Voz y escritura (Mérida, Venezuela), número 10, pp. 295-297, 2000.

 

GREGORY ZAMBRANO. Desvelos de Ulises y otros poemas. México:

Ediciones Fin de Siglo, 1999. 103 p.

 

Por: Víctor Bravo

Universidad de los Andes

Mérida

 

La vida es un viaje. En los linderos dc esa frase parece desplegarse Desvelos de Ulises y otros poemas (1999), extenso y denso libro de Gregory Zambrano, compuesto por cuatro diferenciadas partes que, sin embargo, crean un tono, la criba de una resonancia de temas e inflexiones: la extrañeza, el asombro, la nostalgia y la dimensión existencial de la carencia, la memoria, el sueño, la mirada, el recurrente amanecer como trama de todo recomienzo, el testimonio o el viaje, la intensidad del deseo... recurrencias sobre una multiplicidad de horizontes culturales, históricos, poéticos, que igual convocan la imagen de la historia como ruina, legada de Benjamín, que los girasoles de Van Gogh, acaso uno de los momentos más altos de la belleza en el arte universal; y todo en la feroz y secreta lucha de la vida y de la muerte que entraña todo viaje, y que en el poemario de Gregory se expresa en dos incomparables intertextualidades: el poema de Kavafis, sobre un regreso donde perdure el viaje, y la copla de Manrique, que es el precipitarse en el morir...

Un brevísimo viajar con un pequeño bastimento de tiempo parece ser la vida: viaje recurrente del día, desde cada amanecer, refugio quizás de la esperanza, y viaje de los años hacia el morir. Tal vez la primera tarea del poeta, tal como lo reescribe Kavafis y lo reescribe Gregory, es hacer del viaje una duración; hacernos sentir, en la inesperada magia del lenguaje, el sabor indescifrable, quizás para siempre inmerecido, de la inmortalidad. En esa poética de la duración, dirá Kavafis: “Siempre en la mente has de tener a Ítaca/ Llegar allá es tu destino./ Pero no apresures el viaje”. Gregory, en el horizonte de esa resonancia, rescribirá: “Ítaca sigue lejos,/ mientras, mantén el rumbo,/sigue soñando”.

Poética de la duración: en ella el viaje es de ida, para la experiencia del asombro; y de regreso, del reconocimiento y la clausura. Cara y sello del viaje, como lo’fue por ejemplo para Don Quijote o Martín Fierro, y viaje que se reproduce, de manera esencial, en la interioridad. Así lo ha dicho, por ejemplo, Graciela Pantin: “La verdadera aventura humana es la aventura interior”. En la poesía de Gregory este viaje, a la vez testimonio e interioridad, se realiza en un poema tenso, en un verso desnudo de retoricismo que de manera sorprendente va creando inolvidables atmósferas poéticas. La otra vertiente del viaje la describe para siempre la copla de Manrique, y alcanza especial tesitura en el verso de Gregory:

“Eso será lo único que fluya/ por los ríos de Dios, que se alejan/ antes de darse al mar/ y anticipar el morir”. En el pasaje de Kavafis a Manrique, en este hallazgo a la vez poético y reflexivo del verso de Gregory Zambrano, se convoca la gran metáfora de Heráclito (“Todo se resume en el río que soy”), y a la realidad de la muerte que emerge desde los intersticios de estos versos como un leve terror, como el señalamiento de la desnudez del ser, del desamparo trascendental.

Ese desamparo, sin embargo, se encuentra de pronto, iluminado, por la presencia reflexiva de Dios, extendida como un manto sobre todas las cosas, un dios como el de Spinoza y de los gnósticos, en su misterio, su palpitación y su lejanía. De allí, por un lado, el escepticismo, que se expresa de muchas maneras, por ejemplo, en la incredulidad de los profetas (“Nadie cree en su paso,/ en las verdades selladas, en nada./ Están allí mirando desde un oscuro agujero/ y juegan a decir la verdad”); por el otro, la conversión de Dios en una experiencia de lenguaje, en experiencia poética, en apetencia de sentido: “Soy el náufrago,/ guardo una mirada desgarrada/ y atesoro los misterios del mar/ para descifrar la noche”. Ese desamparo es también un decir el miedo, y la perplejidad ante la muerte; pero también es la celebración del deseo y de la utopía estética. Poesía que, en perfecta paradoja, roza a la vez el escepticismo y lo celebratorio: junto a la perplejidad ante la muerte se canta el deseo y la utopía, a la belleza y el enigma del sueño y a la afirmación de la vida, a la mujer como cuerpo en arco del deseo o como prolongación de la ciudad. En esa perfecta paradoja, por ejemplo, la poesía de Gregory Zambrano parece recrear poéticamente la intuición de James Hillman (“La cultura y el alma animal”, 1994), para quien la moralidad occidental, en su ansia de angelizaciones, ha olvidado la intransferible condición animal. Para Hillman es la propia biología la que insiste en el despliegue estético y, a diferencia del prejuicio occidental, el animal que nos constituye, “se abre no sólo en la carne de la vida sino también hacia los dioses”. Quizás en el erotismo el espléndido animal es también danza de la divinidad. Gregory dirá en este sentido: “Turbio animal que voy siendo/ lejano como los nombres que crujen/ cuando los invoco”. En la danza del deseo lo femenino es la mediación entre animal y ángel: “Todo se resume en el río que soy / que se llena de afluentes para abonar las manos,/ tus ojos, las venas repletas de horizonte, henchidas de ese pequeño animal / que va siendo el ángel de la noche inexplicable”.

         En esa doble vertiente, se hace posible la utopía estética («Lo mejor de lo vivido/ está únicamente en las palabras»). El hombre del desamparo trascendental, el de «la dimensión exacta del miedo», traspone la fugacidad en duración, el viaje de la vida, por arte de la poesía, en la más espléndida afirmación de la vida.