Frontera (Mérida, Venezuela), 18 de abril de 1995, p. A-4
“El silencio dominado”
Por: Rafael Rattia
Definitivamente, Ediciones Mucuglifo es ya la más sólida empresa editorial que en la última década se haya gestado en la provincia venezolana. Ahora, bajo el sello Mucuglifo y con los auspicios del CONAC, en una sencilla y modesta pero hermosísima edición, aparece el segundo libro de poesía del joven profesor universitario de la Universidad de Los Andes Gregory Zambrano, titulado “Dominar el Silencio (1994).
El poeta abre su verdad insertando a modo de frontispicio, un epígrafe de singular iluminación de la voz que no era de aquí, Alejandra Pizarnik y que reza así: “La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante”.
“Dominar el silencio” es una especie de tríptico conformado por las secciones tituladas de modo elocuente: ‘Homenaje”, “Canción del suicida” y “Elegías”.
Gregory Zambrano postula una poética donde ratifica los corolarios de la ceniza: el silencio, la mueca, el vacío, la ausencia, la instantaneidad de lo fugaz.
Muy personalmente advierto una consecuente continuidad de los ejes temáticos que estructuran las propuestas líricas contenidas en Víspera de la ceniza (Poemas, 1990) y este denso y urticante breviario de suicidiología que ocupa mi atención.
Por este libro, que en hora buena hace acto de presencia en el panorama literario nacional de la novísima estética del canto poético, desfilan los más admirables suicidas; desde el fundador del grupo Laurel, Gelindo Casasola, hasta el más grande monumento de las letras lusitanas, Femando Pessoa.
Ciertamente, este joven escritor rinde un apasionado y terco homenaje y expone una desusada admiración por los creadores de imaginarios universos verbales que eligieron morir en artista. Gregory logra asir desesperadamente el vértigo y la oquedad de una voz que crepita entre el silencio y la ceniza. El poeta logra no sin superar insospechadas adversidades, descender hasta las simas del mal, de la ofensa, de la perplejidad delirante. Siéntese una como palpitación angustiante en cada verso labrado por esta nueva experiencia literaria que nos entrega Zambrano. Hay en este libro lo que Federico Nietzsche quería para un auténtico libro, prescindiendo de los géneros; ser un libro dinamita.
Zambrano exhibe un singular dominio de los recursos tropológicos; una particular llovizna de metaforizaciones en la que su “palabra deviene himno en tormenta”. Conviértese de este modo el verbo pluriforme del bardo en instancia morfogenésica de fecundación del sentido por la imagen. Un decir fragmentando se posesiona de la página y se erige en multivocidad significante desatando una cadena semántica de sinonimizaciones metalingüísticas