“Contenido”. El periodiquito. Diario de Aragua. Maracay, Venezuela, 4 de junio de 1995.

Crónicas del Olvido

Dominar el silencio

Por: Alberto Hernández

 

I

El vuelo de la muerte convoca al silencio. Una larga pesadumbre fun­dada en las voces de quienes estu­vieron en un  sitio un día y después se sacudieron el polvo de la vida para ingresar enteros en la memoria. He allí la sombra que nombra Gregory Zambrano para escribir Dominar el silencio. Ediciones Mucuglifo, Mé­rida 1994.

En ese vaho encantatorio se sumer­ge este trabajo de Zambrano, en las miradas ocultas de Fernando Pessoa, Alfonsina Storni. Javier Heraud, Gelindo Casasola. Miyó Vestrini: el re­cuerdo de Carlos Rodríguez Ferrara y su más allá de los espectros, en un homenaje que esculca en el suici­dio y entra en carne de dolor cuando reza:  “Señor que no sea mi amigo/el último que me queda”.

 

II

Eco lejano en este libro de Gregory Zambrano. Recogimiento imbricado y urgente. La muerte, ese espacio que se nos recuesta, que nos pasea las imágenes y las tuerce. La insignia de la muerte es el silencio, un estado de perfección, una fuente de poder que revisa las palabras y las ahueca, las disemina en el polvo, en la chatura de la contemplación. El silencio: ese horizonte constante, perseguidor, ili­mitado: “¿Qué habrá de salvarme/ acaso tu voz/ o tu silencio?”. Pero la voz contiene el silencio. Continente de la muerte, desde el sonido huma­no nos hacemos el dominio de un cuerpo inesperado. Gregory Zambra­no se impone la vocación de desnu­dar el imperio de ese espacio con el que cruza ‘lentamente el sueño’.

 

III

El tiempo también es cuerpo de si­lencio. En ese vacío incuestionable se hace palabra, memoria: silencio, porque la palabra, la poesía, cuestio­na el viaje de ciertas revelaciones. Desde el misterio hasta el hallazgo de lo cotidiano: la primera revelación sostiene que la palabra es la única presencia después de la muerte: ins­tancia precisa de todas las culturas.

Nadie muere en silencio. Un uni­verso de sonidos arrastra el cuerpo sumergido en la pérdida. Nadie es úl­timo. Nadie sucumbe al número por ser siempre el primero, y el primero es el cero de Dios, o como dice Lu­dovico Silva: “Qué sombrío silencio sin dioses,/qué silencio, qué grave­dad sin árboles silbantes/ qué sole­dad sin brisas en esta hora del mun­do”.

 

IV

El tejido del silencio ocupa la me­moria, esa agonía permanente de la vigilia y el sueño. Constancia que re­pite en imágenes las mareas del via­je. Para dejar de ser silencio, el hom­bre -o la sombra- recurre a la muer­te, para explicarse, para reunir la ex­periencia irrepetible del más allá.

No es conseja del título dominar el silencio. Es más bien la resonan­cia de quienes eligieron tomarlo por asalto, y por eso constataron -a ma­nera de reflejo- la hondura del expe­rimento, porque el suicidio, esa in­ducción a la mueca última, es una primicia, el dominio al silencio, la conquista definitiva de la palabra, la llegada de un tiempo en la eternidad: el silencio como homenaje, texto, poema, definición y ‘larga espera’.