Revista Predios (Upata, Venezuela), número 10, diciembre de 1995.

“¿De dónde son los suicidas?” (Fragmento)

Por: Ramón Ordaz

 

 

El silencio siempre es un escánda­lo. Sus signos son una trasgresión. Por inhabitable. Por insoportable. Su “con­creción” es vértice, tránsito fugaz; lu­gar de lo inasible, lo inestable; donde el ser es morbo sin palabra, donde el gozo es por despecho, por ruina, por hastío, por desilusión, por nada, ¡ho­rror vacui!, por nada. Y así, con la muerte, contra la vida, el silencio es un espacio de creación: un lugar, como ya anotamos, de absolución, en las inextricables vertientes de sus abis­mos; por lo mismo es el lugar del suicida, del hablante más lúcido, bajo una acción que se vuelve anónima, a la par que nos recrimina, nos pone en un bro­te. Nos presenta el poeta Gregory Zam­brano, en su conjuración intermedia y plenipotenciaria, “Canción del suici­da”, un rasgo intermitente, ¿lance, azar de un atavismo?:

 

Esta ciudad es sólo

la lumbre de unos ojos

el neón

los semáforos

Una invitación a la caída

 las sombras

y todo lo que habrá de redimir

el infinito adiós.

 

La “Palabra final” de Gregory Zambrano apunta hacia la vida, “siem­pre la vida”, en su trepidante bullir en las esferas de lo conocido y lo desco­nocido. Y en su exorcismo para domi­nar al silencio, tiene para hacer suyas las palabras del poeta Enrique Moli­na: «Mi sangre ha bebido la savia de la comarca”.