene aceras ni palmas;

todos los días desfilan

olorosas las muchachas

que me despiertan cantando

sus ventas de fresco y plátano,

vigorón, nacatamal,

el vajo, sopa de frijol,

chicasquilas y correadas.

Son las mismas que de noche

caminan pintarrajeadas

a vender también sus sueños

y ajustar lo que les falta;

alegres las veo venir

silbando en la madrugada,

pedacitos de poema

esconden bajo su falda. 

Por mi calle pasan niños

persiguiendo una esperanza,

pregoneros de colores,

delgaditos, desdentados,

no conocieron escuela

mas saben contar los panes,

pequeños trabajadores,

responden cuando les llamo.  

Siempre hay un pleito en la calle,  

mujeres, hombres y perros  

alborotan toda calma,

borrachos, locos, cochones,

contribuyen a adornarla.

Aquí donde todos huyen

se escribió con barro un canto

y en los muros de mi calle  

se iluminó la mañana.

 

LOS SECRETOS DEL MONTE

         Entre los montes, mi hogar. La casa verde de patas largas que construyó papá el verano pasado. La paja de agua al fondo, atrás el guayabal, infinito, misterioso, custodiado por vacas de pintas negras. Al frente, la carretera y la peña, un pedazo de montaña mutilada por la acción del tractor, la yegua y la aplanadora.

         En invierno sale del peñón un hilito de agua fresca que aprovechan los caminantes en su trayecto; papá les llama “andarines”, son unos machos barbudos con el pelo muy largo y la ropa sucia, que pasan la vida caminando con un salveque al hombro. No tienen casa ni rumbo, pero desfilan uno a uno todos los días por la carretera. Alguna vez nos pidieron posada, no se la negamos a nadie aunque nos estemos muriendo de miedo.

      El encanto de esta tierra, abrazada por los montes que protegen el Valle del General, tiene apuñado un secreto y el desafío de descubrirlo. Entre mi tenacidad y su hermetismo, se libró una batalla de muchos años.

 Todo empezó cuando Jorgillo, el más travieso de mis hermanos,  se perdió en el guayabal un día entero. Yo juraba que había hecho alguna travesura como quebrar un vaso o golosear un dulce, pero no parecía faltar nada en la casa. Los adultos se organizaron en parejas y se metieron bosque adentro a buscarlo, sin tener suerte. Mamá se encomendó a todos los santos conocidos y lloraba a moco tendido asegurando que al ahora bien llamado Jorgito, lo tenían engañado los duendes y, si se hacía de noche, no lo devolverían. Yo traté de imaginar a los duendecillos como unos enanos verdes con gorros de punta y bombón que jugaban y  bailaban y a mi hermano divirtiéndose entre ellos. Esa debía ser una trampa para atraparlo, después lo desaparececían para siempre.  De repente, regresó Jorge por su propia cuenta y quién sabe por dónde,  no dijo palabra alguna y entre la alegría del encuentro, a mamá se le olvidó castigarlo. Después siguió perdiéndose y fue siempre la misma angustia. Al rato le dio por seguirnos la corriente e inventaba cosas sobre los duendes para que lo dejaramos tranquilo.

      No me conformé con las aventuras de mi hermanillo y un amanecer salí al encuentro con los duendes. Me parece que estuve varias horas exhibiéndome en el guayabal y la única visita que  recibí fue la de una vaca gigante, toda negra, que echó carrera para aplastarme, según parecía. Corrí como un desconsolado, en zigzag, en línea recta, haciendo curvas y más de una maroma, pero el animal no me dejó en paz. Entonces decidí subirme a un guayabo; el tronco pelado del árbol me obligó a arrastrarme varios metros hacia arriba hasta alcanzar una rama. Lo logré, pero la vaca se quedó abajo esperando por mí. Intenté maniobrar para ascender y  cortar una fruta tentadora, pero se me quedó un brazo atorado en una horqueta. Estuve colgando con un dolor indescriptible quién sabe cuánto tiempo hasta que aparecieron mis padres con la historia de los duendes. Espantaron a la vaca con piedras y me sacudieron de las piernas. Después me pegaron con una rama de arbusto,  no sin antes  advertirme, anunciarme, amenzarme y, sobre todo,  espantarme ante la idea de lo que podría ser un castigo futuro.

     Con el tiempo, fui perdiéndo el interés por los duendes, cosas más relevantes estaban ocurriendo en mi casa y alrededores. Mamá escuchaba todas las noches como que alguien se mecía en la hamaca del corredor. Mis hermanas también decían haber oído risas de mujeres a medianoche. Papá se levantó varias veces cuchillo en mano a revisar la casa y los patios pero nunca encontró nada. Yo procuraba estar despierto hasta que empezara la sesión de brujas y acompañar a papá a buscarlas y,   por supuesto, nunca conseguí vencer el sueño.    De repente, comenzamos   a oír quejidos debajo del piso  del cuarto de mi hermana mayor. Sólo acabaron el día que la pobre Flor amaneció con el pelo cortado como a mordiscos. Hubo que pelarla como a un hombre para poder emparejarle las mechas y así tuvo que ir a la escuela ganándose el apodo de “polla chinga”.

  Todo el tiempo que vivimos en aquella adorable casita, tuvimos problemas con las brujas y las apariciones. Nos fuimos acostumbrando y a mí hasta se me quitó el miedo. Noche tras noche asomaba una luz muy brillante por encima del árbol de guarumo. Esa era el ánima de una viejilla que había muerto recientemente y en algún lado dejó enterrado un poco de plata. A todo el mundo se le aparecía y ya nadie se atrevía a pasar por el frente de la casilla donde vivió. A papá una vez le cogió la noche sin volver a la casa y no le quedó más remedio que irse por el caminillo del río. Ahí mismito se le atravesó un ataúd que no le dejaba pasar. Pero él, que es bravo de veras, le metió una patada y le dijo  -  quite, quite, suela de zapato -,   recordando que la vieja era más flaca que un cuero, - quite que me precisa- .  Y el ataúd desapareció. Por Dios que a mi tata si le creo.  Yo pasé varias noches aguantándome las ganas de orinar para no salir al patio. Sin embargo, un día me atreví a ir con Jorgillo por la mañana a buscar la luz en el guarumo;  como no vimos nada  pensamos que seguramente    estaba apagada, o andaba en otro  bosque buscando a quién asustar. Lo peor de todo es que Ña Chayo, como se llamaba en vida la señora ‘’suela de zapato’’, se presentó ya difunta en casa de Ñanita, una vecina que andaba siempre descalza. Mientras ella amamantaba a un niño recién nacido, oyó que le golpeaban la puerta.  Ña Anita preguntó - ¿quién es ?- y le contestó una vos muy conocida - pos quién va a ser, soy yo, Chayo -. Ñanita se desmayó y el chiquito se mamó el susto. Desde entonces se hizo tonto, se llama Ismael, pero le dicen Mel al pobre.  Después pasó que se empezaron a desaparecer muchas cosas de la casa. Yo supe que más de uno se estaba aprovechando de las brujas para obtener mercancías comerciables en la escuela.  Así que me apoderé de la oveja más grande del portal, una blanca que me tenía transtornado. Mamá registró todas las cosas nuestras, nos amenazó con insistencia y luego decidió que  habían sido las brujas y nos dejó en paz. Para entonces ya yo había desistido en mi búsqueda de los secretos de aquellos montes.

Aún conservo conmigo la ovejita. Pero nunca supe a ciencia cierta si hubo algo de fantasía en aquella inmensa realidad de mi niñez.