El Universal, Caracas, sábado 23 de diciembre de 2000
Verbigracia, N° 12 Año IV
Apuntes
EN RUTA HACIA EL POEMA, HACIA EL PARAISO
Gregory Zambrano, un Ulises desvelado
Por: Cecilia Rodríguez
Gregory Zambrano, poeta y ensayista merideño residenciado actualmente en México, acaba de publicar en este país su libro Desvelo de Ulises y otros poemas (México: Ediciones Fin de siglo. 2000) un poemario que reúne una serie de impresiones de viaje recogidas a lo largo de una errática travesía por distintas latitudes. Se trata de una bitácora de viaje reconstruida desde el desvelo, una suerte de cartografía que tiene que ver más con un paisaje interior que se evoca desde el insomnio, que con la descripción turística de los paisajes recorridos.Acaso sólo la duermevela y el desvelo sean esos instantes en que sin querer, incluso a veces en contra de nuestra voluntad, soltamos las sólidas amarras y abandonamos los puertos más seguros de nuestro día a día. En esas horas en que el sueño no acude a nosotros y nos quedamos frente a frente con la desnudez de la oscuridad y el silencio, algo de la ruta se nos extravía y nos acercamos más al caminar oscilante de los desvaríos. Jugamos a mantener el equilibrio, a sostener el timón entre las manos, pero la marea siempre es más fuerte que nuestros deseos voluntariosos y sus corrientes suelen llevarnos a los más recónditos parajes.
Cuando leo los Desvelos de Ulises me siento cómplice del insomnio de otro, me transformo en una más de las figuras que transitan su desvelo. Temo romper con mi presencia el delicado equilibrio que estos poemas establecen entre el sueño y la vigilia, camino con sigilo. La duermevela tiene siempre su propia lógica, su propio orden, así que suele ser mejor dejarse llevar por ella sin oponer resistencia. Cuando uno lee estos poemas desvelados, hay que emprender sin ambages un largo viaje que nos lleva de Ítaca a Hiroshima, de la ceguera de Homero a los cuervos de Van Gogh, de Góngora a Truffaut y del laberinto de Ariadna al jardín azul de Frida Kahlo. Son lugares que ha construido la memoria, recuerdos evocados desde la imposibilidad del sueño.
Pero, ¿cómo se construye esta memoria? Se trata de un amplio registro que va desde los recuerdos más cercanos e íntimos: los ojos de una mujer, el jardín de la infancia, el país que dejamos atrás; hasta una suerte de memoria colectiva que llevamos estampada en el cuerpo. La memoria no sólo de lo vivido, sino también la de esos gestos fantasmales que repetimos sin darnos cuenta desde el principio de los tiempos. El deseo de Helena, la lucha con el minotauro, los inevitables naufragios, las preguntas sin respuestas, son recuerdos que llevamos en los gestos y que repetimos con mínimas variantes. De allí que este poemario nos hable a veces con voces de troyanos y a veces con cantos de sirenas que se esconden detrás de los ruidos de nuestra cotidianidad. No es un arsenal exótico al que se acude para enriquecer la paleta, sino una manera de encontrar lo invariablemente humano escondido detrás de la taza de café.
Lo mismo ocurre con la poesía, en el poema "El círculo y la palabra", Gregory Zambrano vuelve a la imagen del río para hablarnos de aquello que fluye sin tropiezos, esa materia que constantemente se renueva en un andar que no tiene principio, ni fin. El poeta se apropia de su tradición, se sumerge en ella para darle nueva vida:
Siempre se leerá el mismo libro,
En nuevos surcos y otras tradiciones.
Los viejos personajes hablarán desde la nada,
Es decir, desde el tiempo entero
Y los versos de hoy serán idénticos espejos
Para otras miradas.En este juego de reflejos y de imágenes que se repiten al infinito es posible dialogar con Cervantes, Homero, Góngora o Kavafis, tutearlos con amoroso irrespeto, apropiarse de sus palabras, digerirlas, masticarlas y transformarlas en otra materia tan distinta y tan similar a sí misma. Todo está por decirse y a su vez ya todo ha sido dicho.
El otro lado del desvelo y de la poesía es el silencio, ese vacío amenazante ante el cual es difícil defenderse. El silencio es la única respuesta posible para Ulises, silenciosa es la voz de Dios y del mundo. La palabra se eleva como una plegaria en un mundo cuya única certeza parece ser la finitud. Ante un Dios que olvidó su creación, el poeta se revela, a ratos lo increpa, a ratos lo busca y a ratos sólo le da la espalda cargado de desesperanza y hastío. El poema se transforma en un diálogo infructuoso con un Dios que hace mucho nos ha expulsado del paraíso. De alguna manera todos somos forasteros, todos hemos abandonado la tierra prometida y emprendido este viaje del cual sólo conocemos el lugar de llegada.
Ahora bien, para continuar el viaje a veces es necesario el olvido; en el poema "Soy el naufragio" el navegante "canjea la bitácora por un poco de vino, los ojos de una doncella y una incierta historia de amor". Sólo el olvido del paraíso puede llevarnos a recobrarlo; en el momento en que dejamos de leer los mapas y las brújulas, la dicha se nos ofrece detrás de una copa de licor y una risa de mujer. Lo erótico, el encuentro amoroso, la celebración del cuerpo sudoroso de los amantes funcionan dentro de este poemario como el elixir que nos devuelve todo lo perdido, la respuesta a todas las preguntas. Es ese instante breve y escurridizo en que todo parece tener sentido y en que el destierro del paraíso se nos hace un precio justo a pagar. O será tal vez que en la piel de los amantes se encuentra la única tierra prometida, el único lugar donde dejamos de ser forasteros. Me gusta creer, junto con Ulises, que sí.
Cecilia Rodríguez. Ensayista